La imagen que el cine estadounidense nos ha dado del superhéroe tiene su modelo clásico en Superman, si bien recientemente ha incurrido en algunas variaciones hacia lo sombrío –con Batman y Spider Man especialmente– producto de ciertas amargas experiencias personales/familiares del personaje en cuestión. Pero de base –no hay duda– son tipos nobles, ubicados, concentrados y siempre al pendiente de la frágil e indefensa humanidad. Es decir que, aprovechando sus poderes únicos, tan especiales, asumen a plenitud su rol de titanes defensores de los desprotegidos, ante las incursiones del mal y los malvados. Todos excepto John Hancock, quien vive en Los Ángeles para infortunio de los angelinos. Vuela, tiene fuerza desmedida, velocidad supersónica y recursos irrepetibles –de otra galaxia, como Superman– pero tiene también un perenne estado de borrachera (y/o de cruda consecuente) y un absoluto desinterés por todo y por todos. Su escenario vital más perfecto se acerca bastante a esto: que quienes le rodean –latosos inaguantables que se hacen llamar ciudadanos– le dejen en paz para dormir la mona. Cualquier otra cosa le incumbe muy poco. Pero el sucio, mal vestido, blasfemo, borrachín y malcriado Hancock acierta aún así, de vez en vez, a enfrentarse a la escoria de Los Ángeles para proteger inocentes; y frecuentemente, para salvarles la vida. Entonces, ¿por qué no lo quieren los lugareños? ¿Será –además de por sus pésimos modales– porque siempre deja detrás de sus acciones heroicas una estela de destrucción y pérdidas millonarias –en dólares– que por supuesto él no paga? ¿O será, muy en especial, porque eso le importa absolutamente nada, e incluso pareciera hacerlo a propósito, le joda a quien le joda? ¿Quién es este inconcebible “superhéroe” y qué obscuros motivos le hacen actuar así?
En Hancock, cinta dirigida por Peter Berg, todas estas preguntas se las formula Ray Embrey (Jason Bateman), a quien Hancock (Will Smith) –muy a su modo– recién ha salvado de una muerte segura, arrancándole de una colisión de tren. Ray se dedica a las relaciones públicas, y entiende que el aborrecido superhéroe (al que ahora le debe la vida) justo tiene un problema relacional y de imagen que él, como PR especialista, le puede ayudar a resolver. El primer paso es insólito: convence a Hancock de que purgue condena en un reclusorio –en el que por cierto están ladrones y matones que él atrapó, entre borrachera y borrachera– apostándole a que, ante una previsible escalada en la delincuencia, la gente por vez primera lo extrañe, y también, aprecie por fin lo valioso de su aporte y presencia. ¿Cómo hicieron Ray y sus relaciones públicas para convencer a Hancock de tamaño sacrificio? O la pregunta principal: ¿por qué Mary (Charlize Theron), la esposa de Ray, mira a Hancock con esa ambigua intensidad?
Hancock es una de esas películas que –pretendida o accidentalmente– cambian de tono; en este caso, de la comedia inicial (bastante efectiva) a un melodrama flojón, salido artificial incluso desde una película del género fantástico. Pero en ese cambio en el que más bien pierde el espectador, hay un ganador absoluto: Hancock, quien pasa del vago políticamente incorrecto –muy gracioso, eso sí, desde su estampa de introvertido fastidio– a la redención que da la comprensión de lo que uno es, de dónde viene y para qué está. El superhéroe necesitaba más una “brújula” que sus extraordinarios poderes; más un álbum de familia que su imagen en los periódicos; mucho más el conocimiento individual que el reconocimiento colectivo. Y en ese proceso, a pesar del ya aludido cambio de tono (y del desequilibrio consecuente), Hancock nunca deja de interesarnos ni de entretenernos. ¿A quién agradecerlo? Más que al director Berg, a Mary Embrey, sin duda alguna. Ya verán ustedes por qué.