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Lunes, 7 de julio de 2008
La Jornada de Oriente Puebla
 
 

 DEL HECHO AL DICHO  

Las graduaciones

 

 
 
Manuel de Santiago

El sentido predominantemente festivo que los mexicanos concedemos a las graduaciones –asunto que tratamos en la entrega anterior– tiene un costo económico importante para las familias, las cuales echan la casa por la ventana solamente para mirar a sus retoños formar parte de la caterva de “graduados”.

Los padres, hermanos, tíos, abuelos, primos y el orondo padrino o madrina visten con sus mejores garritas para la ocasión, que se manifiesta mediante una ceremonia que se lleva a cabo en el patio, en el auditorio de la escuela o en algún recinto alquilado y que se desarrolla con la mayor solemnidad que los profesores pueden inventar. Los escuincles trajeados o uniformados desfilan ante las “autoridades”, apoltronadas ante una larga mesa cubierta con un paño, a recibir una constancia puesta en un papel enrollado o dentro de una carpeta, la cual menciona que el alumno de marras ha concluido una determinada etapa de su instrucción escolar.

Los discursos son grandilocuentes y llenos de ditirambos y agradecimientos sinfín a los funcionarios políticos que, aparte de presentarlos como protectores de la niñez estudiosa, son puestos como el ejemplo de las más altas virtudes ciudadanas. De esta manera, los directivos de las escuelas, consideran cumplida una de las tareas más importantes de su cargo. Después de las rimbombancias cívico–escolares es obligado el tomar el desayuno en un restaurante donde el festejado departe orgulloso con el hatajo de parientes y amigos.

Hoy día es posible encontrar “paquetes” de servicios para graduaciones que ofrecen la fiesta de gala, pero que además incluyen una pipa que provee el vital líquido para la mojada tradicional, un conjunto de mariachis que ameniza un festejo informal, una camiseta unitalla y unisexcon el nombre del grupo y de la escuela, una foto panorámica de la generación y el bufete que regularmente es una taquiza, amén de alguna chuchería china como “recuerdo” del momento.

Sé de un caso, reciente, de una escuela pública que cinco madrecitas de familia, severamente intoxicadas por los programas ñoños de la televisión comercial, alquilaron una limousine para trasladar a sus hijas, de sexto grado de primaria, y las condujera, ataviadas como merengues de cuatro pesos, a la comida de graduación donde el chamaquerío jugueteaba sin preocuparse porque sus camisas y blusas blancas lucieran las huellas –coincidentes con los colores patrios– del mole y del pepián.

Las graduaciones son cosa corriente hoy en día, sus festejos son condiciones necesarias para insertarse apropiadamente en la vida social, solamente unos cuantos pueden llegar a alcanzar los mayores grados académicos, pero en general el rendimiento escolar de los chamacos es muy bajo y sus conocimientos dejan mucho que desear; en suma, el rezago educativo de nuestro país se incrementa cada vez más cosa que ni las “autopistas de la información”, los pizarrones electrónicos ni las computadoras han podido detener y menos revertir.

Para colmo de desgracias la preservación de la perversa relación política entre los diversos niveles de gobierno y el Sindicato (SEP–SNTE) augura un aciago futuro para la niñez mexicana y por lo tanto para el país; pero eso sí, aquí en México hay graduaciones al por mayor ¿o no?

 

 
 
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