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Martes, 2 de septiembre de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

Satanizado y a punto de ser ilegal, el tabaco ha mantenido una relación con la creación artística

 
Yadira Llaven

La ley antitabaco entró en vigencia en Puebla, el pasado lunes, como una medida tajante y restrictiva que muy pronto tendrá repercusiones en el ámbito económico, político, laboral y hasta en la producción artística. ¿Pues no se sabe que el tabaco ha sido compañero durante siglos de la creación literaria, pictórica, escultórica y musical? Los ejemplos sobran. En el campo de la cinematografía está el actor y director Sidney Pollack, quien no podía dejar de fumar mientras rodaba; en la literatura, el tabaco fue compañero inseparable de Hunter Thompson, Sigmund Freud, Karl Marx, James Joyce, María Zambrano, Roberto Bolaño, Jack Kerouac, Ernest Hemingway; y los habanos han sido un elemento icónico y místico en los revolucionarios: Ernesto el Che Guevara y Fidel Castro.

Durante mucho tiempo el habano era considerado como elemento inseparable del burgués, del panzón mafioso, hasta que el Che y Castro reivindicaron al tabaco y lo trasladaron a la escena revolucionaria.

Ahora que está a unos pasos de ser considerado un producto ilegal ¿habrá esto de afectar a la literatura de los próximos años? Por supuesto, asegura el escritor poblano Ricardo Cartas, quien comenta que pese al éxito mundial de Harry Potter, escrito por una mujer abiertamente declarada en contra del tabaco, la autora británica J. K. Rowling era fumadora cuando escribió sus mejores historias.

Si bien esta ley está en función de prevenir daños a terceros, Cartas considera que “a los adultos nos están tratando como adolescentes”, no es una medida integral, porque no se está abordando el problema de fondo.

Afloran los nombres: el cubano Guillermo Cabrera Infante que escribió un tratado sobre el tabaco en Holy Smoke o Humo sagrado; Sólo para fumadores fue una de las propuestas del peruano Julio Ramón Ribeyro; Fumar para contarlo, de Lluis Amiguet; No hay humo sin Freud, de P. Grimbert; Días sin fumar, de Vicente Verdú; El arte y el placer de fumar en pipa, de Giorgio Savinelli; o uno muy recomendable, Humo. Breve historia cultural del acto de fumar, compilado por Sander Gilman y Zhou Xun, publicado por la editorial Paidós, en la colección Diagonales.

Humo se ocupa de temas tan diversos como la relación entre el cigarrillo y el jazz, la fisiología del fumador, el antisemitismo aplicado al cigarrillo, la iconografía femenina frente al humo y el mito del vaquero de Marlboro. En ese abanico, el humo se cuela en cada una de las páginas, aunque con algo de nostalgia: cada vez más el cigarrillo va perteneciendo a otra época, al pasado. Es curioso, lo mismo se dice del libro y de la lectura”.

A lo largo de la historia literaria ha habido innumerables chimeneas, amantes de la pipa, los puros y la nicotina, que sería bueno recordar y conocer desde otro ángulo, como Dashiell Hammet, Julio Cortázar, Bertold Brecht, Fernando Pessoa, Fernando Savater, Gunter Grass, J. R. R. Tolkien, Benito Pérez Galdós, Josep Pla, Camilo José Cela, Louis Althuser, Arturo Pérez Reverte y Oscar Wilde. Este último, solía fumar varios cigarrillos, antes y durante la creación de sus novelas, lo mismo que Walt Whitman.

Ahora, si de actividad grupal se trata, el círculo conformado por Albert Camus, Simone de Beauvoir, el jazzista y escritor negrísimo Boris Vian, el dramaturgo Jean Genet y, desde luego, el maestro del ser y la nada, Jean Paul Sartre, daban rienda suelta a sus discusiones encumbradas en tertulias de café, acompañados de alcohol y tabaco.

Aquí salta una pregunta políticamente incorrecta: ¿cuánto tiene que ver la decadencia en la calidad literaria con la baja en el consumo de cigarrillos de los autores? “Si nos fiáramos un poco de la historia”, dice Cartas, “veríamos una relación entre ambos, que curiosamente rara vez terminó en enfisema pulmonar o en cáncer contraído por llenar un cuarto de humo mientras se escribe o se teclea sobre una hoja en blanco”.

El escritor André Gide, que murió octogenario y fumando, dijo una vez: “Escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar”.

No obstante, no se puede negar, pese a los deseos de los activistas antitabaco, que la nicotina tuvo o tiene mucho que ver con lo que escribieron grandes hombres y mujeres letrados del siglo XX. Después de todo, se trata de un estimulante, en este caso la nicotina que, según los médicos, crea “falsas ilusiones de bienestar”.

Así pues, ahí está la evidencia de la nicotina, en su estado más puro, en la creación literaria, en un recuento anecdótico, curioso y de perpetua vinculación a dicho estimulante. 

 
 
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