Si un rasgo ha mostrado el neopanismo que se ha afincado en el poder político y económico del país, ha sido el del oportunismo. Dejando de lado sus viejos principios éticos e ideológicos, no dudan en provechar cualquier oportunidad para darle una tunda a sus rivales políticos.
La tragedia de la discoteca News Divine es un buen ejemplo de este nuevo estilo de hacer política. Sin tapujos y hasta mordiéndose la lengua, el peón de peones Germán Martínez no ha dejado de soltar cañonazos contra el gobierno de izquierda virtual que se ha enseñoreado del gobierno de la capital del país desde hace tiempo.
Sin perder tremenda oportunidad, Martínez y su cohorte se han convertido en el flagelo de Ebrard y demás ineptos que lo acompañan. Haciendo leña proselitista del pre–candidato caído, le han picoteado algunos puntos en las encuestas de preferencias electorales.
(Uno de los tantos absurdos de este país lo representan las encuestas. Felipe Calderón aún no termina de calentar la enorme silla presidencial –enorme para el liliputiense tamaño del michoacano– cuando los encuestólogos y politólogos ya preguntan por su sucesor).
Los funcionarios mexicanos no acaban de asimilar la utilidad (si la tienen) de las encuestas. Se usan (mal) para todo. Los gobiernos ven en ellas expresiones del sentir popular (ni siquiera ciudadano) y casi nunca cuestionan las metodologías. Si por encuestas fuera, el país sería gobernado por el cavernal Íñiguez. O por el Rudo Rivera (el de Catedral, no el de las luchas). O por Chespirito. O alguien peor. (Bueno, tenemos a Calderón. Qué podría ser peor. ¿Álvaro Uribe? Mmmmmh. ¿Baby George W. Bush? Ña).
Cuando aún faltan cuatro larguísimos años, en los que todo puede pasar, para vivir una nueva farsa electoral (lo siento, señores del IFE, pero se han ganado a pulso mi desconfianza), la guerra de las encuestas ya se ha desatado. Y la desgracia ocurrida en el News Divine ha venido a agregarle algo de suspenso gore al escenario.
Si bien la administración “perredista” del D. F. se parece cada vez más a la vieja guardia priísta o al nueva ola azul (nomás hay que meterse al metro a cualquier hora para darle forma, color, olor y sabor a la ineptitud), también es cierto que debe reconocerse que actuaron como más o menos lo harían en un país civilizado y no tan tropical: encerrar y correr a los responsables de las muertes de los jóvenes y policías.
Lo que Martínez no ha sabido hacer es estar a la altura de la tragedia. Ha hecho rajas del dolor ajeno. No cabe duda que viene de la escuela del Partido Popular español y del derechismo genocida de Álvaro Uribe. Si bien no tienen ni perdón ni excusa las autoridades defeñas, tampoco la puede tener el grisáceo Martínez, que ve la paja en el ojo ajeno y no la vigota en el propio. Porque cuando lo de Pasta de Conchos ocurrió, no dijo ni pío, ni pidió la pena capital para el entonces secretario del Trabajo, cuyos inspectores dejaban funcionar la mina, a pesar de las múltiples deficiencias que enfrentaba. Menos aún osó tocar con el pétalo de una crítica a Vicente Prozac. Ni al resto del gabinetazo que hizo el ridículo (y dinero) durante seis años.
Tampoco saltó ni hizo escándalo cuando la matanza (esa sí) de gente en La Joya, Sinaloa, el año pasado, a manos de soldados metidos a policía (si eso no es militarización, entonces W. Bush se merece el Nobel de la Paz por pacificar a Irak). Igualmente hizo mutis cuando lo de Atenco (en su descargo, se puede decir que en aquel entonces era menos visible que ahora, a pesar de su excesiva cintura estilo Carstens).
El rudísimo estilo de hacer política en México no debe implicar que se permitan los excesos en los que llega a caer la derecha rampante, la misma que está desatada y se vale de cualquier recurso para mantenerse en el poder.
No porque ya lo haya dicho San Nicolò Machiavelli (“Todo se vale”) se tenga que hacer así. Hay que leer a San Agustín también. Y a Platón, si se puede.