El pasado 2 de agosto se cumplió un año de la desaparición física del actor, director de teatro, escritor y poeta Marko Castillo. Su larga trayectoria en los escenarios de Puebla y de su país dejó una huella que cada día se vuelve más dolorosamente profunda. Para sus amigos y compañeros teatristas, la ausencia de Marko se resiente en el tráfago de las juntas inútiles, los proyectos que no cuajan, la desolación que con facilidad atrapa a quienes pretenden seguir el camino que su maestro demostró posible pero complicado y espinoso, pues nadie como Marko para sacar lo mejor (y a veces lo peor) de funcionarios dudosos, de entusiastas pero poco competentes actores, de amigos y amigas traicioneros, de autoridades renuentes a aceptar proyectos y presupuestos.
En lo que a mí respecta, el enorme hueco que dejó en mis días se llena a veces con el recuerdo de sus hazañas, la visita de sus “bodoques” (encabezados por Roberto y la hermosa Gabriela), la lectura de sus textos y mensajes de correo electrónico. Nada, sin embargo, es capaz de embalsamar la nostalgia. Hace unos días tropecé con un mensaje de Marko fechado en julio de 2005, poco después de la inesperada muerte de nuestro amigo Alejandro Meneses. Era su colaboración semanal de La Jornada de Oriente, columnaforo donde el dramaturgo despotricaba, analizaba, se lamentaba y reía a mandíbula suelta de las vicisitudes de su profesión. Pero ese día de julio su texto tenía el aire lúgubre de las peores premoniciones. Quizá porque las terribles circunstancias en que murió Alejandro lo enfrentaron con la posibilidad de su propia, cierta, inescapable muerte. El cáncer que padecía, la pérdida de su madre y la desaparición paulatina de sus facultades lo enfrentaron con la gran máquina de guerra que trató de ahuyentar con la misma fuerza y arrogancia con las que libró batallas similares. Su dirección de correo electrónico: sobreviviente2002@yahoo.com, como muchas otras claves diseminadas en su entorno, era reflejo de su determinación por permanecer vivo y bien. Los que tuvimos el privilegio de estar cerca de él en esos años nos acostumbramos a su resistencia de náufrago, a sus comidas tailandesas cocinadas en ollas de barro, al tequila que generosamente compartía con cada uno, sin escatimar risas ni tiempo. Pero yo creo haber estado en un lugar de privilegio. Su enorme generosidad me hizo cómplice y testigo de sus aventuras literarias, sus devaneos metafísicos, sus crisis escriturales. Con el paso de los años vi nacer poemas, obras de teatro, cuentos y ensayos que nunca lo dejaban satisfecho. A pesar de sus premios y logros en el escenario y la dramaturgia, Marko Castillo siempre se mostró humilde frente al cuento y el poema. La muerte prematura de Meneses lo sumió en reflexiones y arrepentimientos ajenos a su explosiva, centrípeta, canibalesca y festiva personalidad:
“Y entonces me doy cuenta de lo obtuso que fui hasta hace unos días y de lo tardo que seguiré siendo por lo que me resta de vida, al no haber compartido las impresiones de mis lecturas y de no haberme retroalimentado de las emociones que estos mismos escritos, u otros, despertaron en el ánimo de Alejandro Meneses.
“De él sólo me quedan dos libros, pero no puedo hablar con ellos, en vano los hojeo tratando de encontrar algún mensaje cifrado que “EL ESCRITOR”, con mayúsculas, haya dejado para mí, no encuentro ninguno. No me puedo tomar un trago con el libro, y en lugar del delgadísimo pelo sólo puedo palpar la tapa rústica de una edición barata.
“Alejandro Meneses, seguramente tenías que irte después de haber encontrado el final perfecto de tu cuento, preparado con paciencia de artífice a lo largo de tu vida, sugerido en cada pulso de tu hígado, soslayado en cada mirada hacia tu universo interior que un día lluvioso te obligó a perderte en él.
“Prefiero verte como en la madrugada de hace veintitantos años, exultante, bailando a la salida del sol, llenos de alcohol y de risas, sin saber, ni tú, ni yo, que un día te perderías gozoso, en el final perfecto de tu cuento”.
No conocí al Marko Castillo de aquella lejana madrugada. Conocí al dramaturgo serio, al director teatral comprometido, al escritor entregado a la causa de sus textos, al creador genial que podía, con un simple gesto, ahuyentar las sombras y las experiencias amargas. Sobre todo, conocí al ser humano capaz de transformar los pesares del mundo en tardes apacibles, en compañía de Otelo y de Cleopatra, el perro y la gata que lo acompañaron fielmente hasta el final. Hombre de teatro, de literatura. Un gran amigo.