Al final de El milusos 2, película de culto donde se hace un recuento en clave de farsa de las desgracias vividas por los braceros en los durísimos años ochenta, Tránsito, el personaje interpretado por Héctor Suárez, le pregunta a un guardia fronterizo dónde está la patria. El policía le indica el lado mexicano; Tránsito–Suárez voltea hacia los Estados Unidos y les regala una sonora y efectiva mentada de madre. Acto liberador y justiciero; mínimo, pero efectivo. Vayan y chinguen a su puta madre, pinches gringos, dice.
¿Pero cuál es el valor del nacionalismo en estos tiempos? ¿Alguien recuerda a un país llamado Neustria? ¿Y qué tal Lotaringia? ¿Y al reino de Westfalia? ¿Qué era el Sacro Imperio Romano Germánico, del que Voltaire decía que ni era sacro, ni era imperio, ni era romano, ni nada? Y la pregunta del dolor infinito: ¿Qué es México? “Un polo excéntrico”, lo llamó Octavio Paz. Como una suerte de planeta con una trayectoria aberrante; fascinante para el extranjero y a quienes alguna vez huimos de él. Que nos toca sufrirlo a quienes volvimos y seguimos dentro, como Jonás metido en la ballena.
¿Por qué duele estar aquí? ¿Por la enorme desigualdad social y económica, ya observada por visitantes extranjeros en los albores de la fase independiente, y que es una situación endémica? ...
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