La última mitad del siglo XX nuestra ciudad ha estado dominada por escultura de facturación no profesional, lo que ha delatado, más que los movimientos artísticos del momento, la cultura visual más popular, producto de legados y entornos. Hay constantes dentro de estas particulares esculturas que reflejan elementos que se han presentado también en alguna faceta de la escultura prehispánica; mencionaré algunos aspectos como ejemplo:
Escultura caracterizada por su representación en bloque, compacta; las figuras humanas carecen de movimiento, son básicamente estáticas y de simetría geométrica simple; sin gesto, ni movimiento, por no hablar de la falta de personalidad, carácter o estilo particular. Por el contrario, estas esculturas contemporáneas carecen de manejo de símbolos y significantes. La última vez que en escultura pública en Puebla se uso la alegoría fue en esculturas historicistas, en la década de los 20.
En nuestra actual escultura tampoco hay una “personalización” de la obra; de hecho, también se ha heredado el anonimato, pues es común que estos bustos de próceres carezcan de firma; el autor que dio forma se mantiene ignorado, no así el nombre del representado, ni el del mecenas, quienes adquieren mayor importancia. Hechos que evidencian la jeraquización del poder y de la producción.
Los relieves son los más evidentes delatadores de la actividad profesional o de su ausencia, pues la gran parte de los que se pueden apreciar en nuestras calles carecen también de la interpretación del volumen.
Por otra parte, el material reiteradamente empleado en la pasado y lo que va de la presente centuria ha sido determinado por el mundo occidental: el bronce, pues la piedra se ha tallado poca, a pesar de la cantidad y calidad de canteras en la región.
No se puede hablar del pasado omitiendo la forzosa presencia colonial y el consecuente surgimiento de una mezcla entre el estilo predominantemente indígena y las directrices europeas, resultando lo que Moreno Villa ha denominado Tequitqui: tributario. El indígena es el nuevo vasallo de los reyes, y presenta en su plástica rasgos que conglomera varios estilos, semejando a como se hiciera en su momento con el mudéjar.
En resumen y en términos muy generales, lo que denota nuestra actual e insistente escultura pública de busto cívico es la mezcla de varios rasgos: el anonimato del prehispánico; no sus bagajes estéticos, ni su carácter simbólico, ni la contundencia de sus formas, ni la capacidad de síntesis y abstracción. Corresponde a una especie de tributo en el que la falta de elementos técnicos, formales y de fondo, genera una representación rígida, estática, de carácter ingenuo. No se puede hablar de experiencia estética ni en la producción del objeto escultórico ni en su respectiva expectación.
Sin embargo, el siglo pasado ha generó nuevas corrientes estéticas en la reinterpretaciones del arte prehispánico que no encontraron eco en Puebla.