Hablar de cultura es complicado. Este término proviene de la palabra latina cultura que significa cultivar o preparar la tierra para sembrar. Uno puede entonces “cultivarse” en muchas áreas que van desde la búsqueda de elementos que sobrepasan los satisfactores básicos hasta aquellos componentes fundamentales que se relacionan con nuestras necesidades de recreación, de entretenimiento, de esparcimiento y de distracción.
Muchos filósofos abordaron el tema de la cultura principalmente a finales del siglo XIX, aunque unos 300 años antes, ya se consideraba como “culta” a cualquier persona que mejorara una facultad a través del trabajo, disciplina, buena conducta y disposición para sujetarse a ciertas normas. Pero si la definición de cultura es compleja, resulta más oscuro definir su convergencia con el término salud.
En la consulta cotidiana, cuando elaboro historias clínicas, resulta evidente que la mayoría de los individuos que veo, se alimentan mal y no llevan una actividad física regular (es decir que no hacen ejercicio). No existe un parámetro que me permita establecer patrones de riesgo. Los malos hábitos constituyen un aspecto que caracteriza a la mayor parte de los individuos en nuestro país. En lo personal, no podría representar al individuo que cultiva la salud a manera de ejemplo. Esto sería particularmente pretencioso y extravagantemente presuntuoso; sin embargo, me atrevo a emitir una opinión basada en juicios que voy adquiriendo paulatinamente, en la medida que experimento enfermedades condicionadas por mis malos hábitos, de la misma forma en la que una persona adquiere conciencia de haber actuado mal, cuando recibe el embate de las consecuencias que su conducta generó. Metafóricamente hablando, ésos son los pecados que no requieren confesión. Pero cuando trato de evaluar el momento en el que mis costumbres se modificaron hasta llegar a ser francamente malas, me llega a la memoria el mes de noviembre de 1989, cuando la “caída del muro de Berlín” iniciaba la debacle socialista que culminaría con la disolución de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, dos años después. Nunca voy a poder olvidar las expresiones de incredulidad que se fueron gestando ante estos cambios, en mis maestros de la facultad de medicina, quienes ya convivíamos estando en calidad de docentes. Esto condicionó –valga la expresión– que releyésemos a Marx, cuya aportación intelectual duramente criticada por muchos, se orientó esencialmente a lo que denominó relaciones de producción. Según él, el dominio de lo cultural era un reflejo de las relaciones sociales de producción; o en otras palabras, la organización que adoptan los hombres y mujeres frente a la actividad económica. Coincidentemente fue la época en la que me independicé de casa y al entrar en el medio de trabajo institucional, comencé a alterar los hábitos alimenticios y de actividad física inculcados en el hogar, bajo un régimen de verdadera explotación. Nos cuestionábamos ¿qué iba a pasar cuando el capitalismo estadunidense no tuviese competidor que equilibrara las condiciones de hegemonía económica? Se emitían pronósticos desalentadores que, en lo personal, nunca comprendí.
Dolorosamente en la actualidad se han cumplido estos presentimientos. Nos encontramos con una diferencia de clases peligrosamente amplia desde cualquier punto de vista. Esta desigualdad genera resentimientos que derivan en conductas inhumanas y literalmente barbáricas. La delincuencia sobrepasa a la sociedad y todos somos objeto de una tensión inconmensurable. Se acentúan los mecanismos de explotación laboral y se establece la espiral de fenómenos que a final de cuentas se refleja en descontento, depresión, ansiedad e infelicidad. La sociedad mundial de hoy está patéticamente enferma; y aunque se podrían establecer estrategias de mejoría, como decía Adam Smith (1723–1790): “No puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados”. Los mexicanos, difícilmente podremos superar estos sentimientos de sufrimiento, desconsuelo, enfermedad y desamparo, mientras no disminuya la brecha bestial, feroz, insaciable e inhumana, entre los pocos ricos y los muchos pobres.