La última y nos vamos. Poesía en un bar, entre alcohol y humo de cigarro. La poesía como debería ser y como pocas veces se da. El lugar y el acto son singulares, sin duda. Una fusión entre antro de Cholula, una cantina del centro y una tienda de artesanías. Cadenas de papel picado de muchos colores colgadas de los altos techos de esa casona de la 3 Sur llamada El Mezcalito.
Las miradas atentas de Frida Kahlo y la Catrina observan a los comensales mientras esperan la primera ronda. La carta de bebidas, además del mezcal y el tequila tradicionales, incluye esa tarde cuatro botellas de poesía, marcas Federico Vite, Arturo Ordorica, Víctor García y Gerardo Lino, a convite del Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla (IMACP).
La primera copa que disfrutamos los parroquianos es de Vite. Sabe a ron con cola y las burbujas cosquillean en el paladar. Sabe a un vaso de vodka con jugo cuyos hielos tintinean a la vez que nos revelan que “la vida es eso que sucede entre los tragos”.
Afuera llueve y hace frío. Dentro nos calentamos con el licor de Ordorica y nos alejamos del mundo y “recorremos la tierra y nadie nos persigue” Estamos solos con los lobos que aúllan ante las presas. ¿Nosotros? Hemos empezado a desvariar.
Para la tercera copa ya no usamos vaso. Bebemos directo de la botella de García y lo mezclamos con un traguito de mezcal. Ya encarrerados, olvidamos la solemnidad y nos unimos al contingente que busca derrocar a la dictadura del miedo y que avanza por el periférico de unas piernas. Los labios de los inconformes grafitean consignas “en los puentes peatonales de tus pezones, en la breve rotonda de tu ombligo y en las escaleras de tu cuello”, mientras gritamos a una sola voz “muera el amor transgénico, viva el amor orgánico”.
Cuando destapamos la botella de Lino, dejamos de estar acá y estamos allá, en la “punta de la copa donde ya es distinto el clima”. Allá, nuestro vocabulario es muy limitado y lo complementamos con restos de ademanes. Las palabras nos abandonan y decimos “cosa, coso, madre, eso. Según la escuela y la premura del caso. Luego vino el ese. Variante dialectal: el dese”.
De la segunda ronda ya para qué hablar. Filosofamos sobre el amor y determinamos que es “el veneno que el sapo sueña”. Nos damos cuenta, con absoluta certeza, que la poesía no es hacer endecasílabos perfectos sino escribir sobre la “prima ninfómana que ahora es decente... al menos de día”. Ya en el delirium tremens, vemos claramente a Gepeto maltratar a Pinocho con un sacapuntas y hacerle llorar lágrimas de caoba.
Y para cuando anuncian que las cuatro botellas se acabaron, nos dicen que no nos preocupemos. Que la última y nos vamos siempre es una mentira y que la próxima parada son los camellones el 30 y 31 de julio. Y que luego la poesía y los poetas se irán a los hospitales y, finalmente, a la cárcel. La misma historia de siempre.