Búsquedas en el diario

Proporcionado por
       
 
Martes, 8 de julio de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Educación
 
 

 OPINIÓN 

15 años de paz verde en México

 
 Julio Glockner

Somos un síntoma
De este mundo.
Allan Watts

En septiembre de 1971, cuando comenzaba a declinar la efervescencia rebelde del 68, un grupo de pacifistas navegó en un viejo buque hacia una isla volcánica llamada Amchitka, perteneciente al archipiélago de las Aleutianas, en el sudoeste de Alaska. Esta pequeña isla, habitada durante 2 mil 500 años por los esquimales y despoblada desde el siglo XIX, había sido elegida por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos como campo de pruebas nucleares. Después de dos grandes explosiones en los años 60, el gobierno estadounidense pensaba llevar a cabo, como lo hizo, una tercera prueba en noviembre de 1971. Aquella explosión fue 400 veces más potente que la bomba lanzada sobre Hiroshima. El suelo se elevó seis metros, el terreno se modificó de tal modo que apareció un nuevo lago de mil 600 metros de ancho y se produjo un sismo de 7 grados en la escala de Richter.

Los activistas que se opusieron a esta tercera explosión no lograron evitarla, en cambio, lograron el nacimiento de una vigorosa y cada vez más influyente organización ecologista de carácter internacional. Según cuenta la anécdota fundacional de Greenpeace, los jóvenes pacifistas, y otros no tan jóvenes, se reunían en Vancouver para decidir si iban a luchar sólo contra el ensayo nuclear, o si se opondrían a cualquier amenaza al medio ambiente. Al terminar una de las reuniones previas a la protesta, dos de ellos se despidieron y uno de dijo al otro, como se usaba en aquella época: “paz”, y su amigo le respondió, mejor vamos a decir “paz verde” y de ahí surgió el nombre de la organización.

No era extraño que estos amigos se saludaran o despidieran diciendo “paz” o “paz y amor”, era lo usual en una época en que los jóvenes del mundo entero, y en particular en los países de Occidente, habían salido a las calles y a ocupar los parques y jardines de las grandes ciudades para protestar y al mismo tiempo celebrar una fiesta. Protestar contra una forma de vida que sólo concebía la existencia en términos de eficiencia productiva y consumo hasta el hartazgo, sin importar el daño físico y espiritual que sufrieran la naturaleza y las personas. Contra una forma de vida cada vez más deshumanizada, sustentada en un desarrollo tecnológico y armamentista que además había provocado la confrontación entre las dos grandes potencias nucleares: la unión soviética, gobernada por una burocracia autoritaria empeñada en ampliar su radio de influencia, y la Unión Americana, con un capitalismo agresivo en permanente expansión. Este conflicto, conocido como la Guerra Fría, ponía en riesgo, por primera vez en la historia, la existencia de la humanidad como especie. A esta lógica de muerte y extinción se opusieron los pacifistas de la época.

Greenpeace es una organización y un movimiento simultáneamente. Es una estructura con un orden interno y principios que rigen sus actividades, pero es, digamos así, una estructura ondulante expandida por el planeta entero, un organismo vivo que se multiplica en millones de inteligencias y sensibilidades que están atentas a lo que ocurre en el mundo y que generan cada vez más adhesiones a la causa común: la defensa de la vida en cualquiera de sus formas.

Uno de los grandes méritos que tiene esta organización es que despierta en el individuo la conciencia de ser un ser vivo, con todas las consecuencias que esto implica. Podemos identificarnos como habitantes de una ciudad, una región y una nación, como hablantes de un idioma materno, como practicantes de una religión o simpatizantes de organizaciones políticas o sociales, podemos identificarnos con ciertas corrientes filosóficas, estéticas o con determinadas modas culturales, pero en este complejo de identidades que nos ofrece el mundo moderno, sólo Greenpeace llama insistentemente nuestra atención sobre el hecho más elemental de todos, el hecho de que somos seres vivos, que compartimos este inmenso espacio bajo el cielo con otros seres vivos y que necesitamos procurar las mejores condiciones para todos... para todos, desde el plancton que flota en los mares hasta los humanos más necios e inconscientes, pasando por toda clase de coleópteros, anfibios, protozoarios, reptiles, vertebrados, vegetales y mamíferos, todos, absolutamente todos, están considerados como seres indispensables en los ciclos vitales del planeta. Esta es una de las grandes cualidades de Greenpeace, que no tiene una visión antropocentrista del mundo.

En occidente se educa a la gente haciéndole creer que la humanidad es la expresión más compleja y acabada de la evolución, que somos los seres más inteligentes y en consecuencia tenemos derecho a someter al resto de las especies a nuestras necesidades, lujos y caprichos, sea cual sea el costo que se tenga que pagar. Esta actitud viene de muy lejos y está sustentada en el mito judeocristiano de la creación que nos dice que hay un dios todopoderoso que creó el universo en siete días, luego nos hizo a nosotros a su imagen y semejanza, nos expulsó del Edén por desobedientes y se retiró del mundo regalándonos el libre albedrío. Esta concepción, que coloca al hombre como ser supremo de la creación y le hace suponer que puede hacer lo que le venga en gana, está llevando al planeta al borde del colapso ecológico.

“El hombre no es en absoluto el coronamiento de la creación –decía con toda razón Nietzsche: cada ser se encuentra junto a él en el mismo grado de perfección”. Este es el punto de vista que ha sostenido Greenpeace en occidente y que viene también de muy lejos: del pensamiento oriental, y específicamente del taoísmo y el budismo mahayana. Estoy seguro que los fundadores de esta organización, por el ambiente cultural de la época y por la actitud que tuvieron entonces, fueron atentos y sensibles lectores de Lao Tse, de Aldous Huxley, de Allan Watts y del budista Daisetz Zuzuki. 

Dos ideas milenarias de la filosofía oriental se asoman en la propuesta de Greenpeace: la primera tiene que ver con nuestra presencia en el universo. A diferencia del pensamiento occidental, que plantea nuestra existencia como una llegada al mundo, el pensamiento oriental nos dice que surgimos de él, del mismo modo que los frutos surgen del árbol. Somos producto del cosmos, al igual que todos los seres, y no los invitados predilectos del creador que llegan a él.

La segunda idea tiene que ver con nuestro sentido de pertenencia al mundo. Habitamos esta tierra como seres racionales que somos, con características específicas que nos distinguen de otras especies a las que vemos y tratamos como inferiores desde nuestra imaginaria superioridad. En nombre de esa racionalidad hemos devastado el planeta destruyendo y envenenando casi todo lo existente, y aun así tenemos la desfachatez de mirar con una ridícula arrogancia a las especies que llevan decenas de millones de años habitando este lugar y que huyen de nosotros despavoridas. No somos seres separados del mundo que nos circunda, somos una expresión más de este mundo. Cada uno de nosotros es un proceso vital en intercambio permanente de sustancias y energías con el ambiente. Todos nuestros sentidos y cada uno de los órganos y células que nos constituyen son canales de reciprocidad con la naturaleza. La ciencia moderna no ha hecho sino corroborar esta antiquísima verdad contenida en un texto como el Tao Te King. Por esta sola razón debíamos haber entendido ya que lo que le hacemos al mundo nos lo hacemos a nosotros mismos, que la destrucción persistente de la naturaleza es nuestra forma de suicidio como especie.

Una de las invenciones más perniciosas de la cultura occidental ha sido la idea del progreso, un progreso indefinido y sin límites, ambicioso y depredador. Esta idea ha hecho del mundo un adversario a vencer para ser sometido a los requerimientos insaciables de la sociedad moderna. La lucha contra la naturaleza (y no una relación armónica y equilibrada con ella, que nos permita alojarnos en su cuerpo de la manera menos violenta posible, respetando sus ritmos y sus ciclos) ha sido la manera equívoca en que Occidente ha expandido su cultura hasta nuestros días. 

El costo que se está pagando por esta manera de concebir nuestra relación con el mundo es altísimo y hoy lo empezamos a padecer todos con el calentamiento global, la contaminación del agua, la tierra, el aire y la degradación de los alimentos que consumimos. Hemos llegado a una situación límite y en vastas zonas del planeta parecen no haberse dado cuenta de ello. Entre esas zonas, desafortunadamente, está México. Pero en esta zona, afortunadamente, está también Greenpeace trabajando desde hace 15 años. 

México es un país con una muy escasa sensibilidad ambientalista. Un país donde prácticamente todos los ríos y una buena parte de sus costas se encuentran contaminadas, donde la deforestación es alarmante y se encarcela a los campesinos y comuneros que se oponen a la tala ilegal; un país lleno de basura, en el campo y la ciudad, sin rellenos sanitarios adecuados; un país con un desorden en el uso del suelo, propiciado por la corrupción de los gobernantes y la ambición irresponsable de las inmobiliarias que han devastado las zonas agrícolas y las áreas verdes contiguas a las ciudades; un país con un caótico crecimiento urbano que procura de manera insuficiente la multiplicación de sus parques y jardines, que no se interesa por proteger las zonas arboladas existentes o empeñarse en la creación de otras nuevas; un país que ha descuidado absolutamente la armonía que alguna vez hubo entre la ciudad y el campo. ¿Alguien se acuerda de los días de campo que eran tan comunes en las familias mexicanas? Es una costumbre que desapareció por la simple razón de que ya no se puede tender un mantel a la orilla de un arroyo limpio; un país con un número alarmante de especies extintas o en vías de extinción, con su agricultura abandonada desde hace décadas por gobiernos torpes e insensibles y con su principal alimento, el maíz, de larga tradición histórica y cultural, amenazado permanentemente por la entrada del transgénico. En fin, un panorama verdaderamente desastroso, plagado de anuncios comerciales, ruidoso y sucio, sin el decoro y la armonía que tuvo no hace mucho tiempo. Las cosas están tan mal que ahora se usa llamar “pueblos mágicos” a los muy escasos y distantes lugares que vale la pena visitar, como si se tratara de apariciones milagrosas en medio de la fealdad y el desorden.

Todo esto y más sucede en nuestro estado, a cuyas autoridades el Senado de la República ha recomendado reiteradamente combatir la contaminación de la rivera del río Atoyac ante el incremento del cáncer en la población infantil. Puebla, según datos del Cupreder, es una de las entidades que más ha resentido los efectos del cambio climático, registrando una disminución de su precipitación pluvial y una tendencia de aumento de temperatura característica de los climas semiáridos. En nuestro estado viven alrededor de 850 mil personas en zonas de riesgo que son altamente vulnerables a los fenómenos vinculados con el cambio climático. Casi todos ellos pertenecen a comunidades indígenas que viven en extrema pobreza. ¿Cuáles son las iniciativas que el gobierno federal está tomando en estos momentos para enfrentar esta situación? ¿Reactivar la agricultura con créditos, precios de garantía y recursos que hagan renacer el empleo, el incremento de la producción y la comercialización de los productos agrícolas? No. Lo que se está haciendo es poner planchas de cemento en el piso de las viviendas indígenas porque de esta manera quedan clasificadas, de acuerdo a los estrechos criterios de desarrollo que se manejan, como familias que están superando la extrema pobreza. Costras de cemento sobre heridas abiertas.

Todos estos problemas, que son apenas un esbozo de la preocupante situación en que vivimos, nos dan una idea de la inmensa tarea que tenemos por delante. Por eso es muy importante respaldar a una organización como Greenpeace, confiable por su honestidad, su transparencia y la nobleza de sus propósitos. Los 15 años que está cumpliendo en México la ubican como una joven llena de vitalidad e imaginación. Apoyemos decididamente sus propuestas e iniciativas, mantengamos un contacto frecuente con sus representantes en Puebla para multiplicar las acciones en favor de la vida y la belleza que proporciona un medio ambiente limpio y sano.

Basta tener un primer impulso en esta dirección y darle continuidad, un impulso íntimo, personal, que nos llevará a resolver el problema que plantea Alejandro Jodorowsky cuando dice:

Cuando el mundo no es lo que tú quieres que sea,
Es porque quieres que el mundo no sea
Como tú quieres que sea. 

 

 
 
Copyright 1999-2008 Sierra Nevada Comunicaciones - All rights reserved
Bajo licencia de Demos Desarrollo de Medios SA de CV