Elena Garro deja el escenario literario un 23 de agosto de 1998. Hoy, a 10 años de su partida, resulta inevitable incursionar en las múltiples paradojas que marcaron su tortuoso tránsito por el panorama literario mexicano.
Resultado de su profunda vocación por las letras son las más de 30 obras publicadas a lo largo de su vida. Elena Garro escribe para expresar los desacuerdos que tiene con la sociedad y el entorno que le tocó vivir, permeado por las luchas políticas postrevolucionarias, la consolidación de un partido que repartía prebendas y premiaba a los intelectuales de “casa” y el constante desmembramiento de estructuras ideológicas que fueron su asidero en los años revueltos y enigmáticos de su juventud.
En 1963, año de su publicación, su novela Los recuerdos del porvenir fue galardonada con el Premio Xavier Villaurrutia; y en 1996 recibió el Premio Sor Juana Inés de la Cruz por Busca mi esquela.
La improvisación de la crítica en México, no muy diferente en la década de 1960 a la que aún ahora se halla en páginas de revistas y suplementos culturales, impidió medir la verdadera importancia de una novela que introduce las primeras notas reconocibles de lo que más tarde se llamaría “realismo mágico”. Si las obras de Rulfo y las páginas perfectas de Juan José Arreola opacaron frente a los ojos de la crítica la aportación de Garro a la historia de la literatura mexicana, el sino trágico de la autora habría de arrastrar su nombre por un fango que aún hoy lo cubre de suspicacias. La ilusión se paga con la vida, dicen los habitantes de Ixtepec, el pueblo donde el tiempo es un eterno presente suspendido entre los deseos que gestan la violencia y un orden que se desmorona hasta convertir a hombres y mujeres en partícipes de una gesta infernal.
Lo único real en el tiempo de la novela es el instante detenido: el de la posesión que no se cumple, porque ningún dominio es total, y porque los fragmentos que integran el juego de espejos de los personajes habrán de formar el laberinto en torno al cual gira la obra de Garro: partículas autobiográficas, experiencias propias amalgamadas entre sí gracias a los trabajos de la ensoñación, aquella que quiebra los días reales para convertirlos en horas ajenas a las del resto de los mortales, corredores por donde sólo transitarán su angustia y sus delirios persecutorios.
Para referir esta preocupación, Garro utiliza las anacronías y la suspensión del tiempo. Desordena para olvidar, pero ese trastrocamiento no hace sino reforzar el presente porque el tiempo anda en círculos y así traiciona a los personajes y los somete. Dominio que aniquila el placer y deviene violencia.
En Los recuerdos del porvenir la voz narradora es Ixtepec, un pueblo mexicano que puede ser cualquiera, y desde allí cuenta lo que vive y aflige a sus habitantes durante la guerra Cristera. El tiempo se interrumpe de la misma cruenta forma en que se detuvo el tan anunciado progreso de los pueblos mexicanos después de la Revolución. Aparentemente en Ixtepec, como en México y sus pueblos violentados, la realidad no pasa. Sin embargo, al interior del pueblo, de las haciendas, de las comunidades y de las almas de los combatientes y los posesos que luchan entre el placer y el infortunio, las cosas siguen sucediendo, las preocupaciones y las miserias no se detienen; por el contrario: están condenadas a repetirse.
Esa aparente inacción que define a los personajes los orilla a encontrarse de frente con sus acciones convertidas en piedras irrevocables. Es, pues, ese estatismo lo que convierte a Isabel Moncada en piedra; ese estatismo que se convierte en traición por desobedecer al sino femenino. Los personajes femeninos de Garro son mujeres que traicionan a su marido, a su familia, a su patria, e incluso a su destino; pues sus acciones devienen piedras que amenazan lapidarlas, palabras que al ser dichas se solidifican en el tiempo y condenan a los personajes y a sus historias a repetirse eternamente.
Y todo lo que es increíble se vuelve, entonces, verdadero. Para Garro, la memoria es condena. Y rebelión. Y deseo. El tiempo y el amor son uno solo, decía Laura a Nachita en “La culpa es de los tlaxcaltecas”. Si el tiempo y el amor son uno solo para Garro, el amor trastorna al sujeto que lo vive, así como la voz narradora trastoca el tiempo para olvidar. Una mujer enamorada es un ser condenado a repetirse por traidor a su sino femenino. Para Elena, el amor se convierte en denigración; la libertad, en abandono; el deseo, en desdicha; la soledad, en acoso. Sus pasiones son la única realidad capaz de sobrevivirla; huir, siempre huir, convertida en víctima incapaz de reconocer los alcances de sus actos. Los testimonios sobre Mariana, Andamos huyendo, Lola, Reencuentro de personajes y La casa junto al río son algunas de las obras en que esta obsesión de Elena se manifiesta en páginas dominadas más que por la voluntad estética, por la anarquía y la desconstrucción de la personalidad, sellos característicos de los perseguidos políticos.
A lo largo de su obra, Elena Garro demuestra que escribe para mirarse a sí misma. Como artífice todopoderosa, se aleja para conocerse y a la distancia ve una mujer que al mismo tiempo es todas las mujeres. Y descubre que sólo en ese juego puede aprehenderse a sí misma.
La trayectoria de Elena Garro caracteriza el curso de las obras escritas por mujeres en México. El drama personal de la autora roza los límites de la orfandad y la derrota de muchas escritoras que intentaron, sin éxito, consolidar una voluntad creadora y una voz. La investigadora Martha Robles nos dice: “No es el lenguaje lógico ni el desarrollo analítico o la crítica de los acontecimientos lo que distingue la obra de las escritoras contemporáneas de México. Son las señales, la expresión simbólica, el encubrimiento de la verdad que no podemos comprender porque parece ajena, antinatural, todavía”.
A 10 años de su muerte, Elena Garro sigue siendo una figura polémica. Sus personajes femeninos, seres en permanente derrota, son reflejo de la tragedia que aún ahora es el amenazador destino de las autoras que intentan consolidar una carrera literaria.
Elena Garro, la más importante, genial y controvertida escritora mexicana, entra, en 1916, en el que sería su siglo y se adueña del escenario literario para años más tarde, en 1998, despedirse y regresar al tiempo de la “voluntad demonizada” del porvenir.