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Lunes, 25 de agosto de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

Los objetos inusitados que es posible hallar en los moteles

 
Javier Puga Martínez

“Ahí que lo limpien, siempre dicen eso los clientes”. Sólo así se explican los empleados de algunos moteles de Puebla lo que encuentran cada vez que entran a una habitación para limpiarla, después de que el amor, el sexo, la pasión, la ira, el odio, la güeva u otras tantas cosas más han fluido ahí por horas o por minutos.

Como en los restos de una fiesta, aquí también hay de todo: un chorrito de brandy o ron –de preferencia Bacardí blanco– , una bachita de marihuana olvidada, un tubo de Vitacilina por aquello de las rozaduras o pomada de La Campana para mitigar el ardor de las fricciones, servilletas del sándwich escolar, blusas, calzones, calcetines, medias rotas, lencería de la acocota, gafas “Ray Pan” (imitación de Ray Ban), teléfonos celulares desde el más moderno hasta el clásico ladrillito Star Tac de Nokia, flores, cartitas cachondas, dulces, velas, apuntes de geografía…..

Desde luego, ahí no pueden faltar los objetos “tradicionales” de un motel: condones, papel higiénico mojado, hecho bolas y acartonado, cabello, mucho cabello y vello púbico también por montones. “La gente se ha de estar quedando pelona, siempre encontramos harto pelo, jajaja”, ríe con malicia una empleada.

Gabriela tiene menos de un año trabajando en un motel del oriente de la ciudad. Reacia a una entrevista en un principio, hasta no conseguir la autorización “del patrón”, afirmó que la impresión más fuerte que se ha llevado durante sus labores fue cuando un día encontró entre las sabanas una mancha de sangre.

“No puedes dejar de imaginarte qué fue lo que ocurrió aquí. A veces le haces como de detective, pero ese día de la mancha de sangre me imaginé lo peor. Nunca he visto un muerto, pero ya ve que luego sale en las noticias que matan a las muchachas en los moteles…”.

Madre soltera, esta mujer dejó la preparatoria hace ya muchos años para atender las necesidades de su hijo, hoy ya de 11 años. Dice que el año que viene el niño saldrá de la primaria y se convertirá en todo un muchacho; quiere organizarle una gran fiesta.

Gabriela está segura de que es por su “falta de estudios” que no puede conseguir una mejor oportunidad laboral, pero “antes de trabajar en otra cosa”, solicitó empleo en un motel de paso.

–¿Por qué en un motel?

–¿Qué tiene? Es un trabajo decente, honrado.

–¿Te gusta?

–Es un trabajo como cualquier otro.

–Es un trabajo sucio, ¿no?

–Sucia mucha de la gente que viene. Encuentras luego cada porquería que para qué te cuento. Además, hay muchos otros trabajos que sí son muy sucios y los realizan gente de traje y corbata, bien vestida. ¿O qué, los reporteros no son así? (Ríe)

–Si, claro. Abundan.

–¿De repente no te da como asco limpiar tanta cosa que sale?

–Ya me acostumbre.

–¿A qué huele una habitación cuando entras a limpiarla?

–¿Por qué no me acompañas un día a limpiarla?

–¿Huele a sexo?

–¡Huele a todo! A sexo, a alcohol, a marihuana a veces… de todo. Pero como te digo, ya me acostumbre.

Aunque también dice que hay ocasiones en que realmente no tiene nada que limpiarle a la habitación, a pesar de que alguna pareja haya estado por horas: la cama está perfectamente tendida, la regadera no está mojada y menos hay visos de que el jacuzzi haya sido utilizado, el jabón, el agua, los condones de cortesía… todo está en su lugar, como si nadie hubiese echado pasión.

–¿Qué extraña gente, no?

–Pues hay de todo.

–¿A qué viene la gente de Puebla a un motel?

–¿Pos a qué más ha de venir? A hacer sus cosas. A veces a gritar, a hacer escándalo, a tomar (emborracharse), a veces a pasar el tiempo…

–¿Será que un motel sólo es un lugar para tener sexo?

–Pues quien sabe, pero muchos creen que por pagar 250 pesos por la habitación puede hacer lo que quiera.

De buen humor, ruda por momentos, a diferencia de otras y otros compañeros que también realizan el mismo trabajo Gabriela recuerda entre risas el día que se encontró una fibra y una botella de cloro: los clientes ocuparon eso para limpiar la tina del jacuzzi antes de meterse. “Bueno, me ahorraron el trabajo”.

–¿Alguna vez has utilizado una habitación del motel…?

–No, nunca. Si nos cachan los administradores, nos corren.

–¿Pagarías por ir a un motel?

–Si yo limpie el cuarto, sí. ¿O qué, es una invitación?

–(Risa nerviosa) Ah, no creo.

–Pues nada más que consiga un novio con dinero, porque así como van las cosas voy a terminar pagando yo. Aquí luego me toca ver cómo son las chavas las que pagan el motel.

 

El administrador

 

“A un motel entran más de dos, más de los que te puedes imaginar”, dice Octaviano, el administrador de un modesto motel del sur de la ciudad, por los rumbos de la 11 Sur.

A pesar de que la Asociación de Hoteles y Moteles en Puebla ha establecido entre sus agremiados no alquilar sus negocios como lugares para el intercambio de parejas o fiestas swinger –tan de moda en otras ciudades aledañas a Puebla como Tlaxcala, Cuernavaca y la ciudad de México–, al sur de la ciudad las reglas se rompen.

–¿A poco puedo entrar con amigas y amigos a un mismo cuarto?

–¡Claro! Nada más pagas una tarifa adicional. Ahí adentro ya ustedes saben lo que hacen.

–¿Y viene mucha gente así?

–Vienen un chingo. Hay un grupo de señoras y señores que les da por las reuniones, se ve que echan buen desmadre. Al principio venían cuatro o seis, ahora vienen como 15. Es cosa de ellos.

–¿Y la autoridad, el municipio lo permite?

–No, pero tampoco lo prohíbe.

–¿Y se ponen locos?

–No, saben a lo que vienen y hasta ahorita no han hecho feo. Es su bronca, y para nosotros son unos clientes más.

–¿Y estudiantes?

–Esos también vienen, luego hasta se esconden en la cajuela del carro cuando vienen más a echar trago, a hacer su desmadre entre ellos, pero entonces, si nos damos cuenta, pues ya les cobramos la tarifa correspondiente.

Afuera del un famoso motel de la colonia Humboldt (quizás con seguridad el mismo que se está imaginando) un par de jóvenes en bicicletas observan quien entra y quien sale del lugar. Su curiosidad, disfrazada de morbo y lujuria o viceversa, no cabe en sus ojos. La mujer madura que acompaña al joven conductor de un Bora esconde su rostro tras la larga cabellera que va peinando; agacha la cabeza un poco más y busca unas gafas oscuras que se coloca mientras el auto espera para incorporarse a la calle.

A unas calles de Casa Aguayo, en la zona del mercado la Acocota, una joven espera impaciente a la afuera de un hotel escondido, discreto.

Vuelve a ver la hora en su reloj y observa con temor el auto que se estaciona cuyo conductor observa dota la escena; de un microbús desciende presuroso un joven, que apenas toca el suelo arranca a correr en dirección a la muchacha.

Va a tomarla entre sus brazos, pero unos segundos antes se detiene y aunque ambos se desviven en sonrisas mutuas, sólo se saludan con un beso en la mejilla; se dan cuenta que están siendo observados, dan la vuelta y comienzan a caminar y en el último momento cambian el rumbo y deciden no entrar al hotel… Continúan su camino hacia el Centro de Convenciones y, discretamente, comienzan a rozar sus dedos, como queriéndose tomar de la mano. Quizás más adelante, cuando no haya mirones…

 
 
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