Como corresponde a esta columna, el tema del arte público, en específico de la escultura pública, es uno que parece no tener fin por el simple hecho de referirse a la intervención artística en el espacio público, de una manera co–relacional e interdependiente: el arte en acción con su entorno. Entendamos entorno como todo lo que rodea al sujeto, que por tanto puede ser cultural, humano, natural, de contexto.
En Puebla nos hemos acostumbrado a la escultura en espacios públicos, pero no al arte público. Estamos acostumbrados a los bustos cívicos insertos en la plaza o el pasillo, pero de una manera aislada, colocada y “acomodada” en un espacio escogido al azar, generalmente sin tener en cuenta ejes visuales ni aspectos formales del entorno, a veces sólo la simple traza de los pasillos. Nuestra escultura no suele formar parte de un proyecto de construcción y de diseño integral, permanece aislada.
El término Public Art proviene de los Estados Unidos, y corresponde al Land Art la verdadera camiseta del arte público por su carácter genuino, sin artimañas ocultas; es una reclamación hacia la reivindicación de la tierra; aunque claro, por su mismo carácter, la mayoría de estas intervenciones se montaba fuera de la ciudad, por lo que el espacio público pierde protagonismo y la expectación tampoco corresponde a un público cuantioso; de hecho, por sus materiales perecederos y su breve temporalidad, se le difunde por registro fotográfico o de video, difícilmente se le ve en directo, con lo que el aspecto de “público” queda automáticamente rezagado.
Los conceptos del arte público se han extendido por las principales capitales en las últimas décadas del siglo XX, centrándose en espacios urbanos abiertos, relacionadas con el medio arquitectónico más que con el natural, con lo que ha adquirido nuevas y diversas lecturas; como diría Sobrino Manzanares: “... por sus múltiples implicaciones –estéticas, sociales, políticas, institucionales... y convergencias con el urbanismo, la arquitectura, la antropología...– un importante campo para la reflexión de la historia del arte”.
Ha sido constante el intento internacional por incluir el arte en los espacios públicos de las ciudades con la intención de dejar patente el desarrollo técnico y cultural del cual esa ciudad forma parte, lo que conlleva una nueva relación entre el hecho artístico y el territorio, dando lugar a una necesaria reflexión sobre la forma, la integración y el contenido del espacio abarcado.
Para cubrir tales objetivos son necesarios burócratas y administradores políticos con un mínimo de intención cultural y de visión para el establecimiento de las correspondientes relaciones entre el patrimonio cultural generado por la propia sociedad de la que se forma parte y su patrimonio natural.