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Viernes, 1 de agosto de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

 CINE 

¿Cómo dices que te llamas?

 
Alfredo Naime

A punto de preparar esta semanal columna, me entero del inminente estreno de Sobre mi cadáver, una comedia romántica, ligerita, con Eva Longoria, Paul Rudd, Lake Bell y Jason Biggs en roles protagónicos. “Nada para escribir a casa”, pienso de principio. Pero entonces caigo en la cuenta de su título original: Over her dead body. Es decir, “Sobre su cadáver”, no sobre el mío. Y en este caso, el título más precisamente se refiere al cadáver de una ella; de una mujer. Me vuelvo a preguntar entonces, como ya muchas veces antes, ¿por qué ese consuetudinario afán de modificar –en las traducciones– los títulos originales de las películas, aún en los casos más innecesarios o menos propicios? ¿Por qué no respetar, llanamente, el nombre elegido por el autor para su obra, salvo en esos excepcionales casos en que dicho nombre se desvirtúa por completo en otro idioma o, incluso, carece de traducción? Y si así fuera, ¿por qué no presentarla, sin mayores rodeos ni puertas falsas, tal y como se llama en el idioma original? (Por ejemplo: Trainspotting y ya, sin el innecesario La vida en el abismo).

Justo lo comentado me hace dedicar la columna de hoy a ese fenómeno: el de los irrespetuosos y casi siempre engañosos cambios flagrantes a los títulos originales de las películas extranjeras. Comienzo por recordar el caso (ya documentado, unas 300 ediciones atrás, en este mismo espacio) de La trampa. Resulta que usted puede, o no, haberla visto. Eso porque –con sólo un año de diferencia– The spanish prisoner (1998) y Election (1999) fueron, ambas, distribuidas entre nosotros como La trampa. Así pues, ante la inocente pregunta “¿tú viste La trampa?”, la apurada respuesta podía ser cualquiera de entre “sí”, “no”, “tal vez” o (por supuesto) “depende a la que te refieras”, siendo además que ninguno de esos dos títulos originales traduce, ni de lejos, como La trampa. Para colmo, justo por la misma época pasó lo mismo a otras dos películas; The gingerbread man (1998) y Best laid plans (1999) fueron ambas tituladas por nuestros despiadados “mercadólogos” como El engaño. Y como en rigor La trampa y El engaño remiten a lo mismo –a “verle la cara” a alguien– resulta que sólo en el bienio 98–99 tuvimos en Puebla cuatro cintas fácilmente confundibles por su equívoco título al español. Y a eso agréguenle que Conspiracy theory (1997) fue distribuida como El complot; The contender (2000) como La conspiración, y Jackie Brown (1997) como La estafa. Es decir que entre 1997 y 2000, siete películas se llamaron, respectivamente, La trampa, La trampa, El engaño, El engaño, El complot, La conspiración y La estafa. Un ejercicio sólo para mentes brillantes. Por cierto –cereza de este pastel– 1999 atestiguó también el estreno de Entrapment, bajo el nombre de La emboscada; pero en muchas plazas llevó el título alternativo (otra vez y ni más ni menos) de La trampa. Como se decía en la primaria: “vieja el que se confunda”.

Y en los últimos años, las cosas no han ido mejor; en México, las películas siguen llamándose, en español, justo como no se llaman, con las confusiones y zancadillas consecuentes para los cinéfilos. Aquí una docena de ejemplos significativos: Anything else, Muero por ti; August Rush, Escucha tu destino; Bordertown, Verdades que matan; Cassandra’s dream, Los inquebrantables; Cinderella man, El luchador; The happening, El fin de los tiempos; Little children, Secretos íntimos; The painted veil, Al otro lado del mundo; Running with scissors, Recortes de mi vida; Saint Ralph, En busca de un milagro; Seabiscuit, Alma de héroes y Walk the line, Johnny & June. Ahora que, siendo justos, hay que admitir que en la memoria fílmica colectiva de este país, One flew over the cuckoo’s nest siempre será Atrapado sin salida; The sound of music, no otra cosa que La novicia rebelde; y sí, West side story, Amor sin barreras. En éstas, ninguna queja.A punto de preparar esta semanal columna, me entero del inminente estreno de Sobre mi cadáver, una comedia romántica, ligerita, con Eva Longoria, Paul Rudd, Lake Bell y Jason Biggs en roles protagónicos. “Nada para escribir a casa”, pienso de principio. Pero entonces caigo en la cuenta de su título original: Over her dead body. Es decir, “Sobre su cadáver”, no sobre el mío. Y en este caso, el título más precisamente se refiere al cadáver de una ella; de una mujer. Me vuelvo a preguntar entonces, como ya muchas veces antes, ¿por qué ese consuetudinario afán de modificar –en las traducciones– los títulos originales de las películas, aún en los casos más innecesarios o menos propicios? ¿Por qué no respetar, llanamente, el nombre elegido por el autor para su obra, salvo en esos excepcionales casos en que dicho nombre se desvirtúa por completo en otro idioma o, incluso, carece de traducción? Y si así fuera, ¿por qué no presentarla, sin mayores rodeos ni puertas falsas, tal y como se llama en el idioma original? (Por ejemplo: Trainspotting y ya, sin el innecesario La vida en el abismo).

Justo lo comentado me hace dedicar la columna de hoy a ese fenómeno: el de los irrespetuosos y casi siempre engañosos cambios flagrantes a los títulos originales de las películas extranjeras. Comienzo por recordar el caso (ya documentado, unas 300 ediciones atrás, en este mismo espacio) de La trampa. Resulta que usted puede, o no, haberla visto. Eso porque –con sólo un año de diferencia– The spanish prisoner (1998) y Election (1999) fueron, ambas, distribuidas entre nosotros como La trampa. Así pues, ante la inocente pregunta “¿tú viste La trampa?”, la apurada respuesta podía ser cualquiera de entre “sí”, “no”, “tal vez” o (por supuesto) “depende a la que te refieras”, siendo además que ninguno de esos dos títulos originales traduce, ni de lejos, como La trampa. Para colmo, justo por la misma época pasó lo mismo a otras dos películas; The gingerbread man (1998) y Best laid plans (1999) fueron ambas tituladas por nuestros despiadados “mercadólogos” como El engaño. Y como en rigor La trampa y El engaño remiten a lo mismo –a “verle la cara” a alguien– resulta que sólo en el bienio 98–99 tuvimos en Puebla cuatro cintas fácilmente confundibles por su equívoco título al español. Y a eso agréguenle que Conspiracy theory (1997) fue distribuida como El complot; The contender (2000) como La conspiración, y Jackie Brown (1997) como La estafa. Es decir que entre 1997 y 2000, siete películas se llamaron, respectivamente, La trampa, La trampa, El engaño, El engaño, El complot, La conspiración y La estafa. Un ejercicio sólo para mentes brillantes. Por cierto –cereza de este pastel– 1999 atestiguó también el estreno de Entrapment, bajo el nombre de La emboscada; pero en muchas plazas llevó el título alternativo (otra vez y ni más ni menos) de La trampa. Como se decía en la primaria: “vieja el que se confunda”.

Y en los últimos años, las cosas no han ido mejor; en México, las películas siguen llamándose, en español, justo como no se llaman, con las confusiones y zancadillas consecuentes para los cinéfilos. Aquí una docena de ejemplos significativos: Anything else, Muero por ti; August Rush, Escucha tu destino; Bordertown, Verdades que matan; Cassandra’s dream, Los inquebrantables; Cinderella man, El luchador; The happening, El fin de los tiempos; Little children, Secretos íntimos; The painted veil, Al otro lado del mundo; Running with scissors, Recortes de mi vida; Saint Ralph, En busca de un milagro; Seabiscuit, Alma de héroes y Walk the line, Johnny & June. Ahora que, siendo justos, hay que admitir que en la memoria fílmica colectiva de este país, One flew over the cuckoo’s nest siempre será Atrapado sin salida; The sound of music, no otra cosa que La novicia rebelde; y sí, West side story, Amor sin barreras. En éstas, ninguna queja.

 
 
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