El 22 de julio de hace 40 años, un pleito callejero sostenido entre estudiantes de dos escuelas vocacionales pertenecientes al Instituto Politécnico Nacional con alumnos de la preparatoria particular Isaac Ochotorena, fue el comienzo de uno de los procesos sociales más intensos y recordados en México: el movimiento del 68.
Pero ¿cómo escribir del 68 sin caer en la trampa de la nostalgia apologética ni en el denuesto díazordacista que todo lo vio como una conjura comunista y justificar, así, su locura represiva? La mejor manera es reconocer el momento histórico en que surgió y que determinaba lo que los jóvenes pensaban entonces, lo que se quería combatir, lo que sentían valía la pena cambiar para transformar el mundo.
En la vida de aquella generación ese año fue un momento increíble y excitante en alto grado. Se tenía la sensación de que la historia no era, no podía seguir siendo, una imposición inevitable, sino que se podía influir en ella, que se podían cambiar muchas cosas de las que ocurrían y se podía tomar el futuro entre las manos. Se luchaba contra el poder establecido y, lo mejor de todo, era saber que se podía triunfar.
En la sociedad mexicana de aquella época se gestaba silenciosamente el descontento y si bien la economía crecía el bienestar de la población no mejoraba, la distribución del ingreso se movía como hoy, como siempre, a favor de un pequeño sector de la población y la pobreza se generalizaba.
Políticamente el régimen derivado de la revolución se había desgastado, se alejaba cada vez más de los intereses de la población. Al mismo tiempo, una larga secuela represiva caracterizaba el ejercicio del poder de los revolucionarios. Historia de violencia contra el movimiento social que comienza contra los almazanistas en 1940; los mineros de Nueva Rosita; los cooperativistas de la industria del vestido militar, los henriquistas; los telegrafistas, los petroleros, los maestros de la sección IX del SNTE, los ferrocarrileros en 1958–1959; la persecución y asesinato de integrantes de diversos grupos guerrilleros, el asesinato Rubén Jaramillo y la represión contra el movimiento de los médicos en 1965. Es esta la historia de un régimen dispuesto a reprimir y dar por muertas las luchas populares.
La democracia era inexistente en el país. La izquierda era perseguida, al PCM se le impedía acceder a la legalidad y sus militantes eran perseguidos y asesinados sin que nada detuviera la sangrienta represión en su contra. La derecha, representada por el PAN, era marginal y sólo esperaba la oportunidad de desplazar al PRI en el gobierno para que nada cambiara. Había otras expresiones políticas menores, a las que se le otorgaban algunos diputados para dar al régimen la apariencia de legalidad y legitimidad.
La democracia, así, era un mero gesto y sus practicantes simples gesticuladores, mientras los sectores democráticos, los comunistas y otras fuerzas socialistas, se movían en la ilegalidad no deseada luchando por abrir espacios a la democracia, lo que muchas veces les costaba a los militantes de izquierda, siempre de la izquierda, la libertad o la vida.
En ese ambiente profundamente antidemocrático, asfixiante y represivo, se movía la sociedad mexicana. El pensamiento único –que en ese momento se expresaba identificando al gobierno como representante de los intereses de la nación, lo que significaba que oponerse al gobierno era oponerse a la nación–, ya no atraía a los jóvenes que sabían que un mundo distinto era posible. Lo veían en los vietnamitas que defendían heroicamente a su nación contra la invasión imperialista; en las luchas guerrilleras de América Latina inspiradas en la revolución cubana y en la acción del Che Guevara; lo veían, también, en esas luchas que encabezaron Demetrio Vallejo y Valentín Campa por la emancipación proletaria y en la firmeza de los comunistas que luchaban denodadamente por la democracia en el país.
En ese ambiente de expansión y modernización económica y un régimen políticamente represivo y cerrado, los jóvenes adquirieron la conciencia de que podían tomar su vida –el presente y el futuro– en sus manos. Querían que las decisiones sobre la forma en que debían vivir no las tomara alguien más que no fueran ellos mismos. No se trataba de una visión individualista, sino de una que mezclaba lo individual y lo colectivo, que defendía el derecho de las personas a decidir, por sí mismas, como querían que fuese su sociedad.
El movimiento de los jóvenes estudiantes de la capital del país, que se extendió a diversos estados de la República, mostró el afán de desmantelar las bases del régimen autócrata que a nombre de la Revolución Mexicana se construyó desde 1940: el presidencialismo autoritario y patrimonialista, la impunidad, la corrupción, la política convertida en monopolio de la burocracia gubernamental, el partido de Estado, la persecución y represión a la real disidencia política e ideológica.
Finalmente, el movimiento fue aplastado pero quedó en la conciencia popular y sigue inspirando nuevas batallas y alentó la participación ciudadana en las cuestiones electorales que encontraría su máxima expresión en 1988 y en 2006, cuando sólo el fraude electoral impidió a las fuerzas populares asumir el gobierno de México. Esa cruzada electoral, la de 1988 encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y en el 2006 por Andrés Manuel López Obrador, son tributarios de ese movimiento inolvidable que comenzó hace 40 años.