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Miércoles, 27 de agosto de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 OPINIÓN 

¿Crisis alimentaria o crisis lectora?

 
Israel León o’Farril

Tanto Charles C. Cumberland, en su libro Madero y la Revolución Mexicana, como John Womack Jr., en su Zapata y la Revolución Mexicana, y Friedrich Katz en su biografía de Pancho Villa informan que previo a la revolución maderista, por allí de 1906, México vivía una crisis económica derivada de la caída de los precios del maíz y del azúcar, lo cual redundó en los años posteriores en una crisis alimentaria. Coinciden también en los altos niveles de corrupción y en los constantes abusos de hacendados, empresarios y líderes políticos, que aprovechando sus lazos con el poder central hacían y deshacían a su antojo. El campo y las minas estaban a merced de la especulación de unos cuantos, y las empresas transnacionales, principalmente de los Estados Unidos, sacaban sus capitales sin que nadie pudiera decir nada. Es ahí que dos o tres simpáticos gandallas (los Terrazas, los Creel, los Limantour) medraron instalados en las posibilidades oligárquicas que propició el régimen porfirista. Los libros de historia citados con anterioridad dan cuenta de éstos y otros abusos, y en sus páginas existe la comprensión de una época determinante para nuestro país.

Pero no sólo la historia se encarga de exponer estas realidades. La literatura, en voz de muchos escritores geniales, como Agustín Yañez, con Al Filo del Agua, o Bruno Traven, con su ácida novela La Rebelión de los Colgados, exponen los antecedentes en diferentes regiones. Hurgan en la psicología y el comportamiento de la explotación, se deleitan al exponer la avaricia de los aserraderos de maderas preciosas en Chiapas, o de la lujuria contenida en un pueblo del norte de México gracias al control irrestricto de un párroco sobre las costumbres del lugar, caldo de cultivo para cualquier rebelión.

Y uno se pregunta: ¿crisis alimentaria?, ¿los Creel?, ¿un clero activo, conservador y al oído de Los Pinos?, ¿un campo prácticamente eliminado y en manos de unos cuantos? ¡Noooo!, ¡¿De nuevo?! Y sí, lo que sucede es que nunca se fueron, simplemente durmieron el sueño de los justos y esperaron a que llegara de nuevo su momento. Y llegó con la instauración del modelo a principios de los 80.

Hoy tenemos problemas muy similares a los que se vivían hace 100 años, y recientemente más de uno ha vaticinado un nuevo levantamiento social en el país. No quiero ser un nuevo agorero del Apocalipsis, pero me cae que es difícil no optar por esa tesis cuando las cosas siguen y siguen igual. Sin embargo, a la par de las deficientes políticas públicas con respecto al campo mexicano que han instrumentado numerosos gobiernos, priistas primero y panistas ahora, se suman deficientes políticas con respecto a lo educativo.

Hemos reducido el analfabetismo real, pero, al no profundizar, nos hemos quedado con millones de analfabetas funcionales que saben leer y escribir, pero poco más. Nos hemos quedado con la cómoda imagen que nos proporciona el cine, esa imagen que inauguró la película Allá en el Rancho Grande, de Fernando de Fuentes: ese ranchero dicharachero, bonachón y cantador que es rete bueno, y rete comprensivo con sus trabajadores, casi como un padre; esa imagen es continuada por la ranchera chida, una Sara García personificando a la dura abuelita de Los Tres García, de Ismael Rodríguez, y hasta nuestros días con el churro televisivo ése de Fuego en la Sangre que no hace más que modernizar al ranchero chido hasta volverlo una burla de sí mismo, y que resulta un alimento más para la calentura de las féminas de cualquier edad.

¿Qué hubiera sucedido si los textos arriba citados hubieran llegado en lugar de esas imágenes? Quizá otro asunto estaríamos contando en este momento, y quizá no se hubiera firmado tan a la ligera ese famoso TLC, sobre todo en el apartado del campo. ¿Será también que las elites que nos gobiernan tampoco los han leído? Quién sabe en esta administración, pero de la anterior no cabe duda. Por tanto, me parece que nuestro problema no está sólo en la falta de frijoles, maíz y lácteos, sino de lectores, lectores de libros que analicen en la historia, en el presente y a partir de la novela los diferentes vaivenes de la política en el país. Puede parecer ingenuo pensar que unos cuantos libros habrán de crear consciencia, pero, ante el panorama... la verdad es que no se vislumbra mejor solución.

 
 
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