Sensualidad, erotismo y deseo. Sustantivos que remiten a la obra de Mónica Lavín y cuya presencia no podía faltar en su nueva novela, Hotel Limbo, donde Darío Garza intenta atrapar a Sara Martínez en la inmovilidad y el silencio de un cuadro. Un lugar donde el juego de las miradas se transforma en un acto voyerista, no sólo para los personajes del libro sino también para el lector que atestigua la creación artística, comenta en entrevista Lavín.
Mientras que el despertar de los sentidos –el apetito, los olores, los colores– es parte de un suspenso narrativo que Lavín usa en toda su obra, en Hotel Limbo parece ser que la suspensión de los sentidos es lo que permea toda la historia y es allí donde se encuentra la tensión narrativa, el lugar donde se verifica el deseo, apunta la también escritora Beatriz Mayer.
–¿Crees que exista una línea entre sensualidad y erotismo?
–Yo creo que no es una línea muy clara. El erotismo está cargado de sensualidad, pero supone un juego, un estado al filo de la vida y la muerte. Hay una manera de vivir y morir muy intensa. Y además, el erotismo depende del otro. La sensualidad no necesariamente reúne a dos; se puede tener una mirada sensual hacía el entorno simplemente. Lo que hace el erotismo es proponer o pedir la mirada del otro, y uno ser visto en la mirada del otro. Y propone también esa ilusión de abatimiento de la soledad, de nuestra esencia solitaria, aunque sea sólo de manera pasajera. Es un lenguaje que se habla entre dos.
–Entonces, en la novela Hotel Limbo, ¿existe el erotismo o la sensualidad?
–Yo diría que lo que hay en el libro es un juego de soledades. Porque la sensualidad está desde el pintar, que es un acto plástico que pide la sensualidad. La escritura como acto físico no necesariamente es sensual. Teclear en una computadora no es sensual, pero si pasas un pincel por un lienzo, ya es otra cosa.
–¿En qué momento la literatura se convierte en un acto sensual?
–El acto primario de escribir en libreta puede ser considerado como sensual; tomar la pluma y hacer que la tinta se impregne en el papel. Pero el verdadero acto sensual de la literatura está en el territorio de la imaginación. El ser otro, el meterse en el pellejo de tus personajes. El cambiar de piel. Y la piel finalmente es el órgano con el que desciframos el mundo, uno de los aparatos de la sensualidad que quise explorar en esta novela, además de la mirada.
–¿Considerarías que tu literatura es feminista sólo por el hecho de ser mujer?
–No. Es más, no me gustaría considerarla feminista porque no busca reivindicar a las mujeres por ser mujeres. A mí me interesa explorar la condición humana. Nuestra ambigua manera de estar desesperadas, tiernas, violentas. Incluso no me parece que esta sea una novela de Sara sino también de Darío: en este mundo de los clichés él tiene una postura más femenina que Sara porque sí quisiera enamorarse de una mujer para estar atado sensualmente a ella. En cambio, Sara está explorando el deseo y la sensualidad sin la necesidad del amor. Ella correspondería más al cliché de lo masculino. Pero eso son clichés. Yo no creo que así procedamos, por género. Se dice que las mujeres tenemos que estar enamoradas para desear. Y que la sexualidad está ligada al acto dulce y tierno del amor. Y que los hombres pueden manejarlo de manera separada. Yo creo que eso es una falacia, que no existe tal generalización sino que se da por eventos o tiempos.
–Con qué te sientes más cómoda, ¿con el cuento o con la novela?
–Los vivo de maneras muy diferentes. Mi inevitable pasión por el cuento hace que cuando esté escribiendo novelas convoque cuentos. En esta novela hay episodios que se podrían leer por sí mismos. Creo que por primera vez conviven ambos géneros en mi obra. Me gusta mucho el cuento porque no es complaciente, es muy exigente y en la novela siempre me dan miedo los excesos de palabras. Y digamos que la participación del lector como cómplice que va a desentrañar un misterio es la postura general en el cuento y en la novela no necesariamente. Pero a mí me gusta que el lector participe en ambos géneros.