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Viernes, 8 de agosto de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

 CINE  

Eva y el señor de la basura

 
Alfredo Naime

El verano peligroso fílmico está a punto de terminar, fiel al ritmo que le marcan las agonizantes vacaciones. Ha sido, como de costumbre, un verano palomitero y poco cerebral, a la medida de un público –jo-ven, mayoritariamente– en relax, sólo in-teresado en pasarla bien, sin pretender más, siempre acompañado de su mejor amigo de los últimos años: su celular.

Ahora bien: si hay un film que en verdad hizo valer este verano peligroso, ese es Wall-E, de los estudios Disney Pixar. Es decir que si usted no lo ha visto –a despecho de la edad que tenga– su verano fílmico está, cuando menos, en entredicho. El acostumbrado prejuicio adulto, como siempre, hace respingar: “A ver, a ver... ¿un film animado, para niños, fue lo me-jor del último par de meses en cuanto a cine?” La respuesta, en mi opinión, es llanamente que sí, casi sin duda. La película tiene la historia siguiente: siglo XXIX; Wall-E, el personaje central, es un robot de servicio, el último ser sobre la tierra, aban-donada 700 años antes al tornarse invivible por un desastre ecológico, consecuencia de las toneladas de desechos generados hasta entonces por sus irresponsables habitantes. Wall-E –abreviatura de Waste Allocation Load Lifter, Earth Class (me-nos elegantemente, el encargado de la ba-sura)– sigue haciendo su trabajo, puntual, metódico y en solitario. Todo parece ir ra-zonablemente bien (digo: para un robot acostumbrado a esa única rutina), hasta el día en que una gigante y desconocida nave desciende para revisar el entorno y tomar muestras. La tarea corre a cargo de lo que parece ser una “robotina” llamada Eva (sugerente detalle, ¿no?), en quien Wall-E se interesa, digamos, más de la cuenta. A partir de ahí, y porque Eva encuentra que Wall-E ha descubierto una planta con actividad fotosintética normal, se detona una imaginativa aventura espacial en la que varias cosas estarán en juego; principalmente, el futuro de la raza humana, que ante la evidencia de vida en la plantita puede, por fin, contemplar la posibilidad de regresar al planeta, para un nuevo y esperanzador (re)inicio. Por cierto: esos 700 años fuera de casa, la humanidad los ha vivido en grandes aero–complejos es-paciales –tipo cruceros vacacionales– con-virtiéndose en una especie frívola, floja y ociosa, tan gorda que los miembros de su fauna parecen personajes de una pintura de Botero.

Lo anterior es parte del argumento, pe-ro hay que detenerse, y regocijarse, con la estética que armónicamente ofrece a ese argumento. Su visualidad es una maravilla, a partir de colores, perspectivas y movimiento que dan al film lo que podemos llamar estilo, en su acepción más elogiosa. Aunque lo que la pantalla ofrece aparentemente ya lo hemos visto, no es así; no de esa manera. Los creadores de Wall-E en verdad se tomaron su tiempo para idear, razonar y detallarlo todo, en un complejo y agradecible intento de realizar un clásico instantáneo; uno como el que en su mo-mento fue, un lustro atrás, El Expresso Polar. Un clásico –Wall-E– capaz de re-sonancia; capaz de conmover a pesar de narrarse prácticamente sin diálogos, en-tendiendo (lo mencionó ya Roger Ebert) la dimensión planetaria de su historia. Una película, también, que además de su reclamo ecológico, de su crítica al consumismo por mera moda, de su burla a la vida frívola y de sus referencias–homenaje a Al-dous Huxley, a 2001 Odisea del espacio y hasta a los musicals como Hello Dolly, no es otra cosa que una pequeña historia de amor... de la que en mucho depende el fu-turo del hombre como sí vale la pena. Es de todo lo anterior que desprenden las en-cendidas loas de la crítica a Wall-E: “una obra maestra”; “poesía pura”; “una dul-ce y desarmante parábola ecológica”; “de ternura Chaplinesca”; “más encantadora, imposible”. Frases que se hacen operativas sólo si vemos Wall-E. Hágalo. Y si ya la vio, véala de nuevo, como una bofetada con guante blanco al siempre peligroso verano fílmico.

 
 
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