Búsquedas en el diario

Proporcionado por
       
 
Lunes, 11 de agosto de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Deportes
 
 

 SEMANÁLISIS 

Historias olímpicas (y cuentos chinos)

 
Horacio Reiba

Sí pues. El Nido de Pájaro es una maravilla y la inauguración fue el gran espectáculo, feliz aleación de cultura milenaria con tecnología de punta, prodigio de inventiva, luz, color, disciplina, coordinación milimétrica y demás etcéteras. Pero más allá del tópico agotaelogios, el olor que despiden estos Juegos algo tiene de ominoso. Algo que va más allá de la terrible contaminación de Pekín, esa bruma indisimulable para la televisión y los comentaristas. Algo que remite sin remedio a la realidad de los JO más mercantilizados de la historia. Con una diferencia fundamental con respecto a cualquiera de los anteriores: en Pekín se funden las obsesiones del capitalismo salvaje y las del más despiadado autoritarismo de Estado. Estamos a años luz de los boicots a Moscú y Los Ángeles, memoria rancia de la guerra fría. Que si acaso nos sirve para enfatizar que, hoy por hoy, el abrazo fraterno del oso comunista con el grizzly neoliberal promete ser más asfixiante para los globalizados del mundo que cualquier otra forma de sometimiento anterior. Los globalizados, es decir nosotros, momentáneamente representados por los apaleados monjes tibetanos, pero en los hechos perfectamente inermes frente a unas fuerzas del mercado para las cuales no hay rincón de la vasta geografía cultural que resulte inaccesible. Que no sea negociable, adjudicable, triturable. Como negociaron las transnacionales del deporte y las comunicaciones el smog y los derechos humanos con unas autoridades chinas inconmovibles en el propósito de exhibir su poderío como país a través del evento más visto y difundido del vasto universo, sabedoras que la buena propaganda es un medio idóneo para seguir triturando a millones de compatriotas, cuyos trabajos forzados serán puestos como ejemplo a todas esas masas a merced del capitalismo democrático que de democrático poco tiene. Y cada vez menos, si China va a convertirse en el modelo triunfador. El mensaje es éste: ustedes aprovechen los Juegos para apoltronarse y soñar despiertos delante del televisor, mientras nosotros preparamos la próxima vuelta a la tuerca de la explotación, la exclusión y la acumulación dichosamente globalizadoras. 

De Spitz a Phelps. Fonéticamente tienen el parentesco de esa única sílaba que reclama la pronunciación de sus nombres. Dos sílabas breves y contundentes, como dos disparos al aire. Pero según es bien sabido, las similitudes entre este par de tritones norteamericanos van mucho más allá. En Munich 72, Mark Spitz –veintipocos años, universitario de orígen judío, bigotillo fino y un físico que, comparado con el de sus colegas de ahora, más se asemejaría al de un charal– sólo necesitó 100 metros cuadrados de agua a su voraz disposición –unos 300 metros cúbicos, si a volúmenes vamos– para instalarse en un planeta distinto, sacar unas cuantas pulgadas por brazada a sus ilusorios rivales y arrasar con siete oros en el medallero. Algo nunca visto. Algo que desde entonces nunca más ha vuelto a suceder. Pero los records, reza la vieja máxima, están hechos para romperse. Y Michael Pherps viene por éste, el más ilustre y duradero de la parafernalia olímpica. Por lo pronto, oro el sábado en 400 metros combinado individual, prueba que el propio nadador consideraba de antemano “la más difícil de las ocho”. Porque Phelps –estudiante universitario, cerca de 22 pies de altura y dueño de todas los records y todas las expectativas– está en Pekín para disputar, en calidad de favorito universal, nada menos que ocho medallas áureas. Con cierta falta de pudor, el COI le giró a Mark Spitz un boleto de ida y vuelta para presenciarlo. No se sabe aún si aceptará o no el ofrecimiento.

Fiebre de records. El deporte olímpico es cepa y vertedero de múltiples significados. Pero algo que desde siempre intrigó al mundo es la frontera del récord como símbolo de las fronteras humanas. ¿Hasta dónde se pueden estirar los metros, segundos, décimas, centésimas, millonésimas de una cifra tope? ¿Existirá realmente ese tope o, como repiten los locutores desde su simpleza infinita, no habrá marca que resista el paso del tiempo, el perfeccionamiento de las técnicas de entrenamiento, el fortalecimiento programable y computarizado de tales puntos y músculos específicos, el incremento del poderío muscular y mental basado en la clásica máxima altius, citius, fortius: más altos, más rápidos, más fuertes?  Por lo pronto, algunos añejos records –muy pocos– continúan en espera de que tanto optimismo se confirme. Pero ya están los genetistas, médicos y tecnólogos de nuevo cuño trabajando en favor de la máxima. Y el porvenir de los JO sigue siendo todo lo largo y ancho que nuestra capacidad de supervivencia –o de autodestrucción– decida.

¿Ultraseguridad? Hubo un asalto y, al final, dos muertos, asaltante y asaltado. Pero no ocurrió en Culiacán ni en Ciudad Neza ni en las calles del Bronx o Río de Janeiro, sino en la Torre del Tambor, histórico monumento en las afueras de Pekín. La víctima, con quien tristemente podría reunirse pronto su esposa, gravemente herida, fue un turista estadounidense, Todd Bachman de nombre, suegro de Hugh McCutcheon, el entrenador del equipo de volibol varonil de Estados Unidos. Y el autor del triple atentado –que afectó también seriamente a la guía local de los visitantes– un ciudadano chino que enseguida se suicidó arrojándose desde un piso alto de la torre. Nada se sabe del móvil, ni de cómo es que se escabulló hasta el interior del bien vigilado recinto un hombre armado con descomunal cuchillo. Lo único cierto es que, ahí donde haya seres humanos, cualquier cosa, hasta la más inesperada, puede pasar.

Medallero. Por lo pronto, el metal amarillo –como se designaba en Europa a los asiáticos atendiendo al color de su piel– se está quedando en China. Como los JO modernos se revelaron pronto como un excelente vehículo de propaganda política en el contexto de la guerra fría, los países del este aplicaban todo el rigor médico y científico de que eran capaces –sin desdeñar ni el dopaje ni los entrenamientos inhumanos– para crear aquellos famosos atletas de Estado que cada cuatro años llenaban de asombro al mundo. Hoy, el pujante anfitrión rojo no ha querido ser menos. Bien saben que de los Juegos queda, aparte el sabor específico que cada cual va dejando en nuestra memoria, la numeralia, el score final. Y sin contar con ningún Phelps en sus filas, China hará hasta lo imposible por convertirse en el amo absoluto de la tabla de medallas, allí donde el oro sirve para marcar diferencias y zanjar discusiones. Recuerdo también que uno de los secretos de los países del socialismo real para escalar a lo alto del medallero consistía en involucrase a fondo en disciplinas olímpicas poco conocidas y frecuentadas, pero dotadas como cualquier otra con sus oros, platas y bronces respectivos. Por ese camino se fueron colando de a poco en la élite de los deportes más seguidos y prestigiosos especialidades como la marcha, la gimnasia o la halterofilia. Preparémonos, pues, para asistir al asalto chino a todos los podios posibles.

 

 
 
Copyright 1999-2008 Sierra Nevada Comunicaciones - All rights reserved
Bajo licencia de Demos Desarrollo de Medios SA de CV