Temporada 1995. Con la economía del país al borde del colapso y las cenizas del Popo encima (dic. 94), la Contraloría del estado y el Comité de Feria decidieron dar por cancelada la concesión de la plaza de toros a ETTSA, lo que supuso el cierre de El Relicario y la suspensión de la corrida de Año Nuevo, en la cual se presentaría y despediría El Capea. Dos meses de laboriosas negociaciones tuvieron que pasar para que volviésemos a tener toros en Puebla, lo que sin duda afectó la reducción a 15 de los espectáculos habidos ese año, 10 corridas y 5 novilladas. Pero la baja más sensible vino en términos de calidad, pues ni el ganado ni los diestros anunciados supieron estar a buena altura. Y eso que por mayo tuvimos aquí, homenajeados por la Asociación Taurina, nada menos que a Calesero y Luis Procuna. Sería el último viaje del Berrendito a la Angelópolis, cuando ya lo asechaba el trágico accidente aéreo que en agosto se lo llevaría.
El Informe Oaxaca. A principios de 1996, el periodista Jaime Oaxaca iba a dirigirle al alcalde Rafael Cañedo una carta en que le pedía tomar acciones conducentes a corregir la avalancha de reses sin edad que desde 1993 se precipitó impunemente sobre El Relicario, de acuerdo con una detallada información anexa, resultado de acuciosa investigación de Jaime en el archivo municipal. Así pudo comprobarse que el 30% de los “toros” auscultados durante 1993, 32% de los de 1994 y 62% de los de este 1995 –en total 64 de 149 bureles (43%)– eran en realidad novillos el día de su lidia y muerte en eufemísticas “corridas de toros”. Tal el caso de los encierros de La Paz, Teófilo Gómez, San Martín, Santa Rosa de Lima, Santo Domingo y Cerro Viejo corridos en 1995, año en que sólo cumplieron con el reglamento los lotes enviados por Claudio Huerta y Rosas Viejas, así como algunos de los animales de Cuco Peña (impresentable saldo, por cierto). Los de Coyotepec en la reapertura de plaza (04.03) no fueron auscultados por falta de veterinario, otra irregularidad que habla de la indiferencia de la autoridad competente. Y en años anteriores, vacada hubo incapaz de presentar un solo cuatreño, a pesar de los muchos con su hierro y divisa despachados aquí por matadores en corrida formal. Oaxaca distribuyó los resultados de su investigación a toda la prensa sin encontrar mayor eco. Como no hubo tampoco respuesta gubernamental a su carta. Ni formalmente ni en los hechos.
El ganado. Contra lo pregonado por los apóstoles del novillote afeitado, el juego que ese año dieron los encierros fue en general muy bajo, con un par de arrastres lentos (a “Cumpleañero” de La Paz y “Compañero” de Teófilo) y una improcedente vuelta al ruedo al esmirriado “Regalito” de San Martín por todo premio. En el serio y bien armado encierro de Claudio Huerta (13.05) hubo un berrendo hermosísimo y muy noble, y un “Petenero”, 4º de la tarde que provocó cuatro tumbos y murió sin abrir la boca. También dio encastada pelea el 1º de Coyotepec en la reapertura (04.03), pero ninguno de ellos fue aprovechado por el espada en turno ni reconocido por la autoridad. Entre los novillos anunciados como tales, el único homenaje (lento) se le otorgó a “Chismoso” de Atlanga, que ganó para su criador el concurso de ganaderías disputado por Huerta Hermanos, Santa Lucía, Coyotepec, Darío González y San Cristobal la Trampa en la novillada de feria.
Matadores. 18 espadas se repartieron los 29 puestos disponibles (hubo un mano a mano entre Jorge y Miguel, el cual estuvo fatal), sin que los de más cartel en nuestra plaza lo justificaran ese año, pese a las varias orejas facilonas que pasearon. Encabezan la lista con 4 tardes Gutiérrez (5 orejas) y Gilio (3), y les siguen con 3 Rafael Ortega (2) y Miguel Espinosa (que vino a cobrar, pese a la orejita cortada a uno de obsequio), y con 2 Alberto (4), Lahoz (1) y Pizarro (gratísima revelación sin ganado propicio). De los 11 con un único paseíllo sólo cortaron oreja Manolo Arruza, Teodoro Gómez y El Cordobés, abundando los que demostraron estar en mal momento. Sin que se salvaran del bache ni el portugués Manuel Moreno ni el francés Michel Lagravé.
Novilleros. El fuerte descenso cualitativo por el que pasaba la torería azteca y el propio coso del Cerro lo reflejó también la grey novilleril, pese al impacto causado por la presentación navideña de Jerónimo (vuelta tras pinchar) o el que acompañó a la madrileña Cristina Sánchez, que en su única actuación (04.11.95) fue severamente enjabonada por los mexicanos Uriel Moreno y Alberto Huerta (gratísima impresión y merecida oreja). También tocaron pelo El Zapata y Alejandro Ferrer, éste del Atlanga ganador del concurso ganadero (07.05.95). Y nadie más.
Faenas: nada que destacar. Por más que se rebusque, no hubo ese año una sola faena para el recuerdo. Apenas unas mecidas verónicas de Guillermo Capetillo (20.05.95), un soberbio segundo tercio de Arruza en la corrida 900 de Jorge Gutiérrez (04.09.95) y un volapié de Alberto Ortega volcándose entre los cuernos de “No que no”, enrazado burel de regalo de Huerta Hermanos (04.03.95). Dignas también de mención las hermosas ejecuciones de la Banda de Policía que, por única vez en la historia de El Relicario (09.12.95: corrida en pro del Instituto de Educación Especial), sustituyó a la desafinada murga pueblerina que habitualmente acompaña nuestros festejos taurinos.
Marrullera alternativa. Una más, injustificada e intrascendente, fue la que Carlos Ortega (?) recibió de manos de Teo Gómez (02.09.95) al reponerse meses después el cartel que cerraría la feria, corrida ésta que la autoridad canceló aduciendo que los animales de Rosas Viejas no arribaron al coso con los días de anticipación que señala el reglamento (?). El pueril pretexto ocultaba la escasa venta de boletos como causa verdadera de la suspensión, del mismo modo que una persistente llovizna el acuerdo entre matadores, autoridades y empresa para que la corrida que finalmente se dio concluyera a la muerte del 4º toro. El tal Carlos Ortega anduvo a la deriva con “Berrendito”, el de la ceremonia, atestiguada por Rafael y Pizarro, y la suspensión convenida desde antes –había charcos y fango, pues no se hizo el menor intento por arreglar el ruedo– no fue puesta en conocimiento del público, que presenció atónito como las cuadrillas abandonaban sin más la escena tras despachar un solo toro cada cual. La importancia de Puebla y su plaza continuaban cuesta abajo.