“Cachondo y sensual”. Así definió Miki al trabajo con el barro, a propósito de su exposición escultórica en el patio central del Museo Casa de Alfeñique. La muestra itinerante forma parte del proyecto Abriendo espacios al arte, el cual ha llevado la obra del artista a distintos puntos de la ciudad de Puebla como el Instituto Cultural Poblano, la Casa del Escritor, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y el centro comercial Galería Las Ánimas. El objetivo de este proyecto del Centro Cultural Mizrahi, del Distrito Federal, es sacar el arte de las galerías e intervenir espacios ajenos a esta actividad.
Las texturas que ofrece Miki son lisas y suaves a la vista y al tacto. Las siete piezas montadas en la Casa de Alfeñique están acabadas en bronce y poseen volúmenes abstractos y figurativos que entran en juego con el observador a varios niveles. Los surcos y agujeros que su creador ha dejado están ahí para que el espectador los llene con sus propias ideas y sentimientos.
Pero el juego no termina ahí. El minimalismo de Miki se transmite también a través de los títulos con los que bautizó a sus hijos. Cada uno de ellos es parte de una pregunta esperando a ser contestada. ¿Cuál es el ritmo roto por Arrítmica? ¿Qué es lo que mengua en Menguante? ¿Cuáles son las armas de seducción con que cuenta Supercachonda? Y, ¿qué tan celosa está Cachonda de Supercachonda?
Coleccionista de arte desde su juventud, Guillermo Gutiérrez, Miki, ha coqueteado por 30 años con el barro y la plastilina. Antes de dedicarse al arte de tiempo completo desde hace un par de años, su deseo de encantar a los sentidos se combinó con labores en diversos ramos de la industria. La marca de su labor industrial se percibe sin duda en la firmeza de cada centímetro del bronce y en el patinado oscuro de toda su obra.
Cada pieza de la obra de Miki es un engrane de una máquina de rumor vibrante que, en este caso, el artista ha echado a andar temporalmente en la arquitectura barroca del Museo Casa de Alfeñique. Una máquina sensorial jalada por las ruedas del carruaje porfiriano; adornada por el azul y blanco de la talavera; y endulzada con la pasta de azúcar, la clara de huevo y las almendras del dulce de Alfeñique.