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Viernes, 1 de agosto de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

Don Gabriel: un mago que resucita cualquier zapato viejo a punto de suicidarse

 
Yadira Llaven
Puebla, Pue.

Bolear zapatos ha sido la labor de su vida. La necesidad lo obligó a trabajar desde edad temprana, por eso tiene más de medio siglo dedicado a este oficio, que le ha permitido ganarse el aprecio y la amistad de muchos clientes. Por sus hábiles manos han pasado desde los grandes actores y actrices de la época de oro del cine hasta los últimos cinco gobernadores, presidentes y funcionarios de primer nivel de Puebla.

Don Gabriel Rodríguez Galindo, mejor conocido como el Coyote, es un aseador de calzado al que la vida ha convertido, gracias a su experiencia y temperamento, en todo un personaje, un cronista urbano y hasta psicólogo. No obstante, para muchos es un gran mago, pues resucita cualquier zapato viejo a punto de suicidarse.

A diario, de su “cajita mágica” saca una gran variedad de trapos milagrosos con funciones diversas, grasas para calzado, colores y texturas.

Mientras proporcionaba lustre a uno de los clientes, comenta, “en los días buenos podemos tener hasta 30 boleadas, pero en los malos ni los contamos, son tan pocos que no tiene caso”.

En esos 10 minutos, don Coyo, como a él le gusta que lo llamen, informa y actualiza a su clientela del estado del clima, el ambiente político y social que permea en ese momento en la Angelópolis. Está bien enterado.

Como buen boleador, sus zapatos están sumamente cuidados y son de una limpieza impecable, pues en sus ratos libres, entre un cliente y otro, se lustra a sí mismo. Pregona y trabaja con el ejemplo. “Es como si fuéramos a ver al dentista y este estuviera chimuelo; no da confianza”.

Así, entre broma y broma, explica: “Me quedé huérfano de padre como a los 11 años de edad, y aunque mi mamá vivió muchos años, la tuvimos que apoyar. Desde entonces, hemos estado aquí, junto a la presidencia municipal. Primero estuvimos debajo de los portales, cuando todavía habían alacenas repletas, donde se vendían artesanías de barro, ónix, y también dulces típicos, muéganos y camotes”.

Con el dedo índice señala alrededor del zócalo y rememora, como si fuera ayer, “toda esa parte de los portales estaba llena de alacenas, unas 20, una tras otra, de negocitos que vendían aguas de horchata con manzana, duraznos, era muy típico todo esto”.

–¿Qué edad tenía en ese tiempo?

–Pues como 11. Estaba chico, pero ya andaba trabajando, entre las alacenas, de bolero. Tan sólo aquí en el negocio llevo 50 años, pues yo tengo ya mis 63 años bien cumplidos.

“Empecé a trabajar por necesidad. Estudiaba en las mañanas y por las noches venía a trabajar”. De ahí, se ganó el mote de el Coyote, pues, “nada más me asomaba al centro entre la oscurana y chambeaba hasta las 10:30 de la noche. En ese tiempo éramos pocos los que habíamos, ahora a donde quiera que va la gente, a un restaurante, a un café, hay están molestando… todo ha cambiado”.

 

María Félix calzaba grande

“Por acá –relata–, así como ve el lugar de humilde, han venido a bolearse los zapatos muchísimos famosos, desde los artistas hasta los políticos”.

“Yo le he dado grasa a Pedro Armendáriz, al Indio Fernández, a quien una vez lo reté: le dije que si necesitaba a un artista estaba yo dispuesto, pero me dijo ‘ya traigo aquí al joven Tarso (refiriéndose a Ignacio López Tarso), y ni modo, me quedé con las ganas de ser actor”.

Luego, recuerda, “vino un actor americano, un tal Orson Welles. Esa vez todavía estaba muy chiquito, pero me acuerdo perfectamente de él. Venía con otro actor muy alto y delgadito, ya viejito; estaban filmando una película del Quijote de la Mancha”.

“También le limpié los zapatitos a Angélica María, cuando vino a filmar la película Los ángeles de Puebla. Estaba yo chamaco. Ahí andaba ella con su piragüitas, de un lado a otro, y como vi que le hacía falta un galán, que me acerco para ofrecerle grasa”.

Con luz en los ojos, comenta, “Pedro Infante igual venía a bolearse los zapatos conmigo. A Puebla llegaba de vez en cuando porque aquí vivía su padrino, un director de Tránsito, don Gumaro, que ya murió”.

“A Cantinflas lo conocí, pero nunca le bolié los zapatos”. A diferencia del gran cómico y actor, a “María Félix le bolié sus zapatos, porque siempre venía al Royalty, acá a la vuelta”.

–¿Y cómo eran los zapatos de María Félix?

–Muy finos, bonitos, de pura piel. Eran grandes, como ella.

–¿Cuáles eran las marcas que figuraban en ese tiempo y qué tan buenos eran?

–No habían tantas marcas y modelos como ahora, pero la gran diferencia es que los zapatos de antes sí duraba; por eso nosotros teníamos mucho trabajo; no que ahora son desechables, chinos. La gente mejor los tira y ya no los procura.

En respuesta, resume: “El mejor zapato no es el más caro, sino el más viejo, porque consiente al pie y es el mejor amigo del bolero”.

 

Marín calza chiquito

A raíz de la falta de calidad en el calzado, “la chamba ha bajado hasta en un 50 por ciento”, lamenta don Coyo, por eso augura que el oficio del boleador, en pocos años, va a entrar en desudo.

Además, lo asocia a que, “por tanto bolerito que anda por ahí, de fonda, en fonda, de café, en café, nos genera mala imagen, porque no hacen bien el trabajo, todo lo hacen rápido y sin dedicación, sin ganas”.

Aunado a ello, comenta que se ha inventado el nugget, para facilidad y comodidad del cliente; sin embargo, asegura que el uso de este producto es contraproducente para el calzado. “En lugar de dejarlo limpio, aunque sí le da brillo, va ajando la piel hasta que se rompe”.

Antes, compara, “los sábados y los domingos eran los días de raya, salíamos bien; pero ahora son los más castigados, muy poca gente viene al centro para limpiarse los zapatos”.

“Nos hemos mantenido por los clientes y amigos, que hemos cosechado con tantos años, con largas pláticas y consejos, porque aquí uno la hace de todo, de consejero, de cuenta chistes…”

–¿Quién es su cliente más antiguo?

–Pues hay varios, algunos vienen a diario, pero el más viejo es tal vez de hace unos 30 años, que me contorrea seguido: ‘todavía estas acá’ –ríe a carcajadas.

“Por acá han pasado muchos políticos y funcionarios que los conocí desde chamacos, cuando venían con sus papás o con sus abuelos”.

–¿Qué políticos han venido con usted?

–Todos han pasado por acá, los últimos cinco gobernadores, hasta Mario Marín y Blanca Alcalá, aunque ella venía cuando todavía no era presidente.

–¿Y cómo son los zapatos del gobernador?

–De buena piel, suaves, y como él, a su tamaño, chiquitos.

Finalmente, ya grande, pero no cansado, don Gabriel comenta que seguirá de boleador “hasta que el cuerpo aguante”. Lo acompaña en esta experiencia su amigo, don Manuel Medina Morales, quien también lleva décadas en el oficio.

 
 
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