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Viernes, 8 de agosto de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

La danza en México obtuvo un rostro propio recién con las Campobello: Dallal

 
Yadira Llaven
Puebla, Pue.

“La danza en México empieza a tener un rostro propio hasta inicios del siglo XX, con las hermanas Gloria y Nellie Campobello. Anteriormente era una copia de lo que se hacía en el extranjero, principalmente en España”, aseveró el doctor Alberto Dallal, académico del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, quien ofreció la conferencia “Panorama de la danza mexicana”, donde dejó en claro que este movimiento se empezó a gestar tras el reconocimiento de nuestras raíces indígenas.

La revolución armada en México “nos hizo revalorar nuestras raíces folclóricas en la música, la pintura, la escultura, y más tarde los efectos llegaron a la danza, con el proyecto vasconcelista, en 1919”. Por eso, explicó, decimos que la danza mexicana fue un movimiento, porque se presentó en diversas artes.

Dallal, quien ha escrito una veintena de libros alusivos al tema durante cuatro décadas de investigación, expuso que no hay que demeritar a la danza folclórica ante la contemporánea, pues “es ahí donde está nuestro pasado y nuestro futuro”.

Anteriormente, recordó, la Secretaría de Educación Pública consideraba dentro de su plan de estudios la creación de “fiestas escolares”, a propuesta de Justo Sierra, donde se ponían en práctica los cursos de danza y música principalmente, pero sobre todo la creatividad de los maestros para la elaboración de las escenografías, lo que ya no ocurre en la actualidad.

En 1932 se funda la primera Escuela Nacional de Danza, donde además de folclor también había danza clásica y contemporánea, acrobacia y circo. Ahí las hermanas Campobello, al igual que Estrella Morales y Dora Dubi, impartían las clases.

El pintor Carlos Mérida fue el primer director de la escuela, y estaba a cargo de la realización de la escenografía; mientras José Clemente Orozco, compañero de Nellie, se encargaba del diseño del vestuario; y Carlos Chávez y Revueltas, de la música.

“Las Campobello fueron mujeres adelantadas a su época, crearon todo un movimiento dancístico e hicieron a un lado la fantasía de los grandes ballets”. A partir de este parteaguas “es cuando los varones, que no precisamente eran gays, empiezan a quitarse los prejuicios y a incorporarse a la danza”.

Para 1940, las cananas y los mensajes revolucionarios habían sido superados por la modernidad. Nace el teatro popular mexicano y el público se llena de eclecticismo al ver las coreografías. Muchos extranjeros llegan a México, chinos, rusos, españoles…; Anna Sokolow funda el grupo “La paloma azul” y Walldeen el Ballet de Bellas Artes.

Una característica que definió a la danza moderna fue que los bailarines danzaban descalzos y, fundamentalmente, estaban en contra de lo clásico.

Organizaron un movimiento misionero por todo el país para llevar la danza hasta el último rincón de la república, destacando el trabajo de Guillermo Keys Arena y Elena Noriega, esta última más tarde llevaría a Cuba la danza contemporánea.

En ese tiempo, el fotógrafo Nacho López se une al movimiento al congelar la primera coreografía de las Soldaduras, y más tarde Leonora Carrington realizaría la escenografía de La luna y el venado, de Ana Mérida.

Dos décadas después, en 1960, inicia el declive de la modernidad para entrar a lo contemporáneo, con la aparición en escena de Javier Francis, que influye de forma determinante en Guillermina Bravo y Ana Mérida, quienes por separado fundan sus escuelas: el Ballet Nacional de México y la Academia de la Danza Mexicana, respectivamente.

Con esta ruptura aparecen Nelly Hapee, Miguel Ángel Añurve, Jesús Romero, José Mata, José Silva, Raúl Flores Canelo y Luis Fandiño, y la danza cambia de género.

Y en esa época surge también Amalia Hernández, una bailarina clásica, como las Campobello, que se dedica a trabajar danzas folclóricas. “Resultó una gran empresaria y gracias a ella somos muy conocidos en el mundo. Hernández hizo lo que ni Diego Rivera ni Guillermina Bravo lograron”.

Por eso, muchos “modernos” se fueron a trabajar con Amalia. No obstante, Dallal asevera que la danza folclórica sigue ninguneada y sin atención.

Después, en los 80, llega la danza abstracta con una narración hiperrealista, que deja a un lado la rigidez de la coreografía. Sobresale el trabajo de Antonia Quiroz, Ángel Añurve, Eva Pardavé, Victoria Camero y Guillermo Serret.

José Rivera crea en nuestro país la danza–gay, Lorena Glinz incluye en la danza sonidos guturales, y Luis Fandiño llega a tal abstracción que utiliza la tecnología. Surgen el happening, el performance y la intervención, con agrupaciones como Forion Ensamble, Boomerang, Contradanza, de Cecilia Lugo, y Lux Boreal. Actualmente, dijo, en el país existen más de 70 grupos de danza contemporánea.

 
 
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