La pequeña barca flotaba a la orilla del mar. Su ocupante, solo, recostado, hablaba por un celular. La tarde se hacía noche. La luna llena salía en el horizonte. A ratos colgaba y se ponía a darle al teclado. Escribía mensajes telefónicos. Uno tras otro. Uno tras otro. Se notaba la rapidez con que lo hacía.
Su rostro era de satisfacción. De lujuria. De ilusión. Sudaba erotismo. Deseo. Fantasía. Entre mensaje mandado y mensaje recibido había milésimas de segundo. La plática estaba en su punto. No había espacio para la duda o la reflexión. Era el impulso que movía a su mundo. La imaginación sin límite lo constituía.
Del otro lado, en una ciudad a 300 kilómetros del puerto, una joven recibía las llamadas. Y los mensajes. Los leía y se sonrojaba. Contestaba apresurada. Iba manejando. Se atarantaba con el volante. Pidió al copiloto manejar el vehículo. Mientras, ella tecleaba y tecleaba el minúsculo aparato. No había respiro alguno entre mensaje emitido y mensaje recibido. Eran jadeos.
Los mensajes continuaron. De ida y vuelta. Ida y vuelta. El rubor empezó a subir por sus mejillas y frente. Sus ojos y labios denotaban sorpresa. Sin exhibir el contenido empezó a temblar. Le sudaban las manos. Su nerviosismo fue increscendo.
Por fin tuvo respiro. Descansó del tecleo. En el asiento contiguo al chofer, resopló. Transpiró inquietud de espera. Sus ojos brillaron. Su mirada estaba encendida. Volteó y volteó el celular. Llegó otro mensaje. No con la prontitud anterior. Lo leyó. Sonrió. Lenta y cuidadosamente respondió. Con enjundia apretó el botón de “send”. Ya no hubo respuesta.
Día memorable: 90 mensajes recibidos; 91 enviados. Sin saber el contenido, se advirtió energía brutal. Después, silencio. Pasaron dos días, más silencio. Una semana y nada. Tres semanas y la mudez fue locura. Como si hubiera muerto. ¿Le habrá pasado algo? Ahí andaba. No respondía llamadas. No contesta correos.
“¿Qué hago?”, preguntó la joven mujer. “Esperar”, escuchó por doquier. Especuló lo inimaginable para comprender. La incertidumbre es la muerte. Al mes, llamó él: “Necesitamos hablar.” “Dime”, respondió ella, “¿qué pasó?”, añadió con dolor. Él se sinceró: “Sin límite. Me dio miedo mi sexualidad”.