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Martes, 15 de julio de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

 DEL HECHO AL DICHO  

El 68

 
 Manuel de Santiago

Mucho se ha escrito, se escribe y por mucho tiempo más se seguirá escribiendo acerca de los acontecimientos más sobresalientes de un corto periodo de la historia contemporánea de nuestro país –de finales de julio a principios de diciembre de 1968–, acontecimientos que tuvieron una huella trascendente entre muchos jóvenes estudiantes de la ciudad capital y de algunas ciudades importantes de México. Los agravios causados por esos sucesos, trágicos en gran medida, aún no están resueltos como muchas cosas que están pendientes: campea la impunidad.

Solamente quiero ofrecer algunas reflexiones desde la perspectiva de los 40 años que han pasado y un breve testimonio acerca de los sucesos que me tocaron vivir directamente y de algunos de los que me enteré, vía comunicación de mis compañeros, en relación al movimiento estudiantil.

Es ya un lugar común el afirmar que los jóvenes están llenos de ideales y de una actitud de suficiencia con la cual pretenden transformar el mundo. Esto es parcialmente cierto, porque así como hay jóvenes que coinciden con este enunciado existen otros que viven inmersos en la frivolidad y el desinterés por desplegar su vigoroso empeño en asuntos creativos o de utilidad social. Con esto no quiero decir que los muchachos deban necesariamente aplicarse a la filantropía, a la ciencia, a las artes o a la actividad política transformadora, sino a cualquier otro asunto distinto de la ociosidad: el acicalamiento obsesivo, la adicción por las modas, el culto a los vehículos veloces y otras zarandajas inútiles y aun nocivas, pero eso sí... costosas.

Los integrantes de la generación del 68 –aquí sin mayor distinción– oscilábamos entre la idea atrevida de “cerrar una cantina” para celebrar con los cuates y, en el proyecto personal, terminar nuestras carreras profesionales para conseguir un buen trabajo, casarnos como “dios manda”, tener hijos, comprar una casa, tener un automóvil y arrellanarnos en un cómodo sillón para mirar la televisión; eventualmente visitar Disneylandia con los escuincles y San Antonio para fayuquear a gusto: algunas de las ilusiones del medio pelo.

Fueron los tiempos de la hegemonía absoluta del PRI y de su comparsa y amante, el PAN. La época del gobierno de Díaz Ordaz, uno más de los muchos déspotas que habían gobernado el país los últimos 40 años. También eran los tiempos del movimiento de los médicos y profesores inconformes, de los ferrocarrileros, de la ocupación de los internados del Poli, de las Normales Rurales.

“Malditos políticos abusivos, méndigos, móndrigos, esdrújulos, archipiélagos, rateros, pulpos chupeteadores, debía darles vergüenza robarles a los infelices, qué... escasa madre tienen, nacieron en incubadora, descastados...”, retahíla clásica de adjetivos que Jesús Martínez palillo dedicaba a los hambreadores y gobernantes corruptos.

La época fue de pantalones acampanados, del rock, de los copetes envaselinados, de las chamarras de cuero negro a la James Dean, de las minifaldas, de los brasieres picudos como conos textiles, de los peinados femeninos en forma de cascos o morriones moldeados por aspersiones abundantes de laca, Julisa, la novia de México, aún gozaba de su fresca belleza sin oponer resistencia a una vejez aún lejana; pero también fue época de la migración forzada por el hambre de cientos de muchachos campesinos, ajenos a estas cosas, que cruzaban, más fácilmente que ahora, la frontera norte. La guerra de Vietnam, el tío Ho Chi Min, el movimiento hippie, Tito de Yugoslavia, Cuba y Fidel Castro, el che Guevara de carne y hueso y el inicio del mito, la “guerra fría”, la URSS con su poderío nuclear manifiesto, la China de Mao Tze Tung, el clímax del poder de Franco y su reconciliación con el “mundo libre”, la simpatía mediática de los católicos John F. Kennedy y Jackie; la información del Selecciones del Reader’s Digest, el LIFE, el Siempre, del picoso Ja Ja, de las revistas para señoras y señoritas La familia y Confidencias, del recetario de doña Josefina Velázquez de León, de lo sobrecitos tzen tzen con rombitos de orozuz y mil cosas, de las cuales muchas han desaparecido materialmente, pero que aún se conservan en la memoria.

“Tiempos en que dios era omnipotente y el señor don Porfirio presidente, tiempos ¡Ay! tan lejanos del presente.

 
 
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