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Viernes, 29 de agosto de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Salud
 
 

 EPIDEMIO-LÓGICA 

La seguridad pública y la enfermedad

 

“La salud se mide por el shock que una persona pueda recibir sin comprometer su sistema de vida. Así, el sistema de vida se convierte en criterio de salud...
José Gabriel Ávila-Rivera

La Constitución elaborada en 1946 de la Organización Mundial de la Salud (OMS) define a la salud como el completo estado de bienestar físico, mental y social; y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades. Como a todas luces esta definición no es clara, después se le agregó el “nivel de eficacia funcional y metabólica, de un organismo, tanto a nivel microscópico (celular) como macroscópico (social)”. Pero un investigador ruso llamado Moshé Pinchas Feldenkrais (1904–1984) amplió el concepto con un planteamiento que esbozó a través de un enunciado diciendo que... “La salud se mide por el shock que una persona pueda recibir sin comprometer su sistema de vida. Así, el sistema de vida se convierte en criterio de salud. Una persona sana es aquella que puede vivir sus sueños no confesados plenamente”... Enunciado bastante filosófico y hasta poético; sin embargo, también incompleto. ¿Qué sucede en lo físico, con la resistencia a grandes esfuerzos, la coordinación, la flexibilidad y hasta el aspecto? Sorprenden los resultados obtenidos por los deportistas en los recientes juegos olímpicos, aunque comenzamos a dudar en la salud de estos modernos atletas tecnológicamente formados y antinaturalmente entrenados. Pero al margen de los sueños de medallistas mexicanos que, incomprensiblemente ganan medallas con pocos apoyos (comparándolos con individuos preparados en países ricos) de repente surgen noticias que opacan el extraordinario logro de nuestros connacionales: una madre suplica con lamentos, ruegos, oraciones y lágrimas que le regresen a su hija desaparecida hace once meses. Lo inaudito es que su plegaria demanda que se le diga si ya fue asesinada y que le indiquen en dónde yace su cuerpo.

Paralelamente se difunden noticias de decapitaciones, cuerpos incinerados, asesinatos de policías y civiles que cometieron el pecado de cruzarse accidentalmente en medio de un enfrentamiento entre uniformados y miembros del crimen organizado. ¡Esto en un solo día! Traicioneramente, el gobierno culpa a los propios policías haciendo una generalización irresponsable y peligrosa como si en su conjunto, todos fuesen criminales. Indudablemente hay malos elementos, pero la divulgación que abarca al conjunto de personas que integran la Secretaría de Seguridad Pública genera un odio social que derivará en rencores, autodefensa imprudente, resentimientos y descalificaciones que forman una ecuación social donde la palabra violencia sigue al símbolo de igual. Parece que el plan es militarizar al país y ejercer un control de carácter demencial y estructura irracional.

Tengo la fortuna de conocer a buenos policías y he escuchado narraciones espeluznantes de abuso y arbitrariedades por parte de los políticos a quienes tienen la desgracia de “deber” servir. El otrora candidato del empleo, al llegar a la presidencia, en un cambio radical, de repente se convierte en el ejecutivo que lucha contra el narcotráfico, eso sí, con mucha valentía pero escondido en el parapeto humano de cientos de policías y soldados con peores armamentos de los que tiene el crimen organizado. La escalada de violencia ya alcanzó a los ricos y entonces se hace la tonta propuesta de mejorar a la policía. Pero como estos son malos, se crea otra policía para que vigile a la policía. Así las cosas, es muy probable que en otro plan brillante se haga la proposición de formar una policía más, que vigile a la policía que ya está cuidando el buen trabajo de la misma policía, que tendrá qué vigilar a la policía original. Sin embargo, no se toma en cuenta que los verdaderos delincuentes se encuentran conformando la clase política. ¿Por qué éstos no son investigados? Repitiendo la frase de Moshé Pinchas Feldenkrais en el sentido de que una persona sana es aquella que puede vivir sus sueños no confesados plenamente; en México todos estamos gravemente enfermos y esos sueños se han traducido ya en una aterradora, pavorosa, terrorífica y apocalíptica pesadilla cotidiana, de la que no podemos despertar.

jgar.med@gmail.com 

 
 
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