Los aspirantes a puestos de elección popular por el Partido de la Revolución Democrática para el proceso federal de 2009 tendrán que pensarse dos veces antes de decidirse a competir en la justa comicial, o quedarse con el efímero capital económico y político para mejores tiempos.
La decisión de anular la elección nacional de ese partido tendrá, sin duda, repercusiones en todos los estados. Los efectos más lastimosos se pueden advertir en entidades como la tlaxcalteca, considerada laboratorio político tras la alternancia que sus ciudadanos han vivido en los últimos tres sexenios.
Echar abajo un de por sí desaseado proceso de renovación de la dirigencia nacional tras meses de la crisis poselectoral hace evidente que el partido que fundó Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Ifigenia Martínez, Porfirio Muñoz Ledo, Andrés Manuel López Obrador y Heberto Castillo, además de otros actores de la vida nacional, ha perdido el rumbo.
No es ya la oferta política confiable para los sectores progresistas en permanente búsqueda del cumplimiento de los anhelos de un pueblo en perpetuo estadío aspiracional. El PRD está convertido en un servicio franquicitario al servicio de grupos de poder que medran con un discurso que pierde brío y brillo a la luz de las componendas internas. El fin justifica los medios, parece ser la consigna.
Así que el partido del sol azteca no sólo pierde confiabilidad frente a un electorado ciertamente potencial en territorio tlaxcalteca, sino que resta margen de maniobra debido a que sin una dirección política clara y legítima, tendrá que palomear a sus competidores.
La historia es ya bastante conocida: sus precandidatos surgen de procesos de selección lastimosos, por la ausencia de reglas de competencia claras y definidas, por el notable ánimo por incumplir acuerdos políticos entre líderes tribales, y por la proclividad a la descalificación cuando las candidaturas caen en el otro bando.
Es ese contexto en el que ese instituto, instrumento político de la docena de cabezas de tribus en Tlaxcala, va a una elección en 2009 en el que se llevará la mejor tajada el grupo gobernante, con el mandatario Héctor Ortiz a la cabeza.
Y si como las voces en los corrillos aseguran que quienes se sienten con boleto asegurado para la elección como eventuales candidatos a diputados federales por el PAN son Sergio González, Antonio Velásquez, Oralia López y Víctor Morales, en su fuero interno deben celebrar la anulación del proceso electoral que ratifica el adjetivo bien ganado para referirse al episodio perredista: “el cochinero”.
La competencia parece en el escenario inmediato desigual: el PAN estatal y sus candidatos tendrán el apoyo del gobierno federal y el del gobernador del estado, que para eso sabe operar programas gubernamentales; el PRI que no termina de recoger los despojos de las siglas del partido que gobernó hasta hace poco más de nueve años; y el PRD, para quien hasta ahora, nadie sabe quién llevará la primera corona mortuoria a lo que quede del partido.