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Miércoles, 6 de agosto de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 OPINIÓN 

Más allá de la puerta

 
Beatriz Meyer

Dicen por ahí que las tragedias no vienen solas. La muerte de un ser querido precipita los malos pensamientos. Los días se vuelven gomosos, el librero no ofrece nuevas posibilidades. Está una por tirar la toalla cuando algo, un ligero cambio en la rutina, la llegada de una amiga, oriunda del condado más victimizado por los tornados texanos, Lubbock, trae una ráfaga de aire fresco a mi pesarosa existencia. A instancias de Susan (convencida de que el auténtico consuelo sólo llega de una mujer a otra) me asomo al famoso portal de youtube en busca de un video protagonizado por Isabel Allende, algo así como Historias de pasión (Tales of passion), en el cual yo debía reconocer algún tema de los muchos que hasta hace muy poco tiempo todavía defendía a mordida limpia. Como buena académica, como estadounidense ingenua, como lectora feliz de la realidad de las mujeres “latinas”, Susan me explica que el dichoso video trae a colación un tema en apariencia rebasado por las actuales generaciones de mujeres intrépidas que ya no necesitan quitarse el brassiere para expresar su descontento frente al machismo y la hegemonía patriarcal: el feminismo. En el video, la famosa escritora chilena hace un recuento por demás divertido de las razones que expuso a su hija Paula (fallecida poco después) sobre por qué no se resignaba a guardar en el baúl de los recuerdos su ya muy traqueteada bandera de feminista. Entre anécdotas y bromas, Isabel narra cómo hace a su hija un recuento muy duro de las circunstancias que viven las mujeres desplazadas en las zonas de guerra. Niñas y adolescentes prisioneras de civiles que las toman como esclavas sexuales sólo por ser del bando enemigo. De niñas y niños muertos de hambre que acaban como mercancía en manos de traficantes. De hombres que creen que el contacto con una virgen niña los “cura del Sida”. Viejos horrores, ahora globalizados. Viejos hábitos, como los de la violencia intrafamiliar. En ese momento me di cuenta de que la ingenuidad de Susan radica en que, a pesar de lo que muchas jóvenes creen (entre ellas sus estudiantes y su propia hija), ella piensa que las mujeres aún luchamos por algo. Con una enorme sonrisa, y luego de ese baño ideológico, Susan me entregó Runaway un libro de relatos de Alice Munro, escritora canadiense nacida en Ontario. Ya antes me había regalado Open secrets, de la misma autora. “Como tú, ella también prefiere los cuentos”, me dijo mi amiga con la jiribilla de quien sabe estar dando en el blanco.  Le di una ojeada rápida. Se me pasó la grima. Me entró el entusiasmo.

Las mujeres de Alice Munro siempre están inconformes. Se sienten incómodas, angustiadas. En tono bajo, como de murmullo o de chisme, nos hablan de sus múltiples partidas, de los lugares y las personas que van abandonando por el camino, de sus deserciones, de sus aventuras eróticas, sabrosas por insensatas e irrenunciables. Las mujeres de Munro abandonan hijos, maridos, padres. Renuncian al nombre que les proporciona un lugar en la sociedad. Prefieren el suyo, desconocido. Se van sin dinero. Se instalan en apartamentos viejos o en pensiones de dudosa reputación. Se entregan a trabajos mediocres, redactan largas cartas a soldados de rostros umbrosos, resisten sus ansias, su soledad, sus culpas. De manera paradójica las mujeres de Munro no sufren los horrores de la guerra ni del desamparo. Nadie las ha vendido como esclavas. No son víctimas del abuso físico, ni son unas incomprendidas. Tampoco son buenas ni malas. Son mujeres respetables y dignas que de repente meten sus cosas en una valija y huyen hacia el deshonor, la soledad y la culpa. Pero lo hacen convencidas de que han elegido. Y no siempre lo que eligen es bueno para ellas ni para los otros, los que ellas dejan atrás: padres enfermos, hijos pequeños, maridos devotos. Ellas sólo saben mirar la puerta abierta.

La escritura de Alice Munro resulta tan diáfana como brumosa la personalidad de sus personajes. Sus relatos son largos, sinuosos, tan inquietantes como la verdad oculta en el monograma de unas sábanas de boda.

Susan ríe y me señala, con su irredenta fe en la literatura y el feminismo, el hueco del librero donde, a contrapelo de los malos días, estará desde ahora la Munro.  

 
 
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