Han pasado los tiempos en los que la educación formal era parte fundamental de la convivencia social. Las reprensiones maternas por subir los codos a la mesa, por masticar los alimentos con la boca abierta, por sorber cualquier bebida o por no usar convenientemente los cubiertos han desaparecido prácticamente en los últimos tiempos y en las familias jóvenes; es un hecho que no se les presta la misma atención que antaño.
El ritmo de la vida actual ha provocado que sea más difícil comer en familia, con todos sus miembros reunidos a la misma hora; por ello, la vigilancia de los padres sobre estos asuntos ha dejado paso a un relajamiento de las “maneras de mesa”, como se les llamaba, entre los niños principalmente. El hecho no reviste ninguna gravedad ni su persistencia llegaría a provocar conmoción social alguna, pero de no atajarlas a tiempo nos acercaríamos sin remedio al mundo troglodítico de algunas sociedades desarrolladas en las que estas conductas de educación formal no tienen mayor importancia.
Cualquiera que haya puesto un poco de atención en las películas gringas, principalmente en aquellas escenas en las que los personajes, de toda condición social, combinan sus conversaciones con la masticación de alimentos descubriendo la comida que tienen en la boca, me dará la razón. Está tan extendido este uso, esta forma cultural, que aún quienes poseen un alto grado académico y algunas personas que pertenecen a un sector económico y sociocultural elevado en la sociedad gringa mastican con la boca abierta sin pudor alguno.
¿Qué tanta importancia puede dársele a esto? Algunos me podrían decir que ocuparme de este tema ante tantos problemas que vivimos diariamente es perder miserablemente el tiempo. Yo quiero decirles que tienen razón en alguna medida, pero como todo tiene un peso relativo, dependiendo de las circunstancias en las que se produzca, las “maneras de mesa” lo tendrán también en un momento en el que suceda un episodio de convivencia social, cuando tengamos que coincidir con otros prójimos y prójimas en un ambiente cuya intimidad busque propiciar cualquier relación, personal o de negocios. Imagínense alternar en una cena con una persona que se hurgue la nariz o que recorra con el dedo índice toda su arcada dentaria para colectar los restos de alimentos para ingerirlos o rumiar aquellos de mayor consistencia.
También aprovecho la ocasión para preguntarles: ¿Qué tanto estorba a cualquiera aprender estas maneras de mesa? Si bien no vamos a adoptar el Manual de Carreño, obsoleto mamotreto de remilgos ridículos y hasta divertidos, al menos vivamos como gente de república y policía, como se decía antiguamente.
Algunos chamacos acuden a la mesa, a la hora de la comida, con los juegos electrónicos o con el teléfono celular para entretenerse, abstraídos completamente de lo que sucede a su alrededor; sorben ruidosamente las bebidas, juguetean con la comida, adoptan malas posturas para sentarse, meten los dedos en el plato y se los chupan después. Digan lo que digan en favor de solaparlas y en contra de corregirlas, creo que son conductas que afectan la armonía familiar. Las abuelas solían decir, cuando alguien dejaba migajas de pan y restos de comida en el lugar que ocupaba en la mesa, que ahí había comido un perico.
La comida puede y debe ser un momento placentero, de gozo individual, pero también una oportunidad de sociabilizar para relacionarse con amigos, con parientes, con socios, con compañeros y con personas con quienes pretendamos iniciar nuevos tratos o relaciones. Furris espectáculo protagonizaríamos si no mantenemos una conducta adecuada en la mesa, ¿no? Tan ridículos resultan la afectación y el refinamiento excesivos, como desagradables son las malas maneras en la mesa y en todas las ocasiones de trato social. ¿Clasismo? ¿Extravagancia? ¿Conservadurismo? “Será el sereno”, pero digo que “aunque todos estemos hechos del mismo barro, no es lo mismo bacín que jarro”.