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Viernes, 4 de julio de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Salud
 
 

 EPIDEMIO-LÓGICA 

Marie Curie

 
José Gabriel ÁvilaRivera

Un viernes 6 de de julio, pero de 1934, alrededor del mediodía, sin que estuviese presente algún personaje público renombrado y como puede suponerse, ningún político, era enterrada en el cementerio de Sceaux, al suroeste en los suburbios de París, una extraordinaria mujer que dejaría un legado a la humanidad que jamás se podrá compensar.

Se trata de Maria Sklodowska, originaria de Polonia, nacionalizada francesa (lo que condicionó el cambio de nombre de Maria a Marie) y nacida en Varsovia el 7 de noviembre de 1867. Fue la quinta hija de un matrimonio excepcional: Bronislawa Boguska, quien era maestra, pianista, cantante, y el profesor de física y matemáticas llamado Ladislas Sklodowska.

Su vida siempre estuvo marcada por la tragedia. Cuando tenía nueve años de edad murió su hermana mayor Sophie, y dos años más tarde quedó huérfana de su madre, que falleció por tuberculosis; sin embargo, siempre fue una muchacha brillante, estudiosa, con una particular pasión por la lectura, la historia natural y la física. En 1891 se trasladó a París, inscribiéndose en el curso de ciencias de La Sorbona.

Aunque era poseedora de una belleza especial, resaltaba una personalidad extremadamente tímida, muy sencilla en su vestimenta, austera en su personalidad, callada y obstinada en el estudio. No le llamaban la atención los muchachos. Todo el tiempo lo dedicaba a leer con perseverancia e impaciencia en saber cada día más. Demasiado tímida para hacer amistades entre sus compañeros, consideraba tiempo perdido cualquier instante en el que no estuviese dedicada a estudiar. Era pobre. Tanto que en invierno no usaba calentador de carbón. Pasaba semanas alimentándose solo con té, pan y mantequilla, aunque cuando festejaba algún suceso, se “consentía” con un chocolate o alguna fruta. En poco tiempo comenzó a padecer una anemia grave, por lo que con frecuencia sentía mareos, desmayos y agotamiento. Ella imaginaba que padecía alguna enfermedad; sin embargo, su padecimiento de fondo era una palabra atroz e inhumana: tenía hambre.

Bajo estas condiciones, jamás pensó en relacionarse amorosamente con alguien hasta que a los 26 años conoció a otro apasionado de la ciencia llamado Pierre Curie. Como es de esperarse, desde el primer encuentro (que se dio, por obvias razones, en un laboratorio) se estableció una relación particularmente atractiva entre los dos que culminaría con una propuesta de matrimonio que la señorita María Sklodowska tardaría nada más ni nada menos que 10 meses en responder de forma afirmativa. Casados, siempre vivieron en condiciones sencillas, apenas con lo indispensable, pero con un apetito voraz en la investigación de la física y la química. Al segundo año de su matrimonio nació su primera hija, a la que llamaron Irène (que dicho sea de paso, posteriormente ganaría un premio Nobel). Después nacería Eve; sin embargo, jamás descuidó casa, trabajo, estudio e investigación.

Esto hace increíble que pudiese haber llegado a uno de los descubrimientos más importantes de la ciencia moderna. Partiendo de la publicación de un sabio francés llamado Antoine Henri Becquerel, los esposos Curie descubrieron dos elementos nuevos que emitían una energía especial. En memoria de su amada Polonia, Marie le puso a uno el nombre de polonio. Al segundo elemento le llamaron radio. A la larga se demostraría que éste podía ser utilizado en medicina, pero para producirlo, era necesario que se develaran los secretos para su obtención. Obviamente les llegaron ofertas. Esto les brindaba la posibilidad de patentar su descubrimiento y así volverse millonarios.

Cuando Pierre le dijo a su esposa que podían hacerlo así o bien, divulgar los conocimientos, sin dudarlo Marie dijo: “es imposible patentar eso. Sería contrario al método científico. Además, si el radio se va a emplear para tratar enfermedades, sería imposible aprovecharnos de eso”.

En noviembre de 1903, el Real Instituto de Inglaterra les ofreció una de las más distinguidas condecoraciones: la medalla Davy, y el 10 de diciembre, la Academia de Ciencias de Estocolmo anunció que el premio Nobel de Física se dividiría entre Antoine Henri Becquerel y los esposos Curie, por el descubrimiento de la radioactividad.

El premio implicaba una suma equivalente a 15 mil dólares; sin embargo, jamás perdieron la sencillez. Continuaron dando clases mal pagadas y nunca cambiaron su forma de vestir. Pero alrededor de las 2:30 de la tarde el 19 de abril de 1906, Pierre Curie fue atropellado y muerto por un carro tirado por caballos. Desde entonces Marie vivió sola, y aunque el gobierno francés le ofreció una pensión, Marie la rechazó alegando que “era joven todavía y capaz de ganarse la vida para ella y sus hijas”.

En 1910 demostró que se podía obtener un gramo de radio puro. Al año siguiente recibió el Premio Nobel de Química por el descubrimiento del radio y del polonio, el aislamiento del radio y el estudio de la naturaleza y compuestos de este elemento.

En mayo de 1934 sufrió un síndrome gripal del que no se recuperaría. Para el 4 de julio murió por una leucemia ocasionada por el enemigo que ella misma descubrió: el radio. Actualmente vivimos en una sociedad totalmente metalizada, con una falta de humanismo atroz.

Este viernes 4 de julio, aniversario de su fallecimiento, la recuerdo con una emoción particular y transcribo una frase que pocos entienden, pero que expresa nuestra necesidad de cambio social: “Renunciando a la explotación de nuestro descubrimiento, nosotros hemos renunciado a la fortuna que habría podido, después de nosotros, ser transmitida a nuestros niños”.

 
 
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