Yo percibí tu voz
Pero tu boca nunca dejará
Salir la voz que no oiré jamás
X. Villaurrutia
ablar de Dolores Castro es, en cierta forma, hablar de la historia de la literatura mexicana. Se puede hablar de ella –la poeta y la poesía– por dos razones. Primero por la fortuna con que aborda su poesía y, después, por la espectacular e inusitada forma de referirse a la boca desde un sentido lírico y moderno.
Hablar de la boca es encontrar el origen del habla, de la palabra.
Las palabras
serpentean bajo los filos de los años
húmedas, encendidas
entre las comisuras de los labios
dice la poeta.
Ella presiente que la boca es parte de su paisaje, y que hasta los griegos, como señala Umberto Eco en la Historia de la belleza, la olvidaron en su inmensa poesía. Ni Homero ni ningún otro poeta “Desgraciadamente, nada dicen de la boca, labios o dientes, como tampoco lo hacen Sófocles, Eurípides o Esquilo en sus tragedias y nos quedamos sin saber cómo eran los de Helena, Medea, Andrómaca, Alcestis, Fedra, etcétera” ¿Será porque lo griego sólo concedía importancia a la parte nutritiva del alma y por su relación con los alimentos, como la más general de sus propiedades, la más vulgar?
No hay que olvidar que la palabra teoría proviene del verbo orae, que en griego quiere decir mirar, y Dolores Castro dimensiona desde el título la conjunción de la boca y la mirada, pues la boca es causa de la palabra, pero también de la exaltación de los sentidos. Y la poesía es razón de todos y cada uno de nuestros sentidos.
Cierto que la mirada es la más excelsa y, tal vez, la última sea la boca. Pero en la boca –en particular en la lengua que está contenida en ella–, se encuentran, nacen el gusto, la lengua y la palabra. La poeta lo sabe, por eso rumia, por eso deposita en la palabra su vida, por eso la presencia de la boca es su presencia, por eso el perfecto alejandrino que abre el libro:
No probarán tus dientes bocado de
[mi boca
Y remata
Dije, apreté mis labios
Sabe que su boca sabe, pero además dice, habla. Por eso a casi 60 años de su primer poemario en 1949, aún debemos hablar de y con Dolores Castro. Por eso el epígrafe de nuestro gran poeta Xavier Villaurrutia. La voz y la boca están en él, están en ella.
No resulta gratuita la semilla que la conciencia poética de Contemporáneos escribiera
sin más que una mirada y una voz
que no recuerdan haber salido de
ojos y labios
¿qué son los labios?¿qué son las
miradas que son labios?
Ambos lo saben, como lo sabían en el Poema de Veltrando y Crisantra, una pieza olvidada del siglo XIV, que cantaba:
La boca es de las Gracias
Esta idea está más cercana a nuestra descendiente de sor Juana que la del poeta Vicente Alexaindre, quien refería, bello pero lejano:
la boca femenina como el cráter de
un volcán al que el amante se arroja
voluntariamente para vivir en su
fuego, en su aliento caliente y
quemarse en él
Ése no es el camino de Dolores Castro, no es esa pasión desbordada la forma que su expresión contiene. Ni siquiera en Pablo Neruda, quien en su poema número trece escribía:
Mi boca era una araña que cruzaba
escondiéndose.
En ti, detrás de ti, temerosa, sedienta
No, para la poeta puede haber sed, pero no temor ni necesidad de ocultamiento:
(“...las plantas tienen sed
Y ellas , las pobrecitas, no saben
hablar”)
Aunque, por otra parte, no se aleja tanto del poeta chileno, ni de lo cantado en su poema número 12:
Desde mi boca llegará hasta el cielo
lo que estaba dormido sobre tu alma
Aquí está muy cerca del sentido que la autora imprimió a su poesía, porque la boca, con independencia de su sentido carnal, manifiesta una sublimación del alma, o como dice la poeta, del alma y de la carne.
Esa fusión prevalece a lo largo de la antología Rumiantes, donde la capacidad sensitiva y sensual crece en proporción contraria a la brevedad y semejante certeza con que la poeta aborda sus poemas. Su lirismo proviene, como decían desde los poetas antiguos, de que el artista expresa la imagen inmediata en relación consigo mismo. Éste es un signo vital en la construcción de la poética de Dolores Castro, pues aun ignorando el dato de creación de cada uno de los poemas –y esto es un llamado para los editores– se percibe con claridad la limpieza y profundidad con la que ella diseña y dibuja, podríamos decir, prueba y saborea sus poemas.
Cobre en el sabor de su boca
Que tiene el silencio
Con lo que quiero decir que Dolores Castro bebió de las aguas que corrían por los cauces de la mejor poesía lírica de la lengua castellana.
O ¿será muy lejano decir?
Tengo húmeda la boca
Y ganas de llorar
Ante la voz del inmenso Juan Ramón Jiménez, que escribió
Te quejas, qué ternura de tu boca
[pálida
En otro sentido, la obra desplegada a lo largo de 58 años –desde su plaquette El corazón transfigurado, de 1949, hasta el libro que ahora se presenta y que contiene esa historia de vida que son las antologías, y Rumiantes lo es– por Dolores Castro, hay que decirlo con todas sus letras, no ha sido revisada, por parte de la crítica, como se merece; ha caminado por nuestras letras al lado de su entrañable amiga y pilar de la literatura mexicana Rosario Castellanos, con quien conoció a muchos de los hacedores de las letras nacionales e iberoamericanas, como Augusto Monterroso, Carlos Illescas, Otto–Raúl González, Ernesto Cardenal, Ernesto Mejía Sánchez, Ramón Xirau, Jaime Sabines, Emilio Carballido, Sergio Magaña, Luisa Josefina Hernández, Luis Rius, Juan Bañuelos y, debido a su paso por la revista Poesía en América, a Roberto Fernández Retamar, Cintio Vitier o Fina García Marruz; aunque reitero, un poco con el mismo infortunio que tocó a la poeta Concha Urquizo, es decir, una poeta olvidada por los críticos y las antologías, aunque ello no es demérito si pensamos en las desventuras de ellas y ellos. Pero la poeta sabe que eso no es lo importante, como aseguró en una entrevista:
“Yo nunca me he preocupado por triunfar en las letras, sino por contribuir con un grano de arena a que esa tradición tan difícil que es la poesía no se interrumpa; no competir con nadie, porque si en algún terreno no se debe dar la competencia es en la poesía...”
*Fragmento de la conferencia “Rumiar o el arte de la poesía” pronunciada por Víctor Baca el pasado miércoles durante las Jornadas Internacionales de Poesía Latinoamericana.