La genética me espanta porque me enfrenta directamente al infinito universo de mi ignorancia. Trato de descifrar conceptos y siempre el esfuerzo me conduce por un laberinto eterno de preguntas entrelazadas y encadenadas. Pero tal vez una forma de acercarme a la comprensión de lo que es la ciencia de la herencia; debo analizar lo que es un código.
En este sentido, las letras del alfabeto nos brindan un buen ejemplo. Al combinarlas, podemos expresar una cantidad impresionante de palabras que van desde un simple monosílabo como “sí” o algo tan complicado como “Parangaricutirimícuaro”, que es un municipio de Michoacán.
Una extensión de la palabra genera trabalenguas como “El pueblo de Parangaricutirimícuaro se va a desparangaricutirimicuarizar. Quien logre desparangaricutirimicuarizarlo gran desparangaricutirimicuarizador será”. Pero los códigos se pueden establecer hasta con dos valores, como el binario, que con base en un cero y el uno combinados pueden generar un número infinito de cifras. Estos arreglos nos permiten, por increíble que parezca, tener acceso a todas las posibilidades que nos ofrece la informática a través de las computadoras (que por esta razón, en Europa se denominan más correctamente “ordenadores”).
Pues en 1869, un bioquímico suizo llamado Friedrich Miescher (18441895) se encontraba descomponiendo unas proteínas celulares para conocer de qué forma estaban combinadas utilizando una sustancia llamada pepsina. Le llamó la atención que el núcleo de las células, aunque se “encogía un poco”, prácticamente permanecía intacto. Analizando el contenido interno, encontró una sustancia que tenía grandes cantidades de fósforo. Como no poseía todas las propiedades de una proteína, denominó a este compuesto “nucleína”. 20 años más tarde, al determinar que era muy ácido, se le cambió el nombre por “ácido nucleico”.
Posteriormente, un bioquímico alemán llamado Albrecht Kossel (18531927), sistematizando la investigación de los ácidos nucleicos, descubrió una serie de compuestos nitrogenados a los que denominó “adenina”; “guanina”; “citosina” y “timina”. Por esta investigación, Kossel recibió el premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1910.
Para el año siguiente, un investigador de origen ruso llamado Phoebus Aaron Theodore Levene (18691940) demostró que los ácidos nucleicos contenían moléculas de azúcar con cinco átomos de carbono. Esto era particularmente extraño, pues los azúcares mejor conocidos tenían seis. Pero hizo otro descubrimiento sorprendente.
El ácido nucleico de las levaduras tenía un azúcar conocido como “ribosa” y el de algunas células animales tenía un azúcar similar a la ribosa, pero sin un átomo de oxígeno. Por esta razón le denominó “desoxiribosa”.
Es así que los dos ácidos fueron llamados Ácido Ribonucleico (ARN) y Ácido Desoxirribonucleico (ADN). Otra característica especial del ARN era que en lugar de “timina”, contenía una sustancia a la que denominó “uracilo”.
Los ácidos nucleicos son elementos de distribución prácticamente universal en todos los seres vivos. Constituyen la base de la vida. Marcan las características individuales, y aunque sus bases son aparentemente simples, las combinaciones probables se extienden prácticamente hasta el infinito. Por eso siempre he establecido un vínculo especial entre la música y la vida.
Alguna vez pensé que el hecho de que existiesen solamente 12 notas hacía que la música fuese finita, es decir que tuviese un límite.
Pero en este momento en el que escribo escucho el trío para piano, violín y violonchelo en si bemol mayor, conocido como Archiduque, de Beethoven, y me doy cuenta de que sin decodificar la obra, se ambienta el entorno con una belleza extraordinaria.
Así es el fenómeno de la vida. El código genético, de la misma forma que el código musical, nos imprime un universo infinito de posibilidades de combinación tan complejas que difícilmente podremos comprender, pero que al mismo tiempo jamás podremos dejar de admirar.
Es hasta ahora que percibo por qué el logotipo de la Orquesta Filarmónica de Berlín (BPO por sus siglas en alemán) que, dicho sea de paso, indudablemente es una de las mejores orquestas del mundo, está representado por tres pentágonos superpuestos que simbolizan la unión del hombre, la música y el espacio.