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Martes, 29 de julio de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Política
 
 

 SUBEYBAJA 

¿Qué izquierda nos espera?

 
Ramón Beltrán López

La revista Proceso aborda en su último número la grave crisis que enfrenta la izquierda mexicana; la institucional, la partidista, esto como consecuencia de las graves contradicciones internas y la lucha entre facciones (tribus) dentro del Partido de la Revolución Democrática.

Incluye nada menos que las opiniones de personalidades como Lorenzo Meyer, Ifigenia Martínez, José Woldenberg y Carlos Montemayor.

Esta crisis que aqueja al partido “de la izquierda” se agudizó con la elección de su dirigencia nacional, la cual lo condujo a ser sometido a un largo proceso de desgaste ante el cúmulo de irregularidades cometidas por las dos facciones contendientes, y que ahora se encuentra además ante una nueva una encrucijada que lo llevará a decidir que camino tomar después de la “consulta popular” que ha organizado en relación con la Reforma Petrolera (¿energética?).

Según Meyer al PRD le sobra dureza, le sobra “pureza” y le hace falta pragmatismo para negociar con sus adversarios políticos.

Usa Meyer una frase que lejos de esclarecer su diagnóstico y su análisis parece complicarlo más, esto al referirse a su poca capacidad de negociación.

Cito: “Pero eso no lo tiene el PRD. Por el contrario, sus militantes tienen un defecto: la pureza por la pureza. Cada corriente interna es un coto de poder, y esto se vuelve un poquito demencial”.

Por su parte, Carlos Montemayor sugiere que está en proceso de formación una nueva izquierda, nacida de los movimientos sociales, ya no de las elites ni de los partidos políticos. ¿Acaso se refiere al PRD como un producto de estos?

Como sea nos encontramos ante dos visiones, prácticamente opuestas entre ellas y contradictorias dentro de sí mismas.

¿Por qué? Simplemente porque esa supuesta pureza de los grupos surgidos al interior del PRD tal vez se refiera a cierta pureza de raza, de tribu, a la existencia de un pedigree de origen que impide que aquellos militantes, los fieles, los devotos de una tribu, se mezclen con los de la otra, pero que esta exclusión mutua no se ha referido nunca a la pureza ideológica, a la pureza de su línea política o a la fidelidad y apego de sus integrantes a los idearios o a la plataforma del partido cuando está ya en su actuación política cotidiana. Las razones para pertenecer a uno u otro grupo son mucho más pedestres, mucho más terrenales, y se refieren al lucro económico y al lucro político. Al poder, simple y llano.

Porque sería imposible negar que dentro de ese partido se ha acogido por igual (en todas las corrientes) a invasores de tierras que a comerciantes ambulantes, a transportistas piratas que a advenedizos y oportunistas políticos, a tránsfugas de todos los demás partidos y con cualquier clase de pelaje político.

Por la otra parte, Montemayor sugiere que habrá pronto una nueva izquierda que contará con origen y extracción puramente social, que ya no dependerá de elites ni de partidos políticos. ¿Y como puede lograrse esto si los partidos políticos existentes (entre ellos el PRD) ya le cerraron la puerta a la posibilidad de crear otros nuevos? ¿Y como será posible esto si para generar nuevos movimientos sociales –suponemos que en contra de la creciente injusticia, la corrupción galopante, la irritante impunidad– son indispensables líderes que cuenten con cierta experiencia, con formación ideológica, con compromiso social, so pena de incurrir en excesos, desviaciones y errores como los cometidos por la APPO en Oaxaca?

¿Cómo generar y conducir movimientos sociales cuando los ciudadanos desconfían de los autodenominados  “luchadores sociales”, de toda clase de líderes políticos, de caudillos agrarios y de líderes sindicales? Y no les falta ni razón ni razones. ¿De donde saldrán los conductores de la nueva izquierda, los ideólogos? ¿Cómo por arte de magia, por generación espontánea?

Dos posturas diferentes; la de una nueva izquierda con rumbo por definir, seguramente coyuntural y pragmática y la de  un nuevo PRD, también pragmático,  pero retomando las posturas de la izquierda tradicional: la lucha por la democracia, la legalidad y la igualdad. Un PRD renovado, despojado ya de la sombra estalinista del PSUM–PCM, e identificando las causas de los más desprotegidos de México. Un PRD que se atreva a incluir el tema de la corrupción sindical de Pemex ante cualquier reforma, sea  privatizadora o no.

Un PRD que se atreva a apoyar abiertamente los cambios que son indispensables para mejorar la educación en nuestro país, única manera de brindar igualdad de oportunidades a todos los futuros ciudadanos; a apoyar mejoras que resulten benéficas, aunque provengan de otro partido.

Un PRD que, lejos de esa supuesta “pureza” deje de apoyar a quienes transgreden la ley en perjuicio de otros, y que lo han hecho simplemente porque de ésta manera obtienen  el aplauso de algunos y los votos de otros, para alcanzar o mantener el poder. .

Un PRD que defienda ferozmente la limpieza e imparcialidad en las elecciones constitucionales, pero dando ejemplo de limpieza e imparcialidad en sus procesos electorales internos.

Un PRD de izquierda, de izquierda moderna, que pueda orientar a los más desposeídos acerca de las causas estructurales que los mantienen en esas condiciones, condiciones que algunos gustan de atribuir al neoliberalismo, pero que sin embargo existen desde la colonia y que la Revolución fue incapaz de eliminar. 

No creo en la hipótesis de Montemayor. No creo que pueda nacer una nueva izquierda fuera de un partido, como fruto de un movimiento social, puramente ciudadano, y es casi imposible en la actualidad crear un partido  nuevo.

Me inclino más a creer que de haber una nueva izquierda esta necesariamente nacerá y crecerá dentro del PRD, pero las circunstancias actuales no favorecen este escenario. Por dos razones: las dos facciones en pugna han estado  luchando por hacerse del control de la dirigencia con miras a la próxima elección presidencial, y por la otra porque esta lucha ha dejado a ambas tan debilitadas física, moral y políticamente que carecen de la fuerza suficiente para iniciar la refundación del partido, fuerza  imprescindible para conducir los cambios políticos y estructurales necesarios para ello sin  provocar una grave fractura.

Ello nos mantendrá con una izquierda mediocre, al servicio de una clase política mediocre y actuando en un país mediocre, según lo describe Meyer.

 
 
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