Heeeey familiaaaa! Suena el danzón y el cuerpo se convierte en ritmo; sin embargo, esta ocasión ha sido para escuchar su música. El simple hecho de oír el compás de Mojito criollo, la primera pieza del programa “Danzones de Cuba y México”, que magistralmente interpretaron la Orquesta Sinfónica del Estado de Puebla (OSEP) y Gonzalo Romeu y su ensamble, provoca a ponernos de pie y bailar.
¿Por qué no? Fue el murmullo entre las más de 500 personas, sin distinción generacional, que colmaron el patio de San Pedro Museo de Arte, la noche del sábado 23 de agosto, para escuchar al maestro Romeu, pues al parecer, por esta ocasión, el danzón sería solemne, sin el señoreo y cortesanía de su baile, sin su elegancia y refinamiento en la postura y el atuendo, devenidos del salón europeo, sin su intensidad e intimidad. Pese a ello, todos se limitaron a escuchar, a sentir, aunque muchos bailaron sentados.
Romeu fue recibido en Puebla como los grandes. Pocas veces se ha visto un lleno total, en las presentaciones de la OSEP, como este sábado. Ahí, el heredero de la dinastía de danzoneros de Cuba fue acogido por varias asociaciones de danzón en la ciudad y un público diverso que llegó con hasta dos horas de antelación al concierto.
La primera parte del repertorio musical estuvo dedicada a la obra de Antonio Romeu, Aniceto Díaz, Acerina y Juan Quevedo, con piezas como La flauta mágica, Palmeras cubanas, Teléfono de larga distancia, Rigolettito, Fefita, y La Gioconda, que la gente disfrutó hasta la saciedad.
Tras el descanso, la Orquesta Sinfónica del Estado de Puebla, bajo la batuta del maestro Alfredo Ibarra, con Gonzalo Romeu al piano, arrancó con Linda cubana, le siguió Perla Marina, Almendra y Cuba mía. Esta sección estuvo dedicada al son montuno o son de la montaña, fue la más movida y alegre, y con mucha frecuencia dio lugar a improvisaciones virtuosas de distintos instrumentos.
Para cuando llegó Nereidas, la canción–himno del danzón en México, el público se volcó al escenario para hacer poesía con sus cuerpos en movimiento. El danzón es carne y espíritu de un pueblo, es barrio y presencia cultural de profundas raíces. El clímax del concierto se dio en ese preciso instante, casi al final del programa. El público no aguantó más la incitación del danzón y se apropió del patio, de los escalones, de los pasillos y del segundo piso para bailar el tema más emblemático en el país.
Después de dos horas, al último tocaron El clarín de la selva, de Juan de Quevedo, y ante las súplicas de “otra, otra…” y “queremos más”, el público excitado y sediento fue consentido nuevamente con Nereidas. Ahora sí, comentó el pianista, “podrán bailar los que quieran”, pero ya el permiso era innecesrio. La mayoría estaba de pie, bailando, gozando de la cadencia del tema de Amador Pérez Dimas. El músico se despidió y la gente siguió bailando, y así le dijeron adiós al cubano.