Prácticamente todas las culturas que han existido a lo largo de la historia han tenido como pregunta primigenia ¿de dónde venimos y a dónde vamos? Las respuestas suscitan muchos pensamientos tan tímidos como urgentes; obsesivos pero al mismo tiempo sorprendentes. Por más escrupulosos que sean nuestros razonamientos, siempre va a existir la duda, por lo que resulta particularmente cómodo refugiarse en el albergue cálido y tranquilo del dogma, es decir, el principio, doctrina o creencia que no acepta réplicas o dudas. Cualquier opinión siempre va a ser polémica, de ahí que una postura que tenga un sustento idealmente compatible con cualquier modo de pensamiento es definitivamente imposible de lograr.
En lo particular, a mí me gusta encontrar respuestas en la ciencia, que teniendo un método que nos acerca a la verdad no deja de tener errores imposibles de cuantificar, dificiles de calificar y, sobre todo, automáticamente incompatibles; es decir, que la ciencia se corrige por sí misma descansando siempre en el lecho caótico de la duda y la constante formulación de nuevas preguntas.
Por métodos de medición indirectos se ha calculado que la edad del sistema solar, donde se encuentra la Tierra, tiene alrededor de 4 mil 600 millones de años de antigüedad. Las rocas más viejas halladas en nuestro planeta datan aproximadamente 3 mil 900 millones de años, y la vida se deduce que inició hace más o menos 4 mil 400 millones de años. Como vivimos en promedio menos de 100 años, las cifras asustan en su magnitud y en su dimensión. ¿Cuántas cosas no pueden suceder en ese lapso? Es enorme la cantidad de fenómenos físicos y biológicos que pueden ocurrir, siempre sujetos al azar.
El simple análisis de las modificaciones que cada uno de nosotros tenemos a lo largo de nuestra vida nos permite comprender que estamos inmersos en un universo lleno de cambios y sujeto a una cantidad innumerable de variables. El desglose de la fórmula, tal vez más famosa de la historia (con matemáticas solamente al alcance de un individuo con preparación universitaria), que hace referencia a la masa como una forma de energía, fue deducida por Einstein (1879–1955) a partir de la ecuación de Lorentz (1853–1928), que a su vez fue formulada en base a la ecuación de Fitzgerald (1851–1901), que se generó con el experimento de Michelson–Morley (1852–1931 y 1838–1923, respectivamente), a su vez apoyado en las leyes del movimiento que dedujo Isaac Newton (1643–1727), partiendo de las observaciones de Galileo (1564–1642), que tuvo un antecesor en Leonardo da Vinci (1452–1519). Estos últimos sospechaban que los objetos a medida que caían aumentaban su velocidad. Medir este fenómeno físico era extremadamente complicado con los instrumentos con los que se disponía en el 1600. Galileo inicialmente utilizó rudimentarios “relojes de agua” midiendo el peso del líquido que recolectaba en una taza, pero la caída de un objeto era tan rápida que no podía medir su velocidad; entonces se le ocurrió un método para disminuir el efecto gravitacional, utilizando una esfera metálica en un plano inclinado (buscando reducir al máximo la fuerza de rozamiento o fricción). Se dio cuenta de que la bola cuando se movía en un plano horizontal lo hacía en forma constante, a diferencia de lo que sucedía cuando se generaba un desplazamiento en una tabla inclinada, y aunque permaneciera estática cuando no había un impulso que la afectara debía estar siempre sujeta a la fuerza gravitacional. Ése fue el inicio que daría lugar a que, un siglo después, Newton dedujera la primera ley del movimiento (también conocida como la primera ley de la inercia).
Resultan verdaderamente formas elegantes de pensamiento los experimentos de Galileo y las matemáticas de Einstein. Igualmente de refinadas son las conclusiones que se han derivado de estas experiencias en la medida en la que se ha analizado el comportamiento de la luz en los astros, llegando a una deducción sorprendente en la que se plantea que nos encontramos en un universo que se expande, en una forma lenta para nosotros, pero extraordinariamente rápida a nivel cósmico. ¿Qué pasará después? ¿Habrá una contractura astral que marca un ritmo especial como si fuese un latido cardiaco? ¿Será indefinida esta expansión? Existen muchas hipótesis sobre el futuro del cosmos; pero ninguna explica el fenómeno de la vida, que es extraordinariamente complejo. Y es que, como decía el científico británico, premio Nobel, Fred Hoyle (1915–2001): “El creer que la primera célula se originó por casualidad es como pretender que un tornado que pasara por un depósito de partes de aviones pudiera producir un Boeing 747”.