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Jueves, 24 de julio de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

Al que mata perros le llaman mataperros, y al que escribe, escritor; a mí me gusta lo que hago: Duhart

 
Yadira Llaven
Puebla, Pue.

 “Impulsado por un espíritu chocarrero, un ente sobrenatural: ángel o demonio, se dio mi incursión en el mundo de las letras”, asienta el escritor Javier González Duhart en entrevista previa a la presentación de su segunda novela, Rogelio y Otilia, editada en la Colección Alejandro Meneses de la UAP, que será comentada por su entrañable amigo de la adolescencia René Avilés Fabila, el día jueves 24 de julio a las 18 horas, en la Sala Rodríguez de Alconedo de la Casa de la Cultura (5 Oriente 5).

Niña de Tijuana fue su ópera prima, y esto no significa que se trate del libro de un narrador que empezó ayer, pues también ha escrito poesía, novela y cuento.

En entrevista con La Jornada de Oriente, Duhart relata que su irrupción en la literatura se la debe al género epistolar y a la intensiva lectura; por ello, dice, “conmigo va la idea de que primero hay que leer y luego escribir”, e insiste en que no es primerizo. “Son muchos años de tarea literaria, de preparación, vivencias y contacto con otros escritores, los de mi generación, los nacidos alrededor de 1940 y que Margo Glantz denominó con perversidad de La onda”.

Sin embargo, aclara que no se trata de entrar en clasificaciones obvias e inexactas, sino de ver cuál es la calidad de lo escrito, pues Duhart, como lo respalda su segunda novela, cuenta con una enorme capacidad natural para narrar.

Desde muy joven estuvo en contacto con escritores “de los buenos”: René Avilés y José Agustín. “Con ellos estudié la preparatoria y nos hicimos muy amigos. De manera que me arrastraban a las conferencias y las pláticas de los escritores de ese tiempo”, pero “yo no me lancé como ellos a escribir, aunque me daba una envidia de lo peor”, sonríe; mientas asegura que no se arrepiente. “Soy muy feliz como arquitecto”.

–Primero renuncia a la escritura y luego vuelve a ella. ¿Cómo se da ese proceso?

–Fue algo mágico y se dio hasta que llegué a Puebla hace cinco años. Me sentí casi obligado por una fuerza extraña. Yo traía mucha información de cuando viví en Tijuana. Allá recibía cartas de José Agustín y de René, quienes me contaban sus hazañas y aventuras. Y sin querer me estaban dando la clase, porque yo tenía que contestar esas cartas y lo tenía que hacer al mismo nivel literario.

“Esas cartas son encantadoras, excelentes, de una gran narrativa”. Y a raíz de esta correspondencia, “tomaba una carta de René o de José y las imitaba, las copia, con el afán de aprender a escribir como ellos”.

–¿Entonces su narrativa es símil de ambos?

–No, no es copiar, es estar aprendiéndoles en la práctica epistolar. Con ellos aprendí muchísimo, y cuando llego a Puebla, como le pasa a las monjitas o sacerdotes, siento el llamado, y dije: esto definidamente es de dios o del diablo. Se me va aparecer Lucifer o un ángel y me va a decir con una espada: tú eres escritor… pero no pasó nada.

Entre broma y broma, relata que de la noche a la mañana empezó a teclear: “Pareciera que me saqué un título honorífico de secretaria ejecutiva, porque se me dio muy rápido lo de redactar”.

“Me sentaba ante la computadora y sentía que alguien se posesionaba de mi cuerpo y me dictaba lo que quería expresar. Era un ente o un espíritu chocarrero, yo qué sé”, y vuelve a reírse a carcajadas.

Asegura que su estilo literario ligero y desenfadado se concreta con Rogelio y Otilia, texto que relata una historia de amor, drama y suspenso, desarrollada en dos ciudades muy diferentes: el DF y San Miguel de Allende.

“Esta novela –refiere–, yo la escribí en seis meses por ese llamado, en una casa de San Miguel de Allende de 100 años de antigüedad. En la noche, ya que todos se habían ido a descansar, me quedé frente a la chimenea, y ahí fue donde oí por primera vez los nombres de Rogelio y Otilia… me dio un escalofrío, como de muerte, el sólo pensar que de las paredes provino el murmullo”.

Así, detalla, “tomo mi laptop  y empiezo a escribir el primer capítulo de la novela”.

Y mientras escribía Rogelio y Otilia, intercalaba una historia más, la de su próxima novela, De fantasmas y algo más. Un tema que le fascina.

–¿Y para escribir esta novela le pidió asesoría o apoyo a sus amigos?

–No, no… los dos la tuvieron en manuscrito. José Agustín me dijo ‘está de poca madre’, y René le puso el prólogo a la primera novela. Ahora también opina otro de mis amigos, Aquiles Serdán, hijo del prócer.

–Hay personas que llevan años escribiendo y no les abren tan fácil las puertas de una casa editorial, ¿cuál fue su caso?

–Tuve mucha suerte, a mí se me dio muy fácil, y no sé si esto se deba a que les gustó mi trabajo.

–¿Renunciará a la arquitectura para dedicarse de lleno a la literatura?

–No, yo no renunciaré a mi título universitario porque no me estorba. Me gusta mi trabajo. Cierto, ahora soy escritor porque tengo dos libros publicados, pero no lo digo con presunción, sino porque escribo todos los días.

“Al que mata perros le llaman mataperros, y a uno que escribe libros, pues escritor. Ahora, si soy bueno o malo debe ser una opinión de los lectores. A mí me gusta mucho lo que hago, me divierte, es como un premio que recibí y no sé por qué”.

Actualmente, trabaja en la realización de las novelas El bastón y La Huida, que tendrá listos a fin de año.

 
 
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