En el proceso electoral de 2006 se sembró la semilla del temor al afirmar que si la población optaba por un determinado candidato, éste atentaría en contra de sus fuentes de trabajo y de sus propiedades, es decir, sería un peligro para México y para los mexicanos.
En ese momento, a los ciudadanos no les preocupaba la inseguridad. Los resultados de las encuestas de opinión mostraban que el problema central era la crisis económica y en particular el desempleo.
Esa información sirvió como base para que uno de los candidatos se autodesignara como el presidente del empleo, pero, contradictoriamente, su primera decisión fue combatir a la delincuencia organizada.
El recién electo se vistió de verde olivo, convirtió a los militares y marinos en policías municipales y anunció que se lanzaba a la guerra, la cual produciría muchas muertes, situación que ha cumplido.
Los tiroteos, las venganzas y los ajusticiados pasaron a formar parte de la vida cotidiana de los ciudadanos de a pie, hasta que los delincuentes tocaron a uno de los integrantes de la elite económica y éstos descubrieron la inseguridad que se vive en México.
Ante el reclamo de los hombres del dinero en el país, los poderes del estado, en todos sus niveles, las iglesias, los medios de comunicación y muchos otros actores más, disfrazados de sociedad civil se reúnen y firman un Acuerdo Nacional por la Seguridad, la Justicia y la Legalidad.
La semilla sembrada hace dos años ha sido abonada y ha crecido muy bien, la sociedad mexicana vive presa del miedo. Todos marchan para pedir mano dura, cadena perpetua y pena de muerte para que no volvamos a vivir en libertad y menos aun a tener proyecto alternativo.