Para Juan Escutia, en la convalecencia
Hace casi cuatro años, durante el Primer Encuentro Estatal de Literatura, organizado por el ahora extinto Comité Consultivo, me atreví a sugerir un listado de nombres de autores, que a mi juicio harían las aportaciones más importantes en esta disciplina. En aquella ocasión mencioné a Jair Cortés, Alán Cervantes, Iván Farías y Minerva Aguilar como escritores maduros, con una propuesta bien definida y comprometida con su trabajo artístico. Una auténtica generación, atípica y en cierta manera inédita.
Así, apostaba por un grupo que entonces rasguñaba la treintena de años, con al menos una publicación seria encima, y todos con uno o varios premios locales en el bolsillo. Si bien es cierto que un premio puede decir muy poco sobre la calidad de la obra de un artista, tampoco puede restársele importancia. A final de cuentas, es un factor que debe tomarse en cuenta.
En aquella ocasión, mis sugerencias encontraron muy pronta respuesta. Una ofendidísima poeta me increpó ese mismo día, acusándome de sesgar y deformar la realidad. Gajes del oficio de crítico literario. Luego vino una durísima campaña por parte del errante Carlos Prieto, desde los micrófonos de su programa “cultural”. Un gatillero más.
Pero al menos mis palabras fueron proféticas. Todos esos autores mencionados, a los que se sumarían Alejandro Ipatzi, Gabriela Conde y Karen A. Villeda, forman parte de un núcleo consistente y persistente de la literatura en Tlaxcala. Su trabajo se ha ido consolidando, al calor del contacto con otras formas de entender y hacer literatura.
Todos ellos han viajado al extranjero, han publicado fuera del estado y han participado en uno o varios encuentros nacionales o internacionales de literatura. Su obra ha sido analizada, citada o reseñada en artículos, críticas y revistas especializadas.
Hace un año, el investigador literario Alfredo Pérez Pavón tuvo un acercamiento a la obra de Iván Farías. Los poemas de Jair Cortés han sido objeto de estudios de tesis, mientras que los de Minerva Aguilar se han publicado en diferentes antologías del extranjero, así como los cuentos de Gabriela Conde.
En suma, se trata de una auténtica generación de autores que habla de un largo proceso de trabajo y maduración; de esfuerzo constante, pero sobre todo de una labor continua de escritura.
Un escritor se hace por lo que crea, y a diferencia de generaciones anteriores, que vivían más del decir que del hacer, ahora estamos ante un grupo que realiza propuestas de fondo.
Y es que en todos los casos hay una reflexión en torno a la realidad circundante, desde donde se catapultan a otras dimensiones. La nueva generación de escritores en Tlaxcala ya no se conforma con componerle poemas a la tierra o con cuentos de carácter costumbrista. Sus aspiraciones son más cosmopolitas.
Entienden y asumen el reto de vivir en la actual infósfera hipertecnologizada, que demanda muchísimo tiempo de los posibles consumidores literarios.
Si bien debe reconocerse que todos los autores arriba mencionados no son un suceso de ventas, también es cierto que cuentan con nichos de lectores bien identificados, que los siguen y los monitorean constantemente.
Hacerle a las letras en Tlx se ha convertido en un oficio, casi una profesión, que si bien aún no rinde los suficientes frutos materiales, al menos en cuanto a los alimentos espirituales, sí hay una buena despensa.
Queda justamente el reto de ampliar el número de lectores, de insertar a este grupo en todos los sectores de la sociedad, para que ésta los reconozca y los apoye; los asimile y los catapulte a nuevas dimensiones. Ojalá y así sea, no sólo por ellos, sino por el estado de Tlaxcala.