Para Verónica Mastreta, con mi solidaridad.
Edward James murió el 2 de septiembre de 1984 en una villa en las afueras de San Remo, Italia. Había dejado muchos testamentos con detalladas instrucciones para el momento de su fallecimiento: pidió que su cuerpo desnudo fuera congelado, sellado en lucita y transportado a Las Posas donde quedaría suspendido con cadenas bajo el chorro de agua de las cascadas que volcarían sus restos en las albercas que él había creado. Pidió también que lo enterraran cerca de las tumbas de Shelley y Keats en el cementerio protestante de Roma. Otro testamento especificaba simplemente que quería ser enterrado en el vivero del jardín de West Dean, Escocia, donde años atrás él había sembrado sauces llorones. Fue enterrado finalmente en su casa natal, en West Dean, bajo una lápida que simplemente dice: Edward James. Poeta. 1907–1984. En un lapso de 12 meses murió también Marina Gastelum, y finalmente en 1991 Plutarco Gastelum Esquer, los herederos y cuidadores de su jardín.
Con estas muertes se clausuró la historia viva de uno de los jardines más sorprendentes y maravillosos imaginables: Las Posas en la Sierra Huasteca, cerca de Xilitla en San Luis Postosí. Fue en 1945 cuando James buscando orquídeas llegó a Cuernavaca donde conoció a Plutarco de 29 años; quedando prendido y enamorado no solo del sonoroense, sino de México decidió que para construir un Jardín del Edén “donde todo creciera, vi que México era mucho más romántico” y con la ayuda de Plutarco se decidió por la adquisición de una finca cafetalera, La Conchita, aislada en la selva subtropical y los cerros de la alta Huasteca potosina. En 1949 empezaron las construcciones del jardín en más de 75 hectáreas de bosques tropicales bañados por el río Huichihuayan.
Las semblanzas de James insisten en su cuna aristocrática y su enorme fortuna, pero se detienen poco en su larga trayectoria como poeta, escritor, mecenas y amigo de artistas surrealistas como Magritte y Dalí, de compañías de ballet, de escenográfos y coreógrafos importantes como Balanchine y casi nunca mencionan su patrocinio y larga – y a veces conflictiva– amistad con Leonora Carrington (además de Leonor Fini y Remedios Varo). Las obras de arte que dejó (todo fue subastado por la Casa Christies en 1986) dan cuenta de su sensibilidad y mirada del mundo: cuadros de Duchamp, Arp, de Chirico, Giacometti, Cornell, Delvaux, Klee, Miró, Picasso, Dalí, Carrington y Tchelitchew, entre otros. El 1937 René Magritte (La Reproducción Interdite) le retrató de espaldas –y vuelto de espaldas en un espejo– “un Edward que se propaga para siempre” –con un libro de édgar Allan Poe a su lado. Una de las obras maestras de Magritte, quien pinto otro retrato de James: éste basado en una extraordinaria fotografía de Man Ray de 1937 y que lleva por nombre “El principio de placer”.
James ideó, dirigió y construyó el jardín en Las Posas con este bagaje de conocimientos y sensibilidad para el arte más vanguardista del Siglo XX. Plutarco fue el instrumento amoroso y el administrador celoso de su materialización, aunque a veces también un impedimento desafortunado que incidió sobre la realización de ciertas ideas artísticas de James; por ejemplo, él retocó los dos extraordinarios murales –enormes figuras femeninas con cabeza de siervos– que Leonora Carrington pintó en el pórtico de la casa que James regaló a Plutarco y no aprobó la extraordinaria maqueta que James encargó a José Horna (existe fotografía de Kati Horna) razón por la cual se abandonó su construcción.
Las Posas, bajo la dirección de James, fue desarrollándose en un jardín simplemente indescriptible: miles de orquídeas y flores exóticas, animales introducidos entre escaleras que suben la floresta y no llevan sino al cielo: un lugar de “sueños y fantasías” en las propias palabras de James. James planeo e inició ( la mayoría quedó inconclusa) construcciones sin paredes, pero con columnas colosales, siluetas de tréboles gigantes, un capitel complicadísimo que él recordaba haber visto en un templo en Diwan, India; todo se hizo con moldes de madera y con cemento y colores dentro de una colaboración entre carpinteros y trabajadores que James no siempre llevó en los mejores términos laborales. Así nacieron las fantásticas estructuras conocidas como “las Puertas de San Pablo y San Pedro”, “La Casa de los Peristillos”, “la Casa de las Plantas”, el “Homenaje a Marx Ernst” y la “Casa de los Tres Pisos que serían Cinco”.
La cascada del río que James logró desviar le permitió así mismo construir las increíbles albercas donde nada un busto de Beethoven y a las cuales invitaba a sus trabajadores para que se bañaran con él desnudos en medio del inmenso jardín. Para los indígenas huastecos que trabajaron con “El Inglés” construir Las Posas debió ser un acontecimiento conmocionante, un happening irrepetible.
Yo visité Las Posas hace casi una década, después de ver fotografías tomadas por Christopher Rauschenberg, Mariana Yampolski, Graciela Iturbide y Gabriel Figueroa Flores (entre otros). Lo apartado del lugar (se pavimentó la carretera en 1960) aislaba a Las Posas del acoso y el manoseo turístico y encontré que el verdor –y la falta de cuidados– permitía que la selva húmeda se vaya comiendo las estructuras de cemento que James construyó. Lamenté y supuse que los Gastelum, herederos de James, carecían de la sensibilidad artística, así como de los recursos para solventar los gastos y mantener Las Posas como la ideó James: un encargado me ofreció la estadía en unas cabañas – improvisadas y extrañas al paisaje– que se alquilaban en la entrada a los turistas.
Ahora leo en la revista Proceso –del 13 de julio de 2008– que por 20 millones de pesos la familia Gastelum entregó el jardín de 30 hectáreas a Roberto Hernández, Lorenzo Zambrano y al gobierno de San Luis Potosí.
Las Posas fue la obra de un poeta y de un artista. Quizás la selva debió engullirla una vez que su autor murió. El jardín en manos y administración de los que solo ven como extraerle dinero no saben del amor a las plantas, al verdor de la naturaleza, ni saben del la locura que se instala en la mente de un artista que se aventuró a sembrar en tierras potosinas semejante jardín.