Volver sobre nuestros pasos, reencontrar la medida de lo que fuimos, de lo que somos ahora. Pocas veces la memoria arroja resultados tan concretos y claros como cuando el escritor se hace consciente de ese proceso de búsqueda. Como niño en el tapanco, el escritor revisa cada prenda, cada palabra y cada rostro de los que ya se fueron y sin embargo permanecen en el amanecer exhausto de quien intenta traerlos de nueva cuenta a la vida del papel o de la pantalla en blanco.
Dicen por ahí que hurgar en el pasado resulta un ejercicio inútil. No para todos, diría yo. Allá se encuentran nuestros mejores años, nuestros peores momentos, la explicación de nuestros odios y fobias. En la vejez, la memoria se refugia o se entrampa en los días acuosos de la infancia. En el tránsito intermedio, la memoria registra y guarda la terrible experiencia de los largos pasillos, las antesalas inútiles, la vasta soberbia del equilibrista en turno, el sol de primavera iluminando la carta de renuncia. Las partidas, las llegadas, las trombas que inundaron el comedor o la recámara. La mandarina en la mano huesuda de una pordiosera pakistaní que acampaba muy cerca del Pont des Ames. La conversación de sobremesa con uno de los dramaturgos más importantes del país. Sus anécdotas, su punto de vista sobre los concursos literarios, las chapuzas y las ingratitudes. Luego, un obsequio: un libro de cuentos de su autoría. Y la frase de despedida: ahí estamos tú y yo. Volver a Santa Rosa, de Víctor Hugo Rascón Banda. Y el misterio de sus palabras.
Hace poco, cuando leía de nueva cuenta uno de mis relatos favoritos, La casa de las golondrinas, contenido en ese extraño libro, del que dice Bernardo Ruiz en su prólogo a la edición de 2004 de Editores Mexicanos Unidos, “¿es relato biográfico, libro de memorias, repaso colectivo de acontecimientos, serie de cuentos, autobiografía?”, me percaté de algo inquietante: yo también conviví con fantasmas. “A ti y a mí nos gustan los mismos temas”, me dijo alguna vez Víctor Hugo. Volver a Santa Rosa es una radiografía de “ese país extranjero” donde viven las sombras. Rostros desdibujados por la neblina bondadosa del tiempo. Rincones polvorientos, libros prohibidos, botellas de licor que los niños no deben probar. Asesinatos. Muertes a destiempo. Muertos que regresan y se acomodan en los quicios de las casas abandonadas a tomar el sol. Injusticias. Rencores que se vuelven odio y olvido. Pistolas guardadas en los cajones. La casa familiar convertida en oficina del Ministerio Público. Actas que la madre y a la vez secretaria del juzgado escribe mientras sus lágrimas mojan los escritos. A lo mejor porque el asesinado es un primo, o un sobrino. Todos en Santa Rosa se conocen. Es el sitio a donde Víctor Hugo, el autor, regresa siempre. Donde sus obsesiones se convierten en certezas y luego en historias contadas por la voz del niño que a los 12 años dejó su pueblo para irse a estudiar a la capital.
Cierro el libro y pienso que mi vida no puede estar más alejada de la suya en términos de experiencias primeras. Sin embargo, concluyo que sus incursiones permanentes por la nota roja, su fascinación por las tramas violentas, sus víctimas y victimarios tienen mucho en común con mis propios fantasmas. Quizá porque yo también veía una pistola sobre la mesilla de noche de mi abuelo y supe de cañeros muertos a mansalva. Y, al igual que el niño Víctor Hugo, el mejor de mis mundos acabó cuando cumplí los 12.
Tal vez la diferencia entre quien escribe por escribir y quien escribe porque tiene algo qué decir estriba en cómo y con qué insistencia persigue las sombras que lo agobian.