Ya que hice una serie de tres columnas acerca del 68 desde mi particular ex-periencia y consiguiente punto de vista, me fue sugerido por un cuate darle cierta continuidad. Por supuesto que esta sugerencia llevaba la jiribilla de su connotación erótica: la famosa posición cunnilingus y felación simultáneas y sus respectivas variantes, según las preferencias sexuales de la pareja –para de-cirlo como se debe–, aunque se espanten dos o tres practicantes vergonzantes... su modo de ver las cosas ¿no?
El 69 significó definitivamente la cruda moral, la resaca de la embriaguez de los candorosos ideales que mantuvimos los jóvenes que participamos en el movimiento estudiantil del año inmediato anterior. Volver, con la avasallante sensación de derrota a la rutina diaria, a la digestión de unos juegos olímpicos en donde nacieron –por obra y gra-cia de la prensa manipuladora– los jóvenes héroes deportivos, ejemplos para la juventud mexicana. Muchachos sanos y patriotas y no como los estudiantes alborotadores, mo-tineros, sediciosos y enemigos de México del 68.
Los nadadores Felipe “Tibio” Muñoz y Mari Tere Ramírez y el marchista sargento Pedraza fueron piezas importantes del mito, refundado una vez más, del mexicano, exitoso de relumbrón, tan necesario para el engaño oficial. Bien sabemos que en esta sociedad, dominada por los empresarios y sus secuaces los políticos sinvergüenzas, el éxito es la lana solamente. ¡Cuánto tienes, cuánto vales!
El regreso no fue fácil para nadie, menos para algunos que veían en la derrota estudiantil la inutilidad de la lucha pacífica de la pequeña burguesía, quienes percibían próximo el advenimiento de la revolución que acabaría para siempre con las injusticias y la pobreza. Ellos se fueron a la clandestinidad y a una lucha armada que fue enfrentada brutalmente por la canalla priista a través de sus sicarios.
El desencanto llevó a otros más al cinismo total, a la incorporación al sistema para gozar de las particulares canonjías que ofrece a los desertores. Otros más fundaron los partidos de oposición y lucharon tenazmente por su consolidación con relativos buenos resultados.
Muchas cosas se habían cuestionado en el movimiento estudiantil en relación a la sociedad y no solo el tipo de política servil que se practicaba en México. Se había debatido sobre el papel de la mujer en la sociedad, el de las relaciones de pareja, el asunto de las preferencias sexuales, el tema de la cultura y muchos más que buscaban en conjunto la creación de una sociedad nueva, distinta a la heredada por los padres.
40 años han pasado y uno se pregunta cuáles han sido las transformaciones reales que se operaron en nosotros, en nuestra vida, a partir de la experiencia sesentayochera. ¿Qué cambió en la relación con nuestra pareja, con nuestros hijos, con nuestros familiares? ¿Qué hemos hecho en favor de la sociedad? ¿Cuáles han sido nuestras contribuciones? ¿Cuáles son las cosas que han llenado nuestra vida?
Pecados de juventud, equivocaciones, imposibilidad de cambios, utopías, incongruen-cia o... después de casi dos generaciones aún podemos ratificar aquello por lo que clamá-bamos a gritos. ¿Valió la pena haber tomado parte en ese movimiento juvenil? Si el 68 lle-ga.
Por lo pronto, menguadas ya nuestras capacidades físicas y particularmente las amatorias, la descansada posición es una alternativa para la mutua complacencia.