—Lic, vengo a pedirle un consejo –me dijo un compañero de trabajo.
–Dígame usted –contesté.
–Me he sentido raro.
–¿Por?
–Lo que hago ya no me satisface. El trabajo es bueno, me da para comer. Pero no me siento a gusto conmigo mismo. No es el trabajo. Soy yo.
–¿Cómo?
–Soy yo el que está mal. Me siento vacío. A veces con angustia. He perdido mi alegría. Y no tengo problemas con mi familia, ni en la chamba, ni económicos. No estamos sobrados, pero con lo que trabajamos mi esposa y yo, ahí la vamos llevando con las niñas.
–¿Qué cree usted que le pasa?
–Lo he analizado y creo que es algo por dentro. Me falta o me sobra.
–¿Y cuando está solo y en silencio, cómo se siente?
–Me pongo a pensar en mis cosas.
–¡Pero eso no es silencio. Su mente está hablando!
–¿A ver cómo es eso?
–Mire, usted cree que el silencio es sólo por falta de sonido externo. Pero aun sin ruido externo, puede haber ruido por dentro: en la mente. Por eso hay otro tipo de silencio: el interior. Sucede cuando acallamos nuestra mente. Ese es el silencio al que me refiero.
–¿Y si callo mi mente, qué escucho?
–Lo que su interior tiene que decirle. Ahí puede saber por qué ya no le satisface nada, por qué está usted angustiado y raro. Dónde está su alegría de vivir.
–¿Y cómo le hago? ¡No sé cómo hacer eso!
–Siéntese en un lugar tranquilo, cierre sus ojos y cuente sus respiraciones de 10 en 10 o el número que usted quiera, pero termina de contar y vuelve a empezar. Eso ayuda a acallar la mente. Hágalo por un rato, el que usted aguante.
–¿Y después?
–Poco a poco, en el silencio, va a sentir lo que su yo interior tiene que decirle.
–O sea que ya soy dos personas.
–Usted es por lo menos dos. Como todos. Pero empiece con esas dos. En silencio. Un médico español dice que el silencio interior sirve para abrir la posibilidad de que emerjan los contenidos que anidan en el interior indescifrable y personal de cada uno de nosotros. Y que el silencio es una interacción entre uno, y el uno de dentro. Así que empiece usted con eso y verá que se siente mejor.
–Me voy contento porque me escuchó. Lo voy a intentar. A ver si no me sale que tengo más de uno allá adentro y me vuelvo loco.
–Bueno, todos tenemos un lado loco.
–¡Ha de ser el de dentro!
–Puede ser. Pero hay que escucharlo. Si no, también el de afuera se puede volver loco.
–¡Me está usté cabuleando!
–¡Incapaz!