Faltaban dos días para Santa Quincena cuando sucedió (todo). Entonces, bip, sonó el intercomunicador Bell pulsado por Lolis Toda Sonrisas:
–Chief quiere hablar with U –la muy yanqui dijo. Textual.
Sentí gulp en la garganta sin saber por qué. Problema no hay, pensé en automático. Whatever, antes de atravesar media oficina al baño encaminé los pasos míos.
Serenidad y paciencia, serenidad y paciencia, serenidad y paciencia kalimanescamente me repetía.
Oooom.
Nada puede turbar a mi gens.
Pero por si las dudas, ya en el baño, me apliqué un snisnif pronto, nervioso, apenas una rayita que no pude alinear bien porque me temblaba el pulso; desperdicié casi la mitad del polvo mágico que hace crecer frijoles parlanchines.
Últimamente me había sentido mal. Mmmh. Cómo explicarlo. Algo se había desalineado o estaba fuera de órbita con respecto al multiverso que me rodeaba. Me sentía como una diminuta partícula en ruta de colisión. Un insignificante quark de alocada trayectoria que no iba a provocar un nuevo Big Bang, sino una simple catástrofe subatómica. Bang bang en mi cabeza sentía. Y apenas eran las 907 de la mañana, como me confesó el reloj Nike que me había regalado Iris en el intercambio de regalos de diciembre. Soy un sobreviviente de la American Express.
Cerré los ojos y esnifé, aunque sentía que una invisible ave de mal agüero sobrevolaba en círculos sobre mi cabeza. Un pajarraco que sólo yo oía graznar. En mis tripas planeaba un oscuro designio diseñado por el Hado funesto. Homero ganaba la partida. Tantos años de estudiar a los clásicos para vomitar estas imágenes tan pobres. Oh, diosdediós. Aún así, oh, Lord, merci pour la toillette, and buy me a Marcedez Benz. Soy un sobreviviente de mis profesores universitarios.
Así vitaminado volví al ambiente pulcrísimo de la oficina, donde los gérmenes estaban al mínimo, y ronroneaba un apacible muzak diseñado para estimular las descargas electroquímicas que ponen en continuo estado de excitación a nuestros axones generadores de pensamientos. La publicidad necesita ideas nuevas. Siempre. En todo momento.
Lolis Toda Sonrisas me miró como Abraham habrá visto al producto único de sus eróticos y seniles esfuerzos nocturnos con la buena de Sara antes de clavarle tremendo puñal (o lo que estuviera planeando clavarle) a little Isaac. Snifsnif lacrimógeno al recordar tan terrible historia. Pero la Biblia nunca miente, ¿verdad, satanás? satanás es un sobreviviente de dios.
–Hola, * –me dijo Lolis.
–Hola –respondí al saludo y la sonrisa de Lolis, con las mismas ganas que un negro esclavo le habrá contestado a Stanley. O cruzo el río con la carga y sin gestos o Gestas me carga, retruecanicé en automático.
Sonreía (yo). Estúpidamente. Grrrrrr rrrr en las tripas. Un cólico se me enredó en las tripas. Esta es la tercera vez que digo tripas, pero eso no importa, lo que importa es que estoy alargando esta charla insulsa porque no quería llegar a la oficina de Commander in chief. Algo iba a salir mal. Juntaba pedazos de historia pasada. De señales de humo. De indicios que pudieran armar una pista sólida que anticipara mi futuro inmediato, el mismo que se escondía tras la puerta, poltronamente sentado.
Todavía no acabo de pagar el seguro.
No he ido a Las Vegas.
Las tarjetas. Las jodidas tarjetas.
La puta tasa de interés.
Hubiera sido poeta: esos no comen.
Quiero esos Puma by Kitaro.
Ni he visitado Aspen. Si ahorro sí me alcanza. Tengo suficientes puntos premier acumulados.
Qué me pasa. Nada. Cómo que nada: mira cómo te has puesto.
Un ave de mal agüero.
Ya: lo sé. Planea sobre mi cabeza y sólo yo escucho su graznido.
Y las cómodas mensualidades del BMW i104 que aún no sale al mercado.
Y las colegiaturas de la hija que aún no concibo ni concibo.
Volteé a ver a Lolis. Enjuta, aún mantenía la sonrisa plástica que la ha hecho famosa. El Tercer Jinete. Mas danzante. Sonreía como el verdadero tipo que le disparó a JFK. Soy un sobreviviente del Holocausto.
Knocknoc educadamente inglés.
–Come in –said a voice.
El Jefe. Slow motion. Parpadeaba (yo). Sonreía (él).
Mis corbatas Boss.
Mi loción Dolce&Gabanna.
Stop & rewind.
Entonces volvieron a mí, como en cada ocasión que me encuentro en apuros, las piernas de Úrsula, en tercero de secu, que me han perseguido durante 17 años y contando. Esos vellitos que alcancé a ver aquella fortuita ocasión en que volteé a verla, así, sin querer, mientras se levantaba la falda para rascarse o algo así, entonces pude vérselas, ya duras y firmes como las iba a tener muchos años después, frente al motel del acostón. Ahora ya no recuerdo su rostro (ni siquiera por el motelazo que dimos). Sólo sus piernas. Velludas mas macizas. Fin del recuerdo.
Soy un búfalo. Soy un perro valiente. Mi karma trata de realinearse con el cosmos. Quiero orinar.
–Siéntate –dijo Chief Firmante de Cheques.
Casicalvo.
Un Homero S.
Demasiada cultura pop corre por mis venas: la culpa es de mis ojos que lloran por ti.
No, noscierto: es por culpa del Sky y su variadísima programación, que me ata horas y horas frente a la tele. Soy un sobreviviente de los tubos catódicos y de los rayos gamma.
Soy un búfalo. Que alguien me tome la presión.
Una enorme carpeta frente a chief guardaba mi destino.
Oooommmmmm.
Una gotita de sudor brotó de mi axila. Náufraga y temeraria la sentí rodar por mi costado, como lanza de Longinos.
Chief enarboló su enorme sonrisa cerámica, by Colgate (y cortesía de su ortodoncista). También asomaron los pelillos de su nariz. Pobres pequeños que no habían corrido la suerte de sus primos cercanos de la cabeza, que estaban en proceso de extinción, cuales viles dinosaurios. Que alguien llame a Greenpeace. O a PETA. Sonreí tenso. Como Smile Face. Así de amarillo me sentía. Casi un habitante de Springfield. Entonces salió a relucir mi casi olvidada vocación de niño autista. Soy un sobreviviente de mi terapeuta.
Stop & rewind.
Estoy de pie frente a la clase del 4º B. Es diciembre, ergo, hace frío; somos la clase de las narices frías mas aún no esnifadoras (algunos tal vez sí, jer). Diez años tengo ese momento: recién cumplidos. Sagitario es mi signo. Flechador del cielo. De pie para declamar la poesía a la madre en castigo por estarme golpeando con Escobar Martínez, Diego, alias Karmatrón, dos años más grande que yo y que la mayoría de los alumnos del grupo, y con quien me liaba a golpes casi diario, en parte debido a que nos sentábamos hasta el fondo, en parte porque había un odio común que hasta la fecha no he logrado explicarme. El caso es que ese día habíamos tirado la mochila nueva de Xicohténcatl Estévez, María, la niña bien de la clase, zalamera por vocación genética, como lo podía testificar bajo juramento su madre y tras hacerse una prueba de ADN, una gorda que reventaba los pantalones que se ponía y que se pasaba las horas platicando con nuestra maestrita. Allá por los años ochenta. La verdadera década perdida. El caso es que habíamos tirado la mochila, rompimos un frasco con jugo de uva y los bellos útiles de nuestra compañerita se habían irremediablemente manchado. Snif snif lagrimógeno.
* El presente cuento forma parte del libro Hola buenos días hoy no quiero cereal (¡Pop!), con el que el autor obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven “Alejandro Meneses” 2008, anunciado en la ciudad de Puebla el pasado jueves 10 de julio de 2008.