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Jueves, 28 de agosto de 2008
La Jornada de Oriente - Tlaxcala -
 
 

 OPINIÓN 

Lupus est homo homini

 
Yassir Zárate

Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit" (Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro), afirma Plauto en La comedia de los asnos (Asinaria), una de sus comedias menos conocidas pero que incluye esta lapidaria frase, que luego fue reformulada por Thomas Hobbes, quien la dejó en la forma como la conocemos actualmente: homo homini lupus: el hombre es lobo del hombre.

A la luz de la histeria que se ha desatado en los medios electrónicos en torno a la inseguridad que priva en el país, han salido a la luz los rasgos más primitivos y brutales de la clase pudiente del país. Lobo sí como lobo, aunque parezca hombre y sepa a hombre. 

Todos a una, como en Fuenteovejuna, muchos lobos claman al rey chiquito por castigos ejemplares, que supuestamente servirán para apagar la ola de secuestros, ejecuciones y violencia gratuita que campea por las calles y que ciertamente ya nos está llegando al cuello.

Tomando salida por la puerta falsa, se busca apretar las tuercas de la delincuencia. Se habla de ya no tolerar la impunidad, de acabar con esta plaga que asola las ciudades e infesta los campos. La primavera de los lobos en pleno.

Sin embargo, no se vuelven a tocar los problemas de fondo, diríamos estructurales, que carcomen a la sociedad mexicana desde los tiempos prehispánicos: la desigualdad social y económica pavorosa.

Hace unos días, la inenarrable e infumable Ruth Zavaleta acaba de descubrir el hilo negro: una treintena de familias controla los destinos del país. ¡Wow! Necesitaba una dosis de izquierdismo postrero para lanzar desde su ronco pecho esta aseveración, ahora que será una más entre los 500 diputados. Eso si no le da cuello al Geppeto del PRD, Javier González Garza, y se hace con la coordinación de las huestes amarillas, más bien pálidas, de San Lázaro.

Traicionados por sus propios guardaespaldas y por los feli–pillos que despachan con la banda tricolor, los hombres fuertes del país claman por más seguridad. Exigen cabezas, bajo la lógica del “O funcionan o se van”, pero no se atreven a dar un paso en firme para promover un reparto justo de la riqueza, ni por ofrecer mejores condiciones de vida a los millones de desposeídos que forman las infanterías huarachudas del crimen organizado en México.

En su extraordinaria pieza titulada Contrabando, el recién fallecido Víctor Hugo Rascón Banda ofrecía una radiografía de cuerpo entero del tráfico de estupefacientes. Acorralados por el hambre y seducidos por el poder, campesinos pobres no dudan en poner sus tierras y personas al servicio del narco.

Si no hay de otra, pues qué se le puede hacer. Ya ni siquiera irse de mojado es garantía de que se va a salir del hoyo. Si no hay opciones para una vida digna, ganada con el esfuerzo y el trabajo limpio, pues uno no se va a cruzar de brazos para ver cómo el hambre acaba con la familia o con uno mismo. No se trata de justificar a nadie, pero sí poner en perspectiva todas las situaciones. Por eso parecen condenadas al fracaso todas las iniciativas que apunten hacia el endurecimiento de la justicia y el uso intensivo y extensivo de la fuerza pública.

Si es necesario llegar a la cadena perpetua y hasta la pena de muerte, pues que así sea, razonan muchos clasemedieros, azuzados por más de un vociferante lector–comentarista de noticias (que no periodista, porque de esos hay muy pocos en este país).

Y ciertamente ese miedo se ha infiltrado en el corazón de muchos, porque las bandas de secuestradores han encontrado en los clasemedieros que pueden desembolsar 30 o 40 mil pesos (o incluso menos: 10 o 15 mil pesos) una nueva veta de explotación. Un secuestro exprés viene saliendo en esto, ante la impotencia de la sociedad.

Y es que el endurecimiento del poder público en materia de seguridad podría llevarnos lentamente hacia un Estado autoritario (o hasta totalitario). En aras de defender a la ciudadanía, tarde o temprano podrían meterla en una jaula... por su propio bien, para controlarla, monitorearla y, eventualmente, castigarla si rompe con las normas y leyes estalecidas que imponga ese hipotético Estado autoritario (o totalitario).

El reciente pacto para combatir a la delincuencia y el crimen organizado nació muerto de origen, al no tomar en cuenta medidas preventivas elementales, como es el caso de mejorar la educación de la ciudadanía. Salvo que se trate de un american psycho, un buen ciudadano no se va a dedicar a asaltar gente ni a matarla.

Una profunda reflexión sobre las causas y los efectos del consumo de drogas, emparejada con un replanteamiento de los modelos a seguir, podría tener mejores resultados que una campaña policíaca y militar a gran escala. Hay que dejar de lado el mito del ganador a ultranza, porque sólo genera tensiones, desánimo y desesperación.

Nadie a volteado a ver a Medellín, Colombia, que desde hace cinco años echó a andar un programa que incluyó el aumento del presupuesto para educación y cultura. Así, se pudieron abrir 11 escuelas de gran calidad, al igual que cinco parques bibliotecas en los puntos con mayores índices de delincuencia, todo a partir de ideas de un tipo que afortunadamente no era político, sino profesor de lógica: Sergio Fajardo.

Sin ser la panacea universal, los índices de muertos por cada 100 mil habitantes pasaron de 380, en 2003, a 28 muertos por cada 100 mil. Ustedes dirán si no es posible hacer que la vacuna del arte abata al virus de la violencia.

 
 
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