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Miércoles, 13 de agosto de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

 OPINIÓN 

Las oscuras mujeres

 
Beatriz Meyer

La nueva librería de la Casa de la Lectura Profética es una apuesta con mucho en contra para los compradores compulsivos de libros. Poco a poco la antigua librería se ha ido transformando en un laberinto de títulos, colores, portadas; una casa para fanáticos, desahuciados sociales, tipos sin novia, mujeres sin planes nocturnos, escritores y escritoras en busca de suculentos pasillos donde los más diversos temas y autores reservan a los lectores fanáticos el ingrato placer de las páginas que se recorren sin remedio y sin dinero en el bolso. Animadas por estos y otros informes, mis dos amigas escritoras (chilangas en busca de las últimas pringas vacacionales) me invitaron a realizar una tardía excursión por lo mejor que esta ciudad barroca tiene para el turista y el lugareño: un lugar para el refocile, la holganza, el placer y los perversos hábitos de los lectores incurables. Profética y su nueva oferta nos engulló durante un buen par de horas. En cierto momento me encontré con tres libros en las manos. Ni a cual irle. ¿La nueva antología de cuentos de José de la Colina? ¿El libro de poemas perdidos de Alicia García Bergua? ¿El retablo del conde Eros, de Eliseo Alberto? ¿Tokio Blues? ¿Alguna novela de Carmen Martín Gaite? No, señor. Acabé comprando, por pura y puerquísima curiosidad, el nuevo libro de relatos–crónicas–reportaje–de–nota roja del periodista Víctor Ronquillo: La Reina del Pacífico y otras mujeres del narco. Gracias a los gestos de rechazo de mis compañeras de purgatorio, sucumbí a la tentación (y al riesgo) de comprar un libro con todos los agravantes. Desde el nombre de la colección: Temas de hoy, hasta la contraportada, en la que algún oscuro editor recomendaba a Ronquillo como poseedor de armas al parecer infalibles: “Su conocimiento del inframundo mexicano, el olfato del cronista y la voluntad del escritor”, absolutamente todo conspiraba contra la compra de esa colección de nueve historias, narradas con voluntad pero sin estilo, compiladas con enjundia mercantil pero no con la avaricia del que creyó tropezar con un tesoro. Quizá suene exagerado, pero el reciente descubrimiento del lado terrorífico y delincuencial de las mujeres se ha vuelto una especie de “moda”, un breve momento más comercial que de interés humano.

Sabiendo todo eso, pero acicateada por los comentarios entre refractarios y exaltados de mis acompañantes, puse con valentía el libro sobre el mostrador y pagué los muchos pesos que me costó la inusual decisión, a pesar del descuento que la flamante librería obsequia a sus clientes en cada compra. Ya en el café, el intercambio de impresiones sobre el tema me sugirió que tal vez no estaba del todo mal embarcarse en una lectura poco sustanciosa desde el punto de vista literario pero sólida en cuanto al despliegue de datos, archivos, documentos, personajes y anécdotas ríspidas, difíciles, sobre la participación de las mujeres en el negocio del narcotráfico.

El primer relato trata sobre la captura de Sandra Ávila Beltrán, la Reina del Pacífico, el 28 de septiembre de 2007, en su residencia de Jalisco. Personaje de novela (La Reina del Sur, del escritor Pérez Reverte, está basada en esta inmisericorde delincuente mexicana), doña Sandra deja chiquitos a los más sanguinarios capos de la mafia mundial. Perteneciente a una dinastía negra (es sobrina de Miguel Ángel Félix Gallardo y prima lejana de Rafael Caro Quintero), en la sangre de la Reina se revuelven las herencias de varias generaciones de narcotraficantes y sembradores de mariguana que salieron de la pobreza extrema cuando aprendieron los mecanismos del tráfico ilegal y, mediante la compra de armas de alto poder y de ejércitos de sicarios cada vez más precisos, se zafaron de la obligación de sembrar para otros. Hasta donde el autor nos permite ver, Sandra Ávila es la única en esta colección de personajes femeninos que puede decidir si en realidad es esa la vida que quiere vivir. Pero el relato de Víctor Ronquillo carece de fuerza dramática. Sus excesos narrativos rondan lo cursi y lo dogmático, e impiden que el lector formule sus juicios o al menos se hunda en la fantasía de dinero, sexo y drogas que parece emerger a cada vuelta de pista de estas mujeres atrapadas por las drogas, el teibol y los chalinillos de cadenas y anillos de oro.

La historia de la anciana que ve perderse a su comunidad por culpa de la siembra de la amapola, la teibolera que se suicida en el sopor del antro y la cocaína, la tragedia de Raquenel Villanueva, abogada de narcos, soplona y sobreviviente; los cientos de esposas, novias y amantes que se enredan con sicarios (a veces en contra de su voluntad) y viven cada día como una sentencia de muerte. La fila de mujeres pasa sin dejar una impresión mensurable. Quizá es la falta de recursos de un periodista como Víctor Ronquillo. Su prosa resulta correcta, muy revisada y al punto. Pero una esperaría menos fantasías masculinas y más verdades femeninas. Mis amigas afirman que son muy pocas las mujeres que tocan el tema. Nos espantan la sangre y la violencia, dicen. Porque nos enseñaron a no ver “lo feo”, refuto. Mientras hojeo el libro pienso que ya va siendo hora de que, por la vía de la moda o de la convicción, las mujeres aborden su lado oscuro desde su turbulenta, misteriosa e irrenunciable experiencia de género.

 
 
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