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Martes, 26 de agosto de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Política
 
 

 SUBEYBAJA 

Magia y religión como forma de gobierno

 
Ramón Beltrán

Pareciera que Calderón de la Barca hubiera vuelto a nacer, 400 años después, y que se dispusiera a escribir sus nuevas obras para lograr describir la política mexicana del siglo XXI, ahora desde Los Pinos. Pero no, se trata de otro Calderón, este michoacano, y de nombre Felipe. El drama es el de México, pero ahora se escribe en prosa. Ya nadie versifica.

Y sin embargo la vida sigue siendo un sueño, y los sueños, sueños son.

Este regreso a los actos sacramentales propios de la Edad Media puede deberse al profundo sentido místico–religioso de Felipe Calderón y sus más cercanos colaboradores, o posiblemente a un sustrato aún más primitivo, al simple retorno al mundo mágico, anterior inclusive al advenimiento de las grandes religiones. Mediante los actos rituales de la magia se pretende lograr que sucedan –o dejen de suceder– ciertos acontecimientos naturales, lluvias, sequías, calamidades, enfermedades, plagas, etcétera; así el mago o brujo efectúa una serie de actos rituales –que casi siempre incluyen un sacrificio– conducen a que los dioses o las fuerzas del mal hagan o dejen de hacer aquello que nos afecta. En un proceso posterior del pensamiento humano ya se le pide a dios Todopoderoso que esto mismo suceda o deje de suceder, y esto se logra por medio de rezos, plegarias y actos litúrgicos diversos.

Durante la Edad Media cuando aún no existía la división de la iglesia y el Estado, los actos de gobierno incluían rituales religiosos, sacrificios, autos sacramentales, etc. Calderón de la Barca los utilizó magistralmente en sus obras de teatro.

Sin embargo en la actualidad, y desde la Ilustración, posterior a la Revolución Francesa , estos actos han caído en desuso como prácticas de gobierno o de política de Estado. No se sacrifican animales (y mucho menos seres humanos) antes de lanzar cohetes al espacio exterior ni tampoco se le pide o se confía en el altísimo para controlar epidemias. El perfeccionar computadoras, motores y vacunas ha demostrado ser mucho más eficaz.

Sin embargo el pensamiento humano recurre frecuentemente al ritual mágico–religioso en busca de soluciones que resuelvan un problema cuando no se las encuentra, o bien cuando se siente agobiado por su pequeñez ante el tamaño del desafío a enfrentar, y entonces, llevado por la angustia espera que sea una fuerza sobrenatural la que resuelva lo aparentemente irresoluble.

El pasado jueves se llevó a cabo un acto sacramental, mágico–religioso en Palacio Nacional. Y fue precisamente en el Palacio Nacional, templo mayor de la República y no en Los Pinos, su sede alterna. Se le dio nuevamente todo su significado a la sede principal del Poder Ejecutivo federal, y que antes lo fue de los Virreyes, de los Tlatoanis aztecas, el cual afortunadamente se encuentra junto a la sede de la Suprema Corte de Justicia…y por supuesto cercano al Palacio del Ayuntamiento, donde gobierna Ebrard.

Se logró así una conjunción cosmogónica de fuerzas del Anáhuac, del Virreinato y del México Independiente que pueden –tal vez– sacar a la patria del oscuro agujero en que la tienen inmersa las fuerzas del mal.

Por supuesto que esto se atribuyó a la odiosa presencia del Maligno (ese, el narco, omnipresente, omnisciente, todopoderoso, invisible), en esa y en otra de sus representaciones, conocida únicamente por sus efectos, por sus actos, pues carece de rostro y de presencia física, y que se manifiesta por el secuestro, otro de los flagelos que agobian actualmente a la Patria. Esa patria a la que aman, respetan, veneran, invocan, saludan, cuidan y a la cual se deben todos los asistentes.

Reunidos en ese gran acto litúrgico reconocieron la presencia y las acciones del maligno y pusieron en marcha todas las acciones rituales, incluido el exorcismo, para acabar con él. No entonaron –lástima– un mea culpa previo que parecería condición indispensable para exorcizarlo, eliminarlo, o cuando menos acorralarlo. El maligno seguramente se sonrió.

No intentaron tampoco profundizar y desentrañar las causas de la absoluta impunidad que protege por igual a políticos, funcionarios y delincuentes desde hace ya más de una década. Tampoco intentaron determinar si ésta se debe a las debilidades humanas (una corrupción rampante y creciente) o bien a deficiencias estructurales, constitucionales, judiciales, legislativas, sino que se limitaron a elaborar un catálogo de buenas intenciones que se pondrán en marcha en lapsos determinados pero que, seguramente por las prisas, no diseñaron ninguna posibilidad de medir su eficacia, procedimiento insustituible para saber si se avanza, se retrocede o se permanece en el mismo lugar. Vamos, crearon un velocímetro sin aguja.

A pesar de que no entonaron el mea culpa, ni confesaron públicamente sus pecados, ni dieron muestras de sincero arrepentimiento, ni mucho menos ofrecieron un pequeño sacrificio en el altar de la patria (así con mayúscula), como podría haber sido las cabezas o la libertad de una media docena de políticos corruptos conocidos y reconocidos, que además son un pésimo ejemplo para la comunidad, los asistentes al acto litúrgico si cumplieron con hacer un propósito de enmienda para el futuro.

Ahora sí, ya motivados por ese súbito arrebato de patriotismo mágico–religioso, lucharán con denuedo contra la corrupción, la impunidad, la delincuencia, el laissez faire, el valemadrismo en pocas palabras, la ineptitud de policías, ministerios públicos y procuradores, y así todo cambiará, en poco tiempo abandonaremos el infierno de las ejecuciones y los secuestros para arribar todos, gobernantes y gobernados, felizmente unidos, al paraíso de la justicia.

Y para dar aún mayor valor al acto, Felipe, ungido como sumo sacerdote, permitió que un extraño al gremio, un empresario, un no–iniciado, alguien ajeno al mundo de la política, pronunciara el sermón.

Así Alejandro Martí, símbolo de las víctimas de la corrupción y la impunidad, pudo dirigirse a quienes conducen los destinos de la grey. Lo dejaron hablar, lo escucharon, y le permitieron unirse a los propósitos de quienes, ahora sí, cambiarán a este país.

E ingenuo, ajeno a los mensajes cifrados del mundo de los allí presentes, los amenazó con el infierno, pero con el infierno del desempleo. Sin embargo, como carece de poder, como no puede cesar o despedir ineptos, corruptos o indolentes, sólo le quedó la posibilidad de pedirles que voluntariamente se lancen a él, que renuncien a sus puestos por propia voluntad. Que hagan motu propio aquello que el “Tlacuache” Garizurieta llamaba “vivir en el error”, es decir vivir fuera del presupuesto; que reconozcan que son ineptos, corruptos o indolentes y se vayan. Les pidió algo que ningún funcionario público de este país haría jamás.

Y ya arrebatados de un patriotismo súbito los asistentes firmaron el acuerdo que entrará en vigor desde el momento en que se firme. Pero que no lamentablemente no obliga a nadie.

Y mientras tanto el narco asesinó a varias docenas de mexicanos más, en ese día, y en el siguiente y en el siguiente.

Y nos enteramos del secuestro de la hija de Nelson Vargas, hace ya casi un año.

Y aún no sabemos si la crisis que nos agobia es de estructuras, de personas, o de ambas, y así, sin contar con un diagnostico previo es difícil curar a un enfermo grave. Excepto con rituales mágico–religiosos que tal vez conmuevan a un espíritu superior que, con un poco de suerte, se apiade de nosotros.

 
 
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