Estamos acostumbrados a la presencia de computadoras en algunos lugares, sobre todo en las oficinas. Aunque no lo vemos en la vida cotidiana, de hecho muchos hornos de microondas y hasta algunas lavadoras tienen un microprocesador integrado. Lo que sí tenemos claro es que, aún conteniendo cada aparato algo o mucho de electrónica, no se comunica ni interactúa con otros aparatos: obviamente el microondas no le habla al refrigerador, ni la estufa al tostador de pan, etc. Sin embargo, esto va a cambiar en los próximos años.
En efecto, en un futuro que podemos ubicar dentro de los próximos 20 años, casi todos los objetos de uso común van a tener sensores y procesadores: las sillas, las lámparas, las tazas de café, los pisos de las casas. Por ejemplo, la silla va a ‘protestar’ si se coloca en ella alguien de una corpulencia mayor a la que se supone que puede soportar. La taza de café va a “alertar” que el café está calientísimo y que te puedes quemar si te lo tomas.
¿Cómo va a avisar la taza de café que su contenido está muy caliente? Bueno, no es la taza misma la que va a “gritar”, sino que el sensor de temperatura de la taza es monitoreado por un procesador en la misma taza. Si el café está en efecto demasiado caliente, entonces el procesador en la taza envía una señal de radiofrecuencia a una computadora “maestra” en la casa, la cual activa ya sea un sonido “hablado” en unas bocinas, o un mensaje en una pantalla en la pared, o cualquier otra forma de indicación al usuario.
Claro que también se pueden hacer tazas con una bocinita integrada, en vez de transmitir la señal a la computadora maestra, pero esto tiene varias desventajas. En primer lugar, cada objeto de la casa tendría que tener su bocina o indicadores, lo cual aumenta los costos. En segundo lugar, la computadora maestra puede ejecutar procesos computacionales que “conocen” al usuario (por ejemplo, qué tan caliente le gusta el café), y que velan por los intereses de dicho usuario. Estos procesos se conocen como “agentes personales”. La idea de que los humanos seamos representados por agentes personales ya tiene algunos años, y fue propuesta por Nicholas Negroponte en su libro Being digital, donde propuso que los humanos deleguemos funciones a los agentes personales.
También en los años 80, hubo un video llamado Knowledge navigator hecho por la compañía de computadoras Apple donde se presentaba a un agente personal que trabajaba para un profesor universitario (recomendamos ver ese video,). En tercer lugar, y tal vez lo más importante en el escenario futurista que estamos presentando es esencial la interacción entre los diversos objetos, y esto requiere que cada objeto transmita su situación a los demás objetos, o a la computadora maestra, y luego que haya algún mecanismo de coordinación entre los objetos.
A estos escenarios donde los objetos cotidianos tienen sensores, procesadores y comunicación, y donde los objetos trabajan en concierto para satisfacer las necesidades de los usuarios, se les ha llamado “Inteligencia ambiental” (“ambient intelligence” en inglés, abreviado AmI).
Las características de los objetos que participan en un escenario de AmI son:
*Están “integrados” al ambiente, generalmente los sensores y procesadores están ocultos; tienen forma de comunicación inalámbrica entre ellos y con procesadores externos.
*Reconocen su contexto y las necesidades de su usuario; se adaptan y se personalizan a sus usuarios de acuerdo con las necesidades de estos.
*Reaccionan a las situaciones actuales, y se anticipan a lo que puede ocurrir en un futuro inmediato, por ejemplo al reconocer riesgos (la taza “protesta” porque la colocaron muy cerca del borde de la mesa).
Ya hay actualmente muchos elementos de tecnología que apuntan hacia el futuro AmI, comentamos a continuación algunos de ellos.
Las tarjetas de identificación por radiofrecuencia, abreviadas RFID, son pequeños circuitos electrónicos que se pegan o incrustan en un objeto, y permiten que dicho objeto sea detectado cuando se aproxima a un sensor. Esta tecnología es usada masivamente en almacenes de mercancías, donde los anaqueles tienen los sensores, y así se puede hacer un inventario perfectamente actualizado. Además, se detectan ciertas condiciones que requieren atención, como por ejemplo que hay en el anaquel 5 una caja con helados que deben mantenerse a 10 grados, pero el almacén está a 20 grados, por lo que su contenido se va a derretir. La caja de helados tendría pegada una tarjeta RFID con información de que contiene helados, así como la temperatura de almacenamiento.
Las tarjetas RFID han bajado muchísimo de precio, costando actualmente unos 20 centavos de dólar cada una. Por ello se ha intentado usarlas para reemplazar los códigos de barras en las mercancías comunes, como las latas de frijoles. Esto todavía no es posible, porque el costo de 2 pesos por tarjeta representa una fracción importante en el costo de la lata de frijoles, pero sí es factible de usar en mercancías más caras. Por ejemplo, hace algunos años el fabricante de ropa Benetton decidió incluir tarjetas RFID en sus productos. Esto permitiría por ejemplo, que una lavadora avanzada recibiera instrucciones de cómo lavar dicha prenda. Sin embargo, la presencia de tarjetas RFID en la ropa tiene ciertos riesgos, como por ejemplo que cualquiera (o por lo menos Benetton) pueda detectar la presencia de un cliente en particular, llevando a escenarios de mercadeo como el que aparece en la película Sentencia previa (Minority report, con Tom Cruise), donde al llegar el cliente a la tienda, el sistema lo saluda por su nombre. Asociaciones de defensa de la privacidad protestaron y obligaron a Benetton a incluir en los chips de RFID un interruptor que “mata” los circuitos para que no funcionen más.
Más recientemente, en Berlín abrió sus puertas una tienda de menudeo donde todas las mercancías tienen tarjetas RFID, y donde para pagar los clientes no tienen que sacar las mercancías del carrito, sino que simplemente pasan éste a través de un sensor especial, el cual calcula la cuenta a pagar.
Ciertamente las tecnologías relacionadas con AmI no terminan con las tarjetas RFID. Los sensores pueden registrar temperatura (como en el ejemplo de la taza), presión (como en el ejemplo de la silla), luz, y muchísimas otras cosas. Lo importante es que el costo de los sensores y de los procesadores ha seguido bajando tanto, que se vuelve factible incluirlos en objetos cotidianos.
Si nos agrada o no este escenario futurista es otra cuestión. Desde luego es importante defender la privacidad y la autonomía de las personas, pero esto pensamos, no es una cuestión que dependa únicamente de la tecnología en sí, sino que depende principalmente del uso que hagamos de ella, lo cual debe reflejarse en leyes y comportamientos éticos que nos permitan obtener las ventajas de estos escenarios sin que se vuelvan una pesadilla.
*ITESM Monterrey