Haciendo gala de un violinismo impecable y pulcro, el maestro italiano Franco Mezzena llenó ayer el Teatro de la Ciudad de Puebla con el folklorismo de Ravel, el dramatismo de Schumann, la explosividad de Clementi y la frescura y vitalidad de Beethoven. Ante un público que no dejaba de entrar y salir en todo momento, pero que supo reconocer el talento del artista con sus aplausos, Mezzena interpretó un repertorio variado por más de una hora, acompañado al piano por la cubana Yolanda Martínez.
Mezzena interpretó por primera vez en México la Sonata Y. per violino solo del compositor Aldo Clementi, composición de 2002 que captura la esencia del siglo que la vio nacer. Explosiva, breve y sin una salida aparente, el violinista hizo cantar su instrumento para transmitir la violencia descrita en notas por Clementi.
Con su interpretación de la sonata de Beethoven conocida popularmente como Primavera, el maestro italiano permitió disfrutar la melodía que manaba de su instrumento y compartió con la audiencia su técnica depurada y natural, con arcadas racionales que no dejaban de ser frescas y alegres.
Para el momento en que el dramatismo de Schumann se hizo presente, la contención de Mezzena afloró y permitió que las tradicionales atmósferas atormentadas del compositor alemán no se formaran en el teatro. Por el contrario, el violinista hizo una lectura correcta de la sonata en La menor Op. 105, y consiguió que el toque infantil del segundo movimiento se respetara, de la misma forma que el resto de los ambientes de grandiosidad expresiva propios de la composición.
Pero fue sin duda el final del concierto, con esa Tzigane (gitana) de Maurice Ravel, con lo que el maestro Mezzena demostró su verdadero talento y dejó una huella imborrable en los oídos del público asistente. Fue con esa gitana y sus visos orientales y misteriosos que el italiano desplegó todo el colorido de Ravel e hizo que los presentes abandonaran el teatro, al menos en espíritu, y volaran lejos, fluyendo con la sonoridad de las cuerdas.
Fue con Mezzena y Ravel que los instruidos en música olvidaron por un momento su vicio de desmenuzar la técnica y analizar de manera incansable la ejecución del intérprete y sólo se preocuparon por disfrutar la música. Fue con ese diálogo cercano entre el violín y el piano que la música dejó de ser un espectáculo y se convirtió en arte puro, en algo muy parecido a la felicidad. Y nada más.