Aunque esta columna se ha enfocado a una ciudad fundada por y para españoles, en muchos aspectos de nuestra vida cotidiana está presente –hasta nuestros días– el pasado prehispánico, del que es innegable su influencia en nuestra cultura visual. La escultura pública es un ejemplo de ello, de la cual se puede hablar desde sus diferentes elementos conformadores: formas de representación, técnicas y materiales, aspectos que se han delineado por época y geografía, es decir por el tiempo y el espacio.
En términos generales, la escultura mesoamericana se caracteriza por ser básicamente compacta, en bloque; la mayor parte carece de movimiento –a diferencia de la escultura occidental–, dominando las representaciones estáticas. No hay piedra que se desprenda de su núcleo. Las formas empleadas responden a símbolos, significados y alegorías, que son los que le dan razón de ser a tales manifestaciones, sobretodo en lo que se refiere a la escultura colosal, pues éstas han sido marcadas por la representación idiosincrásica, lo que pauta los cánones de belleza, donde se presenta la dualidad como parte intrínseca de la cultura mesoamérica, manifiesta plásticamente en la simetría como una constante.
La escultura monumental respondía a intereses del poder teocrático, pues era de carácter público, mientras que la de carácter suntuario respondía a encargos de la nobleza. Es quizá por ello que no hay una “personificación” del quehacer artístico precolonial, una experiencia estética per se, pues los trabajos en tres dimensiones tenían un fin utilitario, algunas veces votivo.
Como objetos estéticos monumentales destacan los relieves –característicos en los altares–, los que se caracterizan porque, independientemente de su grosor, se plantean dos únicos planos, careciendo de una representación tridimensional del volumen; además, son de carácter descriptivo y narrativo, y tienen una funcionalidad particular, según sea el caso, el sitio y el espacio específico en el que se han dispuesto; no son meramente ornato, más bien son complemento arquitectónico con un fin ideológico–social.
En su aspecto formal dominaron, por un lado, las representaciones realistas, apegadas a las formas humanas con dominio de proporciones; por otra parte, también se realizan trabajos cuyas representaciones se fueron simplificando hasta concentrarse en una abstracción simbólica. Para el Postclásico se distingue un tratamiento de las formas que denota conocimiento anatómico, además de poseer una fuerte carga emotiva por sus lineamientos firmes, y de relatar y describir a una cultura en sus muy variadas connotaciones. Es una de las pocas veces en que la escultura y la pintura en su vertiente pública, estéticamente, van de la mano, manteniendo un realismo rodeado de metáforas, conservando líneas y formas contundentes.