A más de 40 años de su creación, la obra de teatro Señoritas a disgusto, del dramaturgo Antonio González Caballero, se antoja como un documento histórico de una provincia mexicana cuya rígida moral católica está cada vez más en desuso, gracias a dios.
En su segunda temporada –ahora en la Casa del Escritor– la compañía Teatrofilia propone una puesta en escena que invita al espectador a la sala de las señoritas Santoveña y lo convierte en uno más de los pueblerinos chismosos que juzgan la vida ajena.
A pesar del carácter tradicional del texto de González, el fallecido director Marko Castillo concibió un espacio escénico totalmente tridimensional en donde el voyerismo del público tuviera libertad de elegir su rincón: frente a los sillones que escuchan las fantasías de María Luisa y Luz María; junto a la fotografía de Elena, la madre muerta, que recibe por igual la devoción de sus hijas y de don Silvestre, su antiguo pretendiente; al lado de la puerta que conduce a los aposentos de las damas, donde la noche las encuentra en la soledad de sus pensamientos; o detrás de la sala, desde donde los cinco personajes se vuelven más vulnerables, más descuidados y más reales.
De acuerdo a los estándares actuales, María Luisa y Luz María Santoveña podrían definirse como unas ñoñas hechas y derechas. Devotas de todas las figuras del santoral, observantes de las buenas costumbres, preocupadas por el qué dirán y sabedoras de que las tentaciones de la carne son obra del Maligno. Y así, la ñoñez de estos personajes cobra vida en los cuerpos de Iris García Cuevas y Dulce Gracida, quienes equilibran adecuadamente la comedia y el drama que cada momento les exige.
Sofocadas por una vida monótona, la existencia de las Santoveña cobra sentido con la aparición de Luis Avendaño, joven contador de la capital que ocupa el cuarto que las damas ponen en renta e interpretado certeramente por Abel Tovar. A partir de la llegada de Luis, el cariño que hay entre las hermanas desaparece poco a poco, y la competencia por los favores del caballero se convierte en la única escapatoria de su soltería, que ya huele a convento.
María Luisa y Luz María no son las únicas que sufren las penurias del amor. Don Silvestre de la Rueda (Joaquín Alcalá), abnegado y eterno amigo de la familia, ve en la hermana mayor la viva imagen de su madre y, asimismo, la última oportunidad de no morir en la soledad de sus achaques. De esta manera, el cuadro de amor y desamor se acaba de formar yal igual que el discurso tradicionalista al que el México de mediados del siglo pasado daba pocas alternativas moralmente aceptables.
Sin embargo, como sucede muchas veces en historias similares, es el papel de la Nana Lola el que deja el mejor sabor de boca, no sólo por las cualidades del propio personaje sino por la naturalidad y gracia con las que Esther Lídice Salgado lo interpreta. A veces estricta y firme, otras divertida y tierna, Nana Lola es la figura que no puede faltar en la vida de estas señoritas a disgusto.
Señoritas a disgusto se presenta hasta el final de septiembre, con excepción del sábado 26 de julio, en la Casa del Escritor, 5 Oriente 201. Sábados a las 19 horas, domingos, 18 horas.
Señoritas a disgusto (1960). Original de Antonio González Caballero. Dirección adjunta: Amancio Orta. Reparto: Iris García Cuevas (María Luisa Santoveña), Dulce Gracida (Luz María Santoveña), Esther Lídice Salgado (Nana Lola), Abel Tovar (Luis Avendaño), Joaquín Alcalá (don Silvestre de la Rueda). Producción: Teatrofilia, AC.